Me invitaron a la boda de Micaela con Bernardo pero no pude asistir, y lo lamentaré siempre, porque me enteré al día siguiente que Micaela, al pie mismo del altar, al preguntarle el cura si recibía a Bernardo por esposo, soltó un NO claro y enérgico.
Cuando me lo contaron me imaginé el cuadro.. Me figuraba la iglesia atestada de gente y, entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes, el sacerdote formula la pregunta "Quiere usted a Bernardo por esposo" A la cual responde ella con un «NO» seco como un disparo, rotundo como una bala, ¡Oh!..
A los dos años (cuando ya nadie se acordaba de lo sucedido en la boda de Micaela) me la encontré en el hotel Bali de Benidorm, andaba ya con otro No hay cosa que facilite más las relaciones como un hotel de playa.. Y sentados en el mismo hall del establecimiento, me reveló el secreto que a muchos aún intrigaba:
—Fue la cosa más tonta—me dijo—ya sabes que mi boda con Bernardo parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante.
Llegó el día de la boda—prosiguió Micaela—a pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia de toda la vida, era una maravilla, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.
Al bajar del taxi que me trajo a la iglesia—me aseguró Micaela—en cuya puerta me esperaba mi novio, al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en la puerta del coche, con tan mala suerte que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Pero también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria... No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda su alma.
Debí inmutarme del disgusto—concluía Micaela—por fortuna el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral de la iglesia se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás. Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del cura... Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible, aquel NO brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí misma ¡para que lo oyesen todos!
—¿Y por qué no declaraste a la gente el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron—le pregunté yo
—Te lo repito, por su misma sencillez: Nadie se hubiera convencido que fue por eso...
—Emilia Pardo Bazán—(adaptado por Joaquín😇😇)

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