Cuando mi única hija se casó y se marchó de casa, nos quedamos su madre y yo solos, apesadumbrados y con el síndrome del nido vacío subido. Nos costó dios y ayuda volver a la rutina. Gracias a que con mis consuegros hicimos buenas migas desde un principio. Más que buenas, veréis...
Leonor, la madre de mi yerno, es decir, mi consuegra, era una mujer todavía joven y de muy buen ver. A sus cuarenta y cinco años de entonces (cuando la conocí) aún se cuidaba lo suficiente para estar atractiva. Hasta tal punto nos compenetramos todos que, entre sábados de cenas y visitas de cortesía acabamos los dos, Leonor y yo, haciendo lo que nunca debimos haber empezado, ¡enrollados!..
No hizo falta que ella se esmerara demasiado en ser simpática, y hasta descarada conmigo para que realzara mi depauperada moral de aquellos años, acumulaba ya un tiempo de baja autoestima. Así que, el interés de Leonor por mi, hizo sino subir mi ego por las nubes.
El romance secreto duró poco, apenas cinco meses, pero a mi me sirvió para que, una vez terminado, hundirme más que de lo que estaba al principio, pues si bien me elevó temporalmente la moral, aparecieron después los remordimientos.
El lugar de la coyunda era un pequeño hotel de un pueblo vecino. Dos tardes a la semana la recogía en secreto y hacíamos el amor como posesos. Luego volvía a dejarla en las cercanías de su casa. A nadie teníamos que dar cuenta de nuestra ausencia; yo tengo las tardes libres y ella mil excusas que dar a su marido. Y así se convertí en un mentiroso compulsivo con mi mujer..
Pero el “affaire” consuegro-sexual terminó un día, y lo hizo bruscamente y de la peor manera posible. Una tarde al salir del hotel tropecé de lleno con mi yerno, no sé por qué, pero pasó justo por allí. Íbamos agarrados de la mano, ella (su madre) y yo. El momento y la escena fue inenarrable. Os dejo al albedrío de vuestra imaginación el papelón de los tres.
Diez años después de aquella peculiar aventura continuamos aparentemente sin novedad. Mi matrimonio va "viento en popa" al igual que el de mis consuegros, con la única salvedad, eso sí: las miradas furtivas que nos dirigimos (las ya pocas veces que nos reunimos) algunos miembros de esta gran familia en que nos habíamos convertido. Sólo una circunstancia temo, que el majadero de mi yerno se vaya de la lengua en un momento de arrebato. Si dependiera sólo de él ya lo habría hecho, para colgarse unas medallas con su mujer, es decir, mi hija. Pero también se trata de su madre, y eso es la salvaguardia de su silencio.
Por cierto, Leonor es un nombre ficticio. Lo hago para no dar pistas..
Joaquín

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