Y tal día como hoy, 14 de marzo, pero del año 964, gracias a la inestimable ayuda de su amigo (ujier del Vaticano) ¡por fin!, Cornelio fue capaz de traspasar los controles que daban acceso a los aposentos papales. Entró sigilosamente en la cámara privada del Pontífice y los pilló in fraganti. Allí estaban los dos, su mujer y el Papa, duro que te pego y jadeando de placer como posesos..
No sabemos qué pasó por la cabeza de Cornelio (os lo podéis imaginar). Tuvo que ser algo muy gordo, según contaron después porque, primero se puso rojo como un tomate, luego morado como un ciruelo, y a punto ya de reventar de la indignación se lio a palos con el Sumo Pontífice hasta dejarlo tullido a golpes..
Tampoco sabemos qué contundente objeto utilizó para tal somanta, quizás algún báculo papal repujado en oro de los que suelen abundar por allí... Es posible, pero, ¡Ay, dios, qué retahíla de garrotazos le endiño al Sumo!!
El Pontífice garañón apenas tuvo tiempo de saltar de la cama, tapar sus vergüenzas con su túnica, calzar sus desnudos pies y salir por patas de aquel infierno de mamporros que le caía encima... De Eloísa, la mujer infiel, mejor no hablar, conociendo a Cornelio me imagino el negro futuro que le esperaba a la pobre.
A Juan XII, el Papa apaleado, no le quedaron ganas de repetir hazañas amorosas y menos en carne ajena. Arrepentido de su furor sexual (supongo), que le llevó a quedar postrado en cama sin poder mover ni las pestañas del dolor, relató sus últimos lúbricos pecados a su confesor antes de expirar. Tiempo tuvo para eso; agonizó durante tres largos días con sus noches tras la soberbia tunda de palos..
Nada se sabe de cómo acabó la relación de Cornelio y Eloísa. Aunque, como ya hemos dicho antes, por nada del mundo me hubiese gustado estar en el lindo pellejo de aquella atrevida dama. Por cierto, éste episodio sucedió realmente en el año 964 del Señor, vísperas ya de Semana Santa. Por supuesto, nada que ver lo del cachondo Juan XII, con el carácter austero y casto del Papa actual, León XIV.
Joaquín

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