—Está bien, Joaquín, te creo eso de que soy tu primera novia y me pone contenta, pero dime la verdad, ¿nunca antes habías besado a una mujer?
Me pilló. De pronto no supe qué contestarle. Ella era la primera, pero tampoco quería quedar como un novato imbécil.
—Sí, ya he besado alguna vez—le mentí
—¿Quién era?—preguntó curiosa
Intenté explicárselo, pero no se me ocurría nada. Paseábamos por las afueras del pueblo, camino de la La Miranda, una fuente de aguas intermitentes por dónde había transcurrido gran parte de mi infancia. La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado árida y caliente, y al entrarme por la nariz me secaba la garganta; me dio sed. Debió ser por el acaloramiento de no saber qué decirle, el caso es que me salvó la fuente. Me agaché, cerré los ojos, entreabrí los labios y los acerqué al orificio de donde chorreaba el agua. Bebí y al abrir los ojos vi los ojos de ella que me miraban fijamente. Por un instante imaginé el agua salir de su boca. Me incorporé y entonces me besó, y el beso me supo a gloria. Entendí que el amor había chorreado de su boca a mi boca. Allí mismo me enamoré. Luego di un paso hacia atrás y dejé que ella bebiera.
A la vuelta le mentí otra vez sobre mi primer beso, le conté una milonga..
Tenía quince años..

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