—¿Me preguntas, Joaquín, que si he amado a pesar de ser sacerdote?. ¡Oh, sí, he amado y mucho!.. He amado como no ha amado nadie en el mundo, con un amor insensato y violento, tan violento que me asombra que no haya hecho estallar mi corazón. ¡Oh, qué noches! ¡Qué noches!.. ¡Déjame contarte, amigo!.
Como creí, y creí bien, que la historia que me iba a contar era larga y extraordinaria, acerqué mi silla a la suya y le presté toda la atención del mundo:
—Desde mi más tierna infancia había sentido la vocación del sacerdocio---prosiguió el cura---toda mi vida, hasta los veinticuatro años, no fue otra cosa que un largo noviciado. Jamás había andado por el mundo. El mundo era para mí el recinto del colegio y del seminario. Sabía vagamente que existía algo que se llamaba mujer, pero no me paraba a pensarlo: mi inocencia era perfecta. Sólo veía a mi madre, anciana y enferma, dos veces al año, y ésta era toda mi relación con el exterior.
Comprenderéis que ante tamaña confesión, ni se me ocurría pestañear. En ese momento yo era todo oídos.
—¿Conoces los detalles de la ceremonia de ordenación, Joaquín?—continuaba el cura—pues en eso estaba yo, de rodillas y con la cabeza gacha oyendo las palabras del obispo, pero la levanté y, casualmente vi ante mí, tan cerca que habría podido tocarla, a una mujer joven de una extraordinaria belleza y vestida con un esplendor real. Fue como si se me cayeran las escamas de las pupilas. Experimenté la sensación de un ciego que recuperara súbitamente la vista. Bajé los párpados decidido a no levantarlos de nuevo, para apartarme de aquella tentación, pues me distraía cada vez más, y apenas sabía lo que hacía. Un minuto después volví a abrir los ojos, allí estaba ella ¡Ah, qué hermosa mujer! Y qué ojos, dios mío. Con un destello decidían el destino de un hombre; tenían una vida, una transparencia, un ardor, una humedad brillante que jamás había visto en ojos humanos; lanzaban rayos como flechas dirigidas a mi corazón.
A esas alturas de la historia me esperaba ya cualquier cosa, pero me obcequé en no perder detalles. El bar donde tomábamos el café y conversábamos, frente a la Iglesia, estaba semivacío y no se oía una mosca. A él lo veía cada vez más emocionado.
—Esa mujer era un ángel o un demonio, Joaquín, quizás las dos cosas—insistía el cura—mientras la miraba, una escalofriante angustia me atenazaba el corazón; cada minuto transcurrido me parecía un segundo y un siglo. Sin embargo sus ojos cambiaban de expresión según transcurría la ceremonia. Tiernos y acariciadores al principio, adoptó un aire desdeñoso y disgustado, como de no haber sido comprendida. Pero la ceremonia avanzaba, y yo me encontraba lejos del mundo, cuya entrada cerraban con furia mis nuevos deseos. Dije sí, cuando quería decir no. Hice un esfuerzo capaz de arrancar montañas para gritar que yo no quería ser sacerdote, sin conseguir nada; mi lengua estaba pegada al paladar y me fue imposible traducir mi voluntad en el más mínimo gesto negativo. Ella pareció darse cuenta de mi martirio y, como para animarme, me lanzó una mirada llena de divinas promesas. Creí que me decía: "Si quieres ser mío te haré más dichoso que el mismo Dios en su paraíso; los ángeles te envidiarán. Rompe ese fúnebre sudario con que vas a cubrirte, yo soy la belleza, la juventud, la vida; ven a mí, seremos el amor. ¿Qué podría ofrecerte Dios como compensación? Nuestra vida discurrirá como un sueño y será un beso eterno". Me encontraba dispuesto a renunciar a Dios y, sin embargo, mi corazón realizaba maquinalmente las formalidades de la ceremonia. La hermosa mujer me lanzó una segunda mirada tan suplicante, tan desesperada, que me atravesaron el corazón cuchillas afiladas, y sentí en el pecho más puñales que la Dolorosa.. Pero todo terminó. Ya era sacerdote. La sangre abandonó el rostro encantador de mi adorada, que se volvió blanco como el mármol; sus hermosos brazos cayeron a lo largo de su cuerpo como si sus músculos se hubieran relajado y se apoyó en una columna, pues desfallecían sus piernas. Me dirigí vacilante hacia la puerta de la iglesia, lívido, con la frente inundada de sudor. Me ahogaba. Las bóvedas caían sobre mis hombros y me parecía como si sostuviera sólo yo con mi cabeza todo el peso de la cúpula. Al franquear el umbral una mano se apoderó bruscamente de la mía, ¡una mano de mujer! Jamás había tocado otra. Era fría como la piel de una serpiente y me dejó una huella ardiente como la marca de un hierro al rojo vivo. Era ella. ¡Infeliz, infeliz! ¿Qué has hecho? —me susurró. Luego desapareció entre la multitud. Perdona mi vehemencia, Joaquín—concluyó el cura sobresaltado—pero es que todavía al recordarlo me emociono.
Yo lo entendía perfectamente, y así se lo hice saber.. Pero de repente sonaron las campanas de la Torre y entendí que tenía que prepararse para misa.. Me prometió contarme el resto de la historia por la tarde...
Ya os contaré....

Que interesante leer el final!
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarPrecioso blog el de hoy.. emocionante si señor ☺️buen y feliz día Joaquín 🤗
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
Eliminar