Habían terminado ya los invitados los postres de la opípara comilona y conversaban amigablemente repantingados en sus asientos. De repente unos criados cierran las puertas y ventanas del inmenso comedor y aparecen por el fondo una manada de tigres y leones hambrientos ¡Qué locura! ..
La gente huye despavorida, pero no hay dónde meterse, las puertas están cerradas a cal y canto.. Todo es un caos. Se ven algunos tumbados en el suelo protegiéndose la cara con las manos, o por las esquinas, escondidos en lugares inverosímiles, o abrazados unos a otros mientras esperan ser devorados por las fieras, pero, ¿Y esas risas?. Miran hacía arriba, hacía el lugar desde donde parecían provenir las carcajadas y lo ven, era el emperador de Roma, Marco Aurelio Antonino, más conocido por Heliogábalo, descojonándose de risa..
Resultó que a las fieras les habían arrancado las garras y dientes, y las pobres nada podían hacer, solo asustar. Imaginaos qué relajación de vientre la del personal al saberlo.. Nada dicen las crónicas de cuántos murieron por la "bromita"; no por las fieras, que ellas, desdentadas, sólo harían cosquillas, sino por los infartos y la posterior deshidratación debido a las cagaleras que muchos sufrirían para el resto de sus vidas.
En realidad Heliogábalo estaba como una puta cabra.
Joaquín

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