Circuló alguna vez por los mentideros cutres de la ciencia un dicho que decía: “A nariz grande pene soberbio”. No sé si es una tontería, pero con el cafre de Fernando VII (ése rey chusco que tuvimos) acertó de lleno. Cualquiera que vea algún retrato suyo puede comprobar su enorme apéndice facial; imagínaos, pues, el otro apéndice..
Contaba el compositor francés (autor de la ópera Carmen) Próspero Merimée, que el miembro viril de Fernando era fino en la base como una barra de lacre y gordo como un puño en la punta. Con esto está todo dicho ¡Pobre María Cristina, tan jovencita, y última de sus mujeres!.
Fernando VI aguantó en el trono hasta su muerte, ocurrida en 1833 a los 49 años de edad y con la salud totalmente quebrantada debido a los excesos de todo tipo que se embuchó el menda. Y sí, su miembro viril era descomunal. Era de tamaño tal que para consumar el acto tenía que usar una especie de almohadilla y así evitar que su desafortunada pareja no sufriera un más que posible desgarro vaginal.
María Cristina, su última mujer, fue la madre de sus dos hijas. Isabel, la mayor, reinó como Isabel II. Por cierto, María Cristina, la joven viuda de Fernando VII, después de morir éste se enamoró de un guardia de su escolta (qué tendrán los militares) y tuvo con él una prole (desmesurada) de ocho hijos. Nada se cuenta del órgano viril del tal Muñoz, que fue su segundo esposo. Tal vez se debiera el enamoramiento a su ternura para con ella y no al ímpetu sexual como el de su primer marido.
Joaquín

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