La
primera vez que la vi me impactaron sus largos y negrísimos
cabellos. ¡¡Qué mujer!!. Fue en un centro comercial. Pero un
momento antes acababa de recibir un gran susto al cruzar la gran
avenida de acceso al local. Cruzando el paso de peatones, bien
señalizado, un vehículo, apurando su conductor la luz naranja del
semáforo que se extinguía, dio un último acelerón y casi, me
atropella. En un principio deseché cualquier conexión con aquella
mujer; luego vi que no.. Iba vestida con un pantalón
negro muy ajustado. Se cubría el torso con un jersey de punto fino
también negro, y tan ceñido que permitía a todo aquel que la
miraba imaginar sus enhiestos pechos. Además del pelo y de su
espléndida figura, me impactaron sus enormes ojos negros, y sobre
todo la mirada comprometedora que me dirigió. Llevaba una bolsa
publicitaria de una tienda de moda asida de la mano. Aquel día no le
di más importancia que la meramente casual..
Al
volver a verla ¿casualidad? Coincidió con otro incidente que sufrí.
Una noche sentí un repentino y desagradable un dolor en el pecho y,
aunque me asusté, pasó pronto y no le di más importancia. Ocurrió
un sábado por la noche en un cine. Al salir de la sala,
distraído y comentando el pequeño percance con mi acompañante,
tropiezo con una mujer, alzo la vista y la contemplo de cerca ¡¡Era
ella!! El mismo pelo, los mismos ojos negros y la misma nariz
afilada, perfecta. La miré. Me miró. Ambos nos reconocimos. Creí
ver en su mirada un guiño de complicidad que no supe cómo
calificar. Llevaba esa noche un liviano vestido oscuro de verano
dotado de un generoso escote.. Contrastaba con su piel extremadamente
blanca a pesar de lo avanzado de la primavera. A partir de
ésta segunda vez anidó en mi corazón un cierto temor
desconocido hasta entonces. Algo oculto y extraño emanaba de su
figura, ¿tenebroso? Quizás, pero a mí me subyugaba. No le dije
nada, no me atreví..
Y
volví a verla, sí, y os juro por Dios que me dio un
vuelco el corazón al reconocerla.. Fue en un bar, en el centro de
Madrid. Estaba sola, sentada en una mesa, frente a mi. Yo estaba en
la barra. Lucía el mismo aspecto de siempre, majestuosa y
lúgubre.. Sus ojos buscaron los míos. Parecían sugerirme que
me acercara, que fuera hacia ella, que me estaba esperando...
Temeroso me resistí por unos instantes, a pesar de que algo
irreprimible me empujaba hacia ella. Yo
había terminado mi cerveza y también estaba solo. Pagué la cuenta
y giré la cabeza para coger mi chaqueta. Con ella en la mano intenté
acercarme con la intención de hablarle, me apasionaba aquella
mujer, también la temía, y aun no sabía por qué.. Cuando
quise llegar a donde estaba había desaparecido. Su mesa estaba
vacía.. Contrariado pregunté al camarero. Con estupor le oí
decir:
—Señor,
aquí no ha estado nadie. Ésta mesa está reservada para cenar todas
las noches y desde hace unas semanas. La reserva una mujer que nunca
se ha presentado. Eso sí, inexplicablemente antes del cierre aparece
un cheque con el importe de la cena encima de la mesa.
Imaginaos
mi asombro. Salí del local aturdido por el impacto del incidente y
haciéndome mil preguntas acerca de mi salud mental. Era ya noche
cerrada y apenas había nadie por la zona.. Caminaba hacia
la calle de atrás en busca de mi coche cuando, ¡de pronto recibo un
fuerte golpe en la cabeza que me hizo caer y rodar por la
acera! Perdí el conocimiento. No volví a sentir nada
más, hasta que… En el hospital donde me llevaron y en la cama
donde convalecía de la herida en la cabeza que me hizo un atracador,
lo supe.. Sí, pensaréis que estoy loco o chiflado, pero un gran
infortunio me corteja; una fatalidad ronda mis pasos. Ésa mujer,
bella y seductora pero diabólica, no busca mi amor, ¡qué va! Esa mujer es ¡¡LA MUERTE!! Cada vez que me encuentro con
ella algo grave me va a suceder ¿Premonición? ¿Mal presagio?,
llamadlo como queráis. De momento ha prevalecido mi buena estrella.
Han sido tres veces tres, las que he tropezado con ella, y en todas
bordeé peligrosamente el vacío, pero salí airoso..
Ahora
soy consciente de mi fragilidad, pero me produce cierta quietud el
hecho de haber pasado ya mucho tiempo sin saber nada de ella. Aunque,
¡por Dios!!¡¡Saber de quién!!..
Joaquín