Al rey Felipe IV le dio por visitar a escondidas un convento de monjas, el de San Plácido. Se había encaprichado de una monja jovencita y de muy buen ver, sor Margarita. A la pobre sor Margarita la traía frita (la rima es pura coincidencia). Acompañado por sus cuatro asistentes habituales, entraba a través del agujero abierto en una casa contigua al convento, propiedad de D. Jerónimo de Villanueva, amigo suyo, a satisfacer sus más libidinosos instintos con la monja, pero...
¡Ay, se enteró la madre superiora del convento!.. Para quitarle el vicio a éste salidorro, ideó un plan: Una noche hizo acostar a sor Margarita en la cama de su celda como si estuviese muerta. Cuatro cirios alumbraban su preciosa cara pintada de blanco a modo de sudario. Cuando Felipe entró la celda de Margarita y la vio así, se llevó el susto de su vida. Huyó como alma que lleva el diablo. Nunca más volvió. ¡Imaginad las risas de las pobres monjitas escondidas tras las paredes y ventanas!.
Sí, amigas, el rey Felipe IV era un mujeriego de narices; el tipo salía de noche y, camuflado de ciudadano corriente y moliente, frecuentaba tugurios y burdeles de Madrid en busca de sexo fácil. Seguro que algo habéis oído de este tipo, le llamaban "el rey pasmado" y estaba obsesionado con el sexo. Tuvo doce hijos legítimos, pero se le reconocen más de treinta hijos bastardos tenidos con otras tantas mujeres. No me extrañaría que alguno con las monjitas de San Plácido.
Conste que todo es verídico. Parece ser que, arrepentido luego de su proceder, el bandarra regaló el famoso cuadro, "Cristo crucificado" de Velázquez al convento.
Joaquín
Felipe IV, pintado por Velázquez

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