Hannah Arendt, judía, asistió al juicio de Adolf Eichmann en 1961 en Jerusalén (los israelíes lo habían capturado). Y fue allí esperando encontrar un monstruo.
Eichmann fue uno de los principales organizadores del holocausto judío en la Segunda Guerra mundial, coordinó transportes de millones de judíos hacía las campos de exterminio; su firma apareció en miles de documentos. Cuando Arendt lo vio en el banquillo, detrás de un vídeo blindado, encontró algo que no esperaba, encontró a un simple burócrata, a un tipo gris, mediocre que repetía y repetía que él sólo cumplía órdenes, que él no odiaba a nadie y que sólo hacía su trabajo.
Arendt escribió algo que provocó un gran escándalo, dijo que Eichmann no era un demonio, que era sólo un hombre, un hombre que había dejado de pensar, y lo llamó la banalidad del mal, pero no el mal espectacular, el mal que se anuncia, sino el mal silencioso, administrativo, ese que avanza cuando las personas delegan su conciencia a un sistema y dejan de preguntarse si lo que hace está bien o está mal y eso es terrible, eso es peor que un monstruo, porque un monstruo es fácil de reconocer, pero esta maldad pasa mucho más inadvertida.. ¿Cuántas veces cumplimos una orden o seguimos una ideología sin replantearnos si lo que hacíamos estaba bien o mal? Por desgracia muchas..
Joaquín..
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