Cuando lo encontraron muerto en su casa, advertido por el nauseabundo olor que desprendía su cuerpo después de dos semanas olvidado, un vecino me recordó, al interesarme yo mientras veía a unos camilleros sacaban el cadáver:
—Es ése viejo huraño que siempre iba solo..
Nunca supe quién era ni cómo se llamaba; tampoco qué hacía, ni su oficio ni aficiones, Si acaso que siempre iba solo, con su bastón y medio derrengado.. Intrigado, pregunté otra vez al vecino:
—¿Desde cuándo no entra nadie en su casa? ¿Quién fue su última visita?
—Ufffff, ya ni me acuerdo—exclamó el vecino—bueno, sí, quizás aquella vecina de toda la vida antes de que los hijos la llevaran al asilo. Sí, tal vez fuera ella...
—¿Y no tiene hijos?—quise saber también
—Tiene dos—me respondió—su pequeña Luisa, casada con un ingeniero; viven en el Canadá, y un nieto suyo de cuatro años que no ha conocido siquiera. Y luego está Miguel, su hijo mayor, en La Coruña reside; hace tiempo que no se hablan, por desavenencias. Y es que desde que Marisa murió todo es un desastre. Marisa, su mujer, se le fue sin avisar, sin enseñarle a vivir. Ni se imaginaba lo que le esperaba—reiteró el vecino— ¡Uy, si ella le hubiera visto así, tan triste, tan desmejorado!, según era.. Se hubiera vuelto a morir de la pena.
Le di las gracias al vecino por explicarme y me alejé de allí.. Mientras volvía a mi casa imaginé su situación. Al cielo debió pedirle mil veces que se lo llevara a su lado cuanto antes. Eso sí, ni una sola reseña, ni una mísera nota apareció a la mañana siguiente en la prensa al encontrarlo muerto. Nadie derramó por él una sola lágrima.. ¡Y a quién le importa eso en estos días!.
Joaquín

Como la vida misma
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