domingo, 16 de septiembre de 2018

El día que no pude alcanzarle la luna a mi amante

                                                                                        


Cuando yo nací, hace la friolera de tropecientos años, la Luna estaba más cerca de mis manos que ahora. Pero tampoco podía cogerla y dársela a mi amante si me la hubiera pedido, claro. Resulta que la Luna, sí, nuestra Luna se aleja de nosotros 3.8 centímetros cada año, o lo que es lo mismo, desde el día en que mi madre hizo el último y definitivo esfuerzo por desahuciarme de sus entrañas, por gorrón, es decir, desde que nací hasta éste mismo instante en que escribo esto, la Luna se ha alejado de la Tierra exactamente, 2 metros y cuarto...

Pues no es moco de pavo lo de la Luna, ya os digo.. Es verdad que las distancias en el espacio son descomunales, pero poquito a poquito la estamos perdiendo de vista. ¡Qué será de los amantes de lejanas y futuras generaciones! ¿Os imagináis un mundo sin Luna?. 

Según la hipótesis más creíble, hace unos miles de millones de años un meteorito del tamaño de Marte impactó contra la Tierra. Fue tal el estropicio que causó que una parte importante de la masa de la Tierra se desgajó de ella, que convertida en polvo incandescente se puso a girar alrededor de nuestro dolido planeta; después se enfrió y se formó el satélite que hoy conocemos, es decir, la Luna.

El hecho de verle siempre la misma cara a la Luna no es porque sea una tía sincera y sin dobleces, sino que los movimientos de la Tierra y los de ella se han sincronizado tanto debido a la gravedad, que tarda lo mismo en girar sobre sí misma que en dar una vuelta alrededor de la Tierra.

En fin, ¿Qué podríamos hacer nosotros, simples mortales, sin la Luna? No quiero ni pensarlo. Bien es verdad que tenemos ahí las estrellas en las noches claras, pero… ¡están tan lejos!... 

Joaquín








sábado, 15 de septiembre de 2018

Eres un Sol...






Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
partióme a sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino
feliz, risueña, impávida. ¿Y porqué?
Porque no brota sangre de la herida.
Porque el muerto está en pie.
(Bécquer)

Es curioso como a pesar de ver salir el Sol impepinablemente cada día, de guarecernos de él porque nos quema, de echarlo de menos cuando las nubes lo ocultan mas tiempo de la cuenta, o de adorarlo con ímpetu a lo largo de la historia por tantas civilizaciones, apenas sepamos nada de él. Conste que sin él no estaríamos aquí; ni nosotros ni nadie que respire porque...
Sepan que nuestro ardiente amigo lleva ahí arriba calentándonos la friolera de 4.600 millones de años; ¡ahí es nada!. Pero no crean que es ya un anciano decrepito y achacoso, ¡qué va! El tío goza de una salud de hierro y con sus facultades caloríficas y radiactivas en plena ebullición. Si lo extrapoláramos a la vida de un hombre rondaría ahora los 40, es decir, hecho un jabato.. Según los entendidos, al Sol aun le quedan unos 5.000 millones de años más de frenética actividad sexual, ¡perdón! quise decir nuclear... ¡En qué estaría yo pensando!...
Un poco antes de su extinción, sobre unos 1.000 millones de años, el hidrógeno, que compone el 95% de su masa irá perdiendo fuerza y colapsará sobre sí mismo. Como consecuencia de esto se hará menos denso pero más grande y brillante y absorberá todos los satélites que lo circundan, entre ellos nuestra Tierra. Es decir, nos querrá tanto para esa fecha que nos dará un abrazo tan grande que nos achicharrará de cariño (el abrazo del oso). Después se convertirá en lo que llaman los astrónomos una enana roja, y desaparecerá.
Seguro que ya lo saben, no obstante les refresco unos colosales datos...
Mirad, si un explorador tuviera la osadía de llegar al Sol y encender allí una linterna (vaya ejemplo) su luz tardaría en llegar a la Tierra 8 minutos; teniendo en cuenta que ésta viaja a 300.000 kilómetros por segundo, quiere decir que nuestro amiguete de toda la vida, el Sol, no quiere mucho juntorio con nosotros, pues se coloca a 140 millones de kilómetros de distancia, ¡Qué corra el aire!, pensará..
Decía de manera poética el astrónomo y divulgador, Carl Sagan, que “Todos nosotros estamos hechos de material de las estrellas” y es cierto. El Universo, y con él nosotros, los humanos, estamos compuestos de unos cuantos elementos básicos, como son, el hidrógeno, el helio, el carbono o el oxígeno; lo único que nos diferencia es la cantidad y combinación de cada uno...
Eso sí ¿Cómo demonios hemos llegado a conocer tantos datos y tan precisos? Medir la distancia, la composición exacta, su pasado, su futuro etcetera, no me digan que no es interesante saberlo, aunque luego volvamos a nuestras miserias cotidianas, del tipo: coronavirus, crisis, Rufián, Puigdemont, Sánchez, Iglesias, Casado... En fin.
Dicho queda...
                                                                          Joaquín Yerga
                                                                         

jueves, 13 de septiembre de 2018

Entre una tesis y un máster...





Llénate de mí.
Ansíame. agótame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme, récogeme, contiéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.
Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
el fugante, el doliente.

(P. Neruda)




Conste que todo lo que pienso contar a continuación lo acabo de releer en una revista; eso sí, lo digo a mi manera e intercalando frases o palabras de mi propia cosecha. No se alboroten por lo que lean, pues nada más lejos de mi intención provocar ningún tipo de escándalo, faltaría más, solo cuento cosas tan reales y habituales que todos las hacemos al menos una vez a la semana, exactamente los sábados ¡digo yo!...
En el año 1966 se hizo un experimento sorprendente, nunca antes se había realizado. Utilizaron la experiencia de 382 mujeres y 380 hombres sumando un total de 10.000 episodios de variada actividad sexual entre todos ellos. El resultado hoy en día nos puede parecer banal, pero en aquella época fue catalogado como asombroso, el estudio demostró que hay una respuesta similar al estimulo sexual entre hombres y mujeres. Si, porque antes se pensaba que la mujer iba por libre y su capacidad de disfrute era poco menos que anecdótica o esporádica.
Sorprendió también, y mucho, que éste estudio, serio y meticuloso, realizado por el ginecólogo Willian Masters y su mujer, la psicóloga Virginia Johnson, nos asegurara que, a pesar de la distinta estructura y disposición de los aparatos reproductores masculinos y femenino, ambos tengan las mismas fases de respuestas ante esos estímulos, porque, resulta que...
Si bien sabemos que las hormonas, testosterona en los hombres y los estrógenos en la mujer, son las verdaderas responsables del deseo o la libido sexual, también es verdad que interviene una parte psicológica del individuo. No sólo un nivel alto de éstas hormonas garantizan el éxito de un acto sexual, sino que la interpretación de esos deseos que haga el cerebro es primordial, por ejemplo influye... la angustia, la culpa, la fatiga etc. Si, ya sé que no descubro América con esto, pero hay mas...
Independientemente de la causa que nos provoque el acto sexual, en el hombre la primera señal es una erección del pene y, sorpréndase, los pezones se nos eriza, los testículos se agrandan y se pegan al cuerpo. En la mujer se lubrifican las paredes vaginales, ésta se expande y se pone de color oscuro (¡Claro!, que a ver quién es el guapo que se pone a mirar el color en esos momentos) y los labios de la vulva se hinchan y se separan al mismo tiempo. Tanto en el hombre como en la mujer la presión sanguínea se acelera y los músculos se tensan. ¡Ah!.. Se me olvidaba, según estos médicos todo sucede en cuatro fases... excitación, meseta, orgasmo y resolución; yo pondría una quinta, la del cigarrillo después...
Todo lo que he contado hasta ahora corrrespondería a la primera etapa o excitación. En la segunda, o meseta, diríamos que, lo mismo que en la primera sólo que todos los síntomas se mantienen un ratito. Al final de esta fase el glande masculino se agranda y, ojo al dato para los que echen mano del “Coitus Interruptus”, algunos hombres emiten el llamado fluido preyaculatorio, que puede contener espermatozoides vivos. En las mujeres al terminar éste periodo el clítoris se hace aun mayor, el rubor sexual se extiende hasta los pezones y los pechos se hinchan.
En la tercera fase el nivel de excitación aumenta por encima de un determinado umbral y sobreviene el orgasmo que no es más que una explosión o descarga de tensión neuromuscular, y se activan una serie de mecanismos reflejos en los órganos sexuales, y en el resto el cuerpo, ¡claro!
Durante el orgasmo masculino, al principio, la próstata se constriñe y la vesícula seminal impulsa el semen hasta la uretra, después la vejiga urinaria se cierra para que el semen no entre en ella y los músculos del pene se contraen para ayudar al semen salir al exterior; ni que decir tiene que enseguida la sensación de placer y plenitud invade al suertudo individuo. Y miren, yo no lo sabía, pero parece ser que hay orgasmos masculinos secos, es decir, sin eyacular.. ¡Qué cosas!..
Para ellas el orgasmo comienza por una especie de estallido de calor y placer que emana de la zona del clítoris. A diferencia de los hombres, en las mujeres, si se continúa estimulando, pueden llegar a sentir otros orgasmos en un corto periodo de tiempo. Algunas experimentan durante el orgasmo una especie de eyaculación, aunque su origen no está claro, hay quien dice que no es más que incontinencia urinaria.
Y viene la ultima fase, llamada de resolución; aquí, creo, no hace falta explicar mucho, todos lo entendemos. Es una vuelta a las pautas anteriores a la excitación, y todo retorna a su tamaño y color habitual. Y, ¡ojo! en los hombres es imposible fisiologicamente eyacular de nuevo hasta pasado un tiempo prudencial, que dependerá, por supuesto, del ardor guerrero del menda. Una vez acabado todo se entra en un estado de sopor o modorra que es ideal para conciliar el sueño. Bueno, algunas mujeres dicen que justo lo contrario, que se espabilan..
Todo esto que he contado se entiende cuando el acto es placentero para ambos, que no hace falta decir que no siempre es así. Demasiado a menudo, si el tío es un cafre y sólo piensa en él, los mecanismos que se ponen en marcha sólo son los suyos; los de su compañera de cama ni se inmutan. Eso sí, a ella se les activan los dispositivos de la paciencia y resignación, que suelen ir de la mano.
Ya dije antes que yo contaría una quinta fase en esto del acto sexual, la del cigarrillo después, pero... pensándolo bien, ahora que ya casi nadie fuma le podríamos llamar; “la de revisar el móvil”, apuesto que todos lo hacemos...
Dicho queda...
                                                                   Joaquín Yerga
                                                                    13/09/2018

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Ese fabuloso pasado nuestro..





Amiga..
Vivo por un sueño imposible.
Sueño que me ves pasar y me llamas;
me pides pasear contigo; tienes que contarme algo.
Yo que estoy loco por hablarte y decirte
que eres el amor de mi vida,
balbuceo unas palabras inconexas, sin sentido..
Tú sonríes de mi ingenuidad y me das un beso.
Entonces la sangre vuelve a circular por mis venas;
soy el hombre más feliz del mundo.
Pero el sueño acaba. Tu imagen se desvanece
y yo vuelvo a mis insustanciales quehaceres.
--Joaquín--


Corría el año 630 a.c.; una nave griega con unas docenas de hombres dentro que iba en ruta desde el Peloponeso (Grecia) hasta Egipto por el Mediterráneo central, se desvió por culpa de una enorme tempestad y fue a recalar a Tartesos (actual provincia de Huelva, muy cerquita de aquí del pueblo). Fue la primera vez que los griegos, es decir, alguien civilizado, tocaba tierra española. Sabemos que estos pioneros griegos quedaron obnubilados al contemplar el derroche de riqueza y esplendor que veían sus atónitos ojos; se trataba de un reino misterioso, desconocido..,fastuoso. Esto nos lo contaba el historiador griego Herodoto, uno de los grandes de la antigüedad.
Unos cuantos siglos después de Herodoto, el también historiador Estrabón, allá por el sigo I a.c. escribió una especie de enciclopedia de geografía de 32 volúmenes, y uno de ellos lo dedicó por entero a Iberia, o sea, a nuestra península Ibérica. Era la primera vez que se describía con pelos y señales nuestra tierra. Y nos habló de los celtas, y de los íberos y de la manera de vivir y guerrear de todas éstas tríbus de una y otra etnia. 
Estrabón también fue el primero que dijo que nuestro contorno geográfico se parecía a la piel de un toro extendida, de tal modo que la parte delantera de ése toro mirara hacia oriente y la trasera (el rabo) a occidente. Y habló de Tartesos y su grandioso rey Argantonio, y de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar). También nos asustó, porque imaginaba que más allá del estrecho solo estaba el océano ignoto y desconocido, y que enormes monstruos marinos habitaban esos mares. Bueno, realmente eso miedos y temores a lo desconocido se mantuvo hasta que Cristóbal Colón se atrevió a ir un poco más allá de las Islas Canarias.
La península Ibérica ocupa un lugar privilegiado en el Mediterráneo y en el continente europeo en general. Tan sólo doce kilómetros nos separan de África a través del Estrecho. Esto nos da una posición geográfica especial en esta parte del mundo. Por esta frontera sur han entrado a lo largo de la historia, digamos que lo más sorprendente que nos ha pasado. Nos entraron los fenicios, tan comerciales (fundaron Cádiz y Málaga), los cartagineses, un pueblo belicoso que nos saqueó y nos hizo entrar en una penosa guerra con los romanos (fundaron Cartagena); entraron también los árabes, que nos conquistaron y aquí se mantuvieron durante ocho siglos nada menos y que marcó de alguna manera y para siempre nuestra idiosincrasia, y nos alejó de Europa, por cierto. Ahora, también por ahí entran pateras atestadas de refugiados y pobres africanos que huyen del hambre y la miseria.
La extensa linea mediterránea (al este), decir que siempre estuvo abierta a la entrada de pueblos comerciantes y artesanos como los griegos, y hasta guerreros como los romanos, que sin embargo nos legaron un poso de modernidad para siempre. Estos último nos dejaron su impronta latina en nuestro carácter. Por occidente, es decir, por el océano Atlántico y Portugal, jamás nada importante, ni invasivo provino de allí, tan solo, eso sí, fue el punto de partida de nuestra mayor aventura histórica como fue el descubrimiento de América.
El único punto cardinal nuestro al que deberíamos ponerle alfombra roja de seda para poder transitar libre y asiduamente por él, debería ser la frontera norte (Pirineos) que nos separa de Europa. Por ahí sí ha entrado mucho de lo bueno que nos ha pasado en la historia, excepto la invasión de Napoleón, y tampoco fue tan mala como creen algunos. 
De todas maneras, si Herodoto o Estrabón levantaran sus cabeza, dos mil y pico años después y vieran que aun nos seguimos dando de mamporros las diferentes tríbus ibéricas, exactamente igual que en sus tiempos, exclamarían, ¡Dios mío, qué tropa! y volverían a tumbarse, pero esta vez al sol en cualquier playa de sus maravillosas y cálidas islas griegas.
En fin...

Joaquín Yerga






                                                        
                                                                     

martes, 11 de septiembre de 2018

Erase una vez un cura que...




De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma.
(Jesús de Nazaret)


Decir que la Biblia es un libro apasionante es de perogrullo, y pocos lo dudarán. Que es el más leído y traducido de la historia, no creo que nadie lo niegue, pero si les digo que aquí en España apenas unos cuantos la conocen al dedillo, tal vez se sorprendan, pero es lo que hay.
Pero voy más lejos aun, estoy seguro que la Biblia, con sus dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, se la conocen a fondo sólo los muy fieles protestantes del norte de Europa y de los Estados Unidos. Tengan en cuenta que la base de este credo cristiano es que cada individuo se las tiene que apañar él sólo con Dios, y el medio para ello es la Biblia. Sin embargo, los católicos del sur, entre ellos los españoles, apuesto cien contra uno que se cuentan con los dedos de un par de manos y nos sobran dedos, que son escasos los feligreses que conocen los entresijos de este inmenso libro. Y es que nuestro intermediario con Dios no es la biblia, precisamente, sino los curas, y no es lo mismo, ¡claro!
Les cuento (aunque sé que todos deben saberlo), que la Biblia se compone del Antiguo Testamento, escrito por los judíos y que los cristianos aceptaron casi en su totalidad como verdaderos (hasta ahí podríamos llegar siendo Jesús judío como era), y el Nuevo Testamento que trata, básicamente, de la vida de éste, y que los judíos como es natural al no creer que Jesús era el hijo de Dios rechazan de plano. En cuanto a la historia del tiempo en que fueron escritos los libros que componen la Biblia habría que remontarse al año 1000 a.c. cuando se cree que comenzaron a ser plasmados al papel los textos orales que circulaban de boca en boca, es decir, en tiempos más o menos del rey David y su hijo Salomón; y ya ha llovido...
Pero una cosa es cuándo fueron escritos los primeros capítulos y otra muy distinta es a cuánto se remonta la historia que describen; y siendo francos, tampoco se fueron muy atrás. Ya la creación del mundo por Dios la sitúan ellos en unos 4.000 años a.c. es decir, hace cuatro días como aquel que dice. Sobre todo si lo comparamos con la verdadera formación de la tierra que según los evolucionistas estaría sobre unos 5.000 millones de años, ¡Ahí es nada! ¡Menuda diferencia!... Hubo un obispo de la Iglesia de Irlanda, un tal Ussher, estudioso de la biblia, que en el siglo XVII llegó, incluso, a pronosticar el día exacto de la creación. Según él, fue exactamente el domingo 23 de octubre del año 4.004 a.c. ¡Ya son ganas!..
Según el Antiguo Testamento los primeros Patriarcas, o sea, Abraham, Isaac o Jacob vivieron aproximadamente hace unos 4.000 años, o lo que es lo mismo, 2.000 años a.c. Abraham, que fue el padre fundador de Israel, emigró de Mesopotamia, donde vivía su familia, y se instaló en Palestina en esa fecha. Y luego vino lo siguiente...
En el año 4.004 a.c. --Dios creó de la nada el universo, y la tierra, y los montes, y los animales, y también a los hombres. Adán y Eva hacen de las suyas en el Paraíso Terrenal.
En el año 2.400 a.c. – Dios, ante la perversión de los hombres (se habían vuelto malisimos) envía para su destrucción masiva el Diluvio Universal. El bueno de Noé y su familia se salvan por los pelos.
En el año 1700 a.c.--Los judios son esclavizados en Egipto. José el hijo pequeño de Jacob alcanza el poder en ese país; le cayó muy bien al Faraón al descifrarle los misteriosos sueños de las vacas flacas.
En el año 1400 a.c. – Es la historia de las plagas con las que Dios castigó al Faraón. Moisés saca a su pueblo de Egipto y los lleva a la Tierra Prometida (Israel). Es la época de las Tablas de la Ley etc. Quizás sea la más importante para los judíos.
En el año 1200 a.c. Aprox-- Periodo llamado de Los Jueces. Canaán es colonizado por las famosas doce tribus de Israel.
Año 1000 a.c. Aprox. – Periodo glorioso para los judíos. Primer rey (Samuél), y después nada menos que David y Salomón, con la apasionante historia que hay detrás. Y por supuesto la construcción del Templo en Jerusalén, para albergar allí el Arca de la Alianza que contenía las Tablas de la Ley.
Año 900 a.c. Aprox.-- El reino se divide en dos Judá, al sur e Israel, al norte.
Año 735 a.c.-- Judá e Israel caen en poder de los Asirios. Sus habitantes son deportados; éste es el primer exilio de los judíos. Estos son ya datos históricos y no solo bíblicos y legendarios.
Año 597 a.c. --Los judios vuelven a ser derrotados y ahora son deportados a Babilonia. El Templo de Jerusalén es destruido. Es la mayor desgracia que les puede pasar.
Año 539 a.c. --El rey persa Ciro “El Grande” derrota a los babilonios y los judíos son liberados. Vuelven a reconstruir el Templo.
Año 332 a.c.Alejandro Magno conquista la zona. Los deja vivir tranquilos.
Año 63 a.c. --El general romano Pompeyo derrota a los judíos y captura Jesrusalán.
Año 37 a.c. – Herodes “El Grande” gobierna Judea a las ordenes de los romanos. Amplia el Templo de Jerusalén (sobre los restos de éste, (Muro de las Lamentaciones), rezan los judíos más ortodoxos) Fin del Antiguo Testamento. Comienza el Nuevo Testamento.
Año 7 d.c.-- Nacen, Juan “El Bautista” y Jesús. Como pueden comprobar la fecha del nacimiento de Cristo está equivocada en 7 años.
Año 4 d.c.-- Muere Herodes
Año 28 d.c. – Jesús, ya mayorcito, inicia su ministerio en Galilea.
Año 30 d.c.-- Jesucristo muere crucificado. Comienza el Cristianismo
Año 66 d.c. --Revuelta judía contra Roma ¿Cómo se les ocurre enfrentarse al pueblo más poderoso del mundo entonces.?
Año 70 d.c.-- Los romanos destruyen el Templo por segunda vez y los judíos son deportados. Gran exilio, aun perdura, aunque muchos están volviendo a Israel.
Años 70/150 d.c. – Se escribe el Nuevo Testamento basado en la vida y muerte de Jesús. Aunque como ven, mucho después de la muerte de Cristo.
Año 2018 d.c. --Los judíos siguen a la greña, ahora con los palestinos y con el mundo árabe en general. Sin embargo ahora ellos son los más fuertes.
Año 2250 d.c.-- ¿Seguirán los judíos, un pueblo tan pequeño y tan especial, dando guerra por los siglos de los siglos? Aunque para esa lejana fecha todos calvos, y el mundo será otra cosa. Ya buscaremos algo para pelearnos...
Dicho queda...
                                                                       Joaquin Yerga
                                                                        11/09/2018



lunes, 10 de septiembre de 2018

Cualquier tiempo pasado fue mejor...



Cinco minutos bastan para soñar toda una vida. Así de relativo es el tiempo.
(Benedetti)


¿Saben ustedes si existe realmente el pasado?. Yo creo que no. ¿Y el futuro? Pues tampoco. Quizás existan, pero sólo en nuestra cabeza. El presente es lo único real y verificable. Si preguntáramos a alguien qué es el tiempo, estoy seguro que no sabría qué decirnos, Decía San Agustín en su época cuando alguien sacaba el tema a colación “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si deseo explicarlo a quien me lo pregunta, no lo sé” Y no le faltaba ni pizca de razón al bueno de San Agustín. Difícil y peliagudo asunto éste, porque...
Hablamos del tiempo como si este concepto tuviera una noción perfectamente conocida, ponderable, y nada más lejos; el tiempo es escurridizo, engañoso. Hasta la exposición en sociedad de la Teoría de la Relatividad en 1905 por el gran Albert Einstein, el tiempo era fácil de medir y conocer. Ya tres siglos antes el otro gran científico de la historia, Newton, contó con “el tiempo” como algo absoluto y verdadero que pasaba realmente, y muy medible, por cierto. Simplemente se tenia (aun se tiene) en cuenta el envejecimiento de las cosas, por lo tanto, recordamos los hechos acontecidos como el pasado, y aventuramos los que están por venir como el futuro.
El tiempo subjetivo de cada uno ya es de por sí muy relativo, por ejemplo, imagínense por un momento (si no tenemos en cuenta los relojes) la gran diferencia que hay entre los quince minutos sufridos ante el dentista cuando nos hacemos una ortodoncia, con los quince minutos que disfrutamos en compañía de unos buenos amigos tomando unas cañas de cerveza, ahora que han vuelto a abrir las terrazas; pues ésa variabilidad e inconsistencia del tiempo nos lo reveló Einstein con su teoría.
Los relojes son efectivamente los instrumentos de los que nos hemos dotado los humanos para ordenar y homogeneizar nuestras vidas, gracias a ellos todos estamos sincronizados en el tiempo y el mundo funciona. Si tuviéramos que apañarnos con el tiempo subjetivo de cada uno la sociedad sería un caos imposible de coexistir.
Tanto confiamos en el tiempo como algo fijo e infalible que contamos con que una hora determinada en el reloj de la Puerta del Sol, de Madrid, equivale exactamente a otra del reloj del ayuntamiento de la ciudad de Sidney, en Australia, a 12.000 kms de distancia. Pero llegó Einstein y nos abrió los ojos, nos dijo que eso es falso, que si medimos el tiempo en nano-segundos la cosa cambia. Todo lo que sabemos del tiempo hasta ahora lo hacemos a velocidades aceptables, humanas, pero no a las atómicas.
A la velocidad de la Luz (300.000 kms por segundo) el tiempo se dilata, varía, no es fijo ni inamovible como pensábamos. Es más, el tiempo ya no sería lo que es, sino que pasa a ser otra dimensión, como el espacio. Sí, ya sé que es muy difícil de comprender, el mismo Einstein no pudo demostrarlo; ahora, cincuenta años después de su muerte, lo estamos comprobando.
Con la nueva teoría, el tiempo y con él el pasado y el futuro sólo es una ilusión. Aunque es verdad que una persona puede dar testimonio de un suceso o recordar los hechos pasados como percibidos en alguna ocasión y ordenarlos secuencialmente según la mayor o menor viveza que otorga la memoria de cada recuerdo.
Les muestro, para afianzar esto de que el tiempo es muy relativo y caprichoso, un par de ejemplos que suelen poner los científicos. Si cogemos dos relojes cronometrados a la misma hora; a uno de ellos lo metemos en una nave espacial "a toda pastilla" y al otro lo dejamos en nuestra mesilla de noche, al poco tiempo los relojes divergirán y no marcaran la misma hora; el de la nave espacial se habrá retrasado un montón respecto al de la mesilla. El otro ejemplo es el los hermanos gemelos. Si a uno de ellos lo embarcamos hacia el espacio en otra nave espacial a velocidad cercana a la de la luz, y al otro simplemente lo dejamos aquí en su casa, al cabo de unos días el viajero, a su vuelta, habrá rejuvenecido un montón de años respecto a su hermano. Y es que el tiempo a esas velocidades transcurre mucho más despacio... ¡Cosas de Einstein!...
De todas maneras menos mal que todavía nos regimos por las velocidades de siempre y aun nos sirven los viejos relojes y nuestro tiempo, pero imaginemos qué puntazo será cuando podamos alcanzar esas velocidades cercanas a la de luz, pues que en vez de dejarnos hacernos un lifting en la cara y piel por un cirujano plástico, nos daremos una vuelteceita alrededor de la tierra, y aterrizaremos hechos unos pinceles. Claro, que otra cosa será el precio.. En fin, que Dios nos coja confesados por los nuevos tiempos que se avecinan; menos mal que algunos ya no los veremos..
Dicho queda...
Joaquín Yerga





sábado, 8 de septiembre de 2018

A hombros de gigantes...




¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido
de amores por un ser desaparecido,
por un alma liberta,
que diez años fue mía, y que se ha ido...
¿Mi secreto? Te lo diré al oído:
¡Estoy enamorado de una muerta!

¿Comprendes -tú que buscas los visibles
transportes, las reales, las tangibles
caricias de la hembra, que se plasma
a todos tus deseos invencibles-
ese imposible de los imposibles
de adorar a un fantasma?

¡Pues tal mi vida es y tal ha sido
y será!
Si por mí sólo ha latido
su noble corazón, hoy mudo y yerto,
¿he de mostrarme desagradecido
y olvidarla, no más porque ha partido
y dejarla, no más porque se ha muerto?
(Amado Nervo)

El médico francés, Louis Pasteur, llevaba años experimentando con pollos inoculándoles dosis de cólera. Evidentemente estos morían rápidamente. Un día se equivocó y echó menos cantidad de lo que solía; los pollos desarrollaron la enfermedad pero de manera leve, y sobrevivieron. Al día siguiente les inyectó dosis más fuertes y sorprendentemente los pollos se volvieron inmunes al cólera. Acababa de inventar la vacuna.
El mismo Pasteur poco después hizo lo mismo pero con la rabia y obtuvo un extraordinario resultado con perros. Un día, a un niño de 9 años, Joseph Meister, le mordió un perro rabioso y se lo llevaron ante él, que tras dudarlo mucho comenzó a inyectarle pequeñas dosis de la rabia, el sistema inmunológico del niño creo defensas y se salvó. Y miren qué curioso, cuando el niño fue adulto trabajó toda su vida como conserje en el instituto donde Pasteur era director.
La medicina como tal empezó en Egipto hace 5000 años, como tantas cosas. Sin embargo allí creían que la enfermedad era cosa de maleficios, de castigo divino o cosas por el estilo. Entre los escasos remedios que desarrollaron para paliar los males estaban, ¡mira tú!, hechizos y potingues elaborados con diferentes hierbas. También usaban miel o leche, es decir poca leche...
Los griegos, más listos y pioneros en tantos adelantos, ya se dieron cuenta que las enfermedades nada tienen que ver con la mala suerte ni con los dioses, sino que era culpa más bien de la comida, del clima o de la ocupación del individuo, y aplicaron la razón. Hubo un griego del siglo V a.c. al que se le considera el padre de la medicina, Hipócrates. Éste buen hombre apenas concibió ningún adelanto para curar enfermedades, pero sí sentó las bases para el comportamiento del médico, que hasta entonces era considerado poco menos que un curandero. Él creó escuela y tuvo muchos seguidores, entre todos idearon el “Corpus Hipocraticum” un compendio de 32 libros que aun hoy se tiene muy en cuenta entre los médicos.
Los romanos, mas tarde, tuvieron a Galeno como figura tan principal que incluso su nombre se ha convertido hoy en día en sinónimo de médico. Las ideas de Galeno supusieron un gran avance para la medicina. Reconoció, ¡ya ves tú!, que las arterias contienen sangre y no aire, o que el corazón es el que impulsa la sangre. Hoy nos parece inverosímil estas cosas pero entonces no había medios ni se podía diseccionar personas, sólo animales, y no es lo mismo, claro...
Los romanos fueron los inventores de los hospitales, que como tantas cosas se debió a la guerra. Empezaron con tiendas de campaña para atender a los heridos y acabaron por fundar sanatorios. Por cierto, y mira si estaban adelantados que cada cinco años limpiaban a fondo las ciudades para evitar enfermedades infecciosas. Al intervalo entre estos cinco años le llamaron lustro, por lo de lustrar, ¡qué cosas!..
En la Edad Media hubo un retroceso en todo lo conseguido hasta entonces, y se volvió a la superstición o al pecado como causantes de las enfermedades. Por ejemplo, como la cirugía se consideraba algo despreciable y pecaminoso se quedó en manos de barberos, ¡Imaginen que carnicerías! Ya durante los primeros años del cristianismo y ante la falta de remedios que curaran de verdad se buscó a santos y beatos, que a base de milagros supliera los escasos medios con los que se contaban. Y así recurrieron a San Cosme y San Damián como patrones de la medicina; luego hubo otros como San Vito (¿Sabían que al pobre Vito lo quemaron a fuego lento por orden del emperador Diocleciano, por ser cristiano. Y lo el baile se debe a los saltos que pegaba "el pobre" cuando sus pies desnudos tocaba las brasas? o San Antonio, patrón de los epilépticos. En fin...
Los musulmanes también tuvieron sus médicos sabios, los persas  Rhazes o Avicena, éste último es el más conocido de todos. Además a ellos se debió el que las obras de Hipócrates o Galeno llegaran a occidente. Ellos las tradujeron al árabe y de aquí pasaron al latín. El español más importante de aquella lejana época fue, Miguel Servet, que descubrió la circulación de la sangre. Éste pobre hombre fue quemado en la hoguera, pero no por eso, sino por hereje; ya saben como se las gastaban entonces..
Y llegó el Siglo de las Luces (XVIII) y siguiente, con sus adelantos, y con él, el británico Dr. Jenner, que se dio cuenta que los granjeros que andaban con vacas no padecían viruelas, con lo que se puso manos a la obra y descubrió que muchos de estos animales las sufrían, pero mucho más benigna que la humana. Y se percató de que todas las personas que se rozaban con ellas acababan inmunizadas de esa terrible enfermedad; no tardó en fabricar su vacuna.. ¡Y mano de santo!, acabó con ésta lacra de por vida. Por cierto, la palabra vacuna viene de vaca, precisamente por esto.
El Dr. Jenner abrió el camino pero luego vinieron otros como... Pasteur y sus magníficos descubrimientos de vacunas contra muchas enfermedades infecciosas, o la manera de conservar alimentos como la leche. Acuérdense, "pasteurizar", los hermanos Pascual saben mucho e esto. También la humanidad le debemos lo impagable al Dr. Fleming, por su invento, (aunque fuera de casualidad), de la penicilina. Gracias a ella se han salvado millones de personas que adquirían el tétanos o se infectaban por cualquier tontería. Recuerden que los toreros le erigieron una estatua junto a la plaza de toros de “Las Ventas” en Madrid, porque gracias a la penicilina los toreros salen vivitos y coleando de muchas cornadas. Antes morían “como chinches” por culpa de las infecciones producidas por las heridas.
En fin, esta es la historia a grandes rasgos de la medicina. En 5000 años hemos pasado de los ungüentos y hechizos para mal curar a los enfermos a la manipulación del ADN, y con ello la entrada a un futuro muy prometedor; por lo menos en esta materia. No ha sido mucho tiempo si tenemos en cuenta que los humanos llevamos sobre la tierra más de 200.000 años. Bueno, ahora un bichito llamado Cononavirus nos está dando la fiesta, pero apuesto que tiene los días contados..
Buena salud... Por si acaso...

Joaquín


martes, 4 de septiembre de 2018

Pero, ¡Qué bruja eres!...






¿Qué es un Aquelarre?.. Pues como un botellón pero en la Edad Media...


Hablando de brujas y brujerías; se me ocurre ponerles al tanto de este, siempre, intrigante asunto. Confieso que algo he leído al respecto, y poco me cuesta hacerles un pequeño resumen con la intención, eso sí, de hacérselo ameno y puedan participar conmigo. Si alguna vez me ha interesado éste enigmático mundo ha sido más que nada por el puntazo de morbo y superstición que tiene; y es que todo lo que sale de madre me parece sumamente atractivo.
Pues miren que cosa, esa imagen que ronda por nuestra cabeza sobre las antiguas brujas, según la cual serian todas mujeres viejas, arrugadas, enlutadas, sin dientes y, tal vez con nariz aguileña y desproporcionada, no se ajusta con la realidad histórica. Resulta que éstas, antaño, hechiceras eran, precisamente, jóvenes lozanas y bellas, y gracias a sus atrayentes atributos fueron condenadas muchas; ¡su atractivo sexual era una muestra de su maldad! según autoridades eclesiásticas ¡Y es que la envidia es muy mala!...
Otra de las ideas que, imagino tenemos todos de aquellos misteriosos aquelarres que organizaban las brujas, en donde no faltaban sacrificios de niños, cópulas con animales, (sobre todo cabras animal muy recurrente para estos actos) o elaboración de pócimas humeantes y venenosas, parece ser nunca existieron, sino que sólo fueron inventos de las calenturientas mentes de los inquisidores.
Al principio del cristianismo la brujería no estaba muy penalizada y por tanto las brujas gozaban de cierta permisividad. Incluso, San Agustín, el más grande Padre de la Iglesia, decía que no le parecía mal que se invocara al demonio para ciertos hechos porque entendía que así la gente distinguiría perfectamente la, digamos parte positiva del asunto, al representarse al demonio como el mal, las tinieblas y la muerte, mientras que Dios era el bien, la luz y la vida. Pero hete aquí que vino un Papa, Inocencio VIII, allá por el siglo XV, que se le metió en la cabeza la idea de que las brujas podrían aprovechar estos aquelarres para provocar enfermedades, desastres naturales o plagas, y se desató en toda Europa una escalofriante persecución contra ellas.
Ya nada fue igual, fueron a por ellas y las persiguieron con saña allá donde estuvieran. Cuando se creó el Santo Tribunal de la Inquisición, aunque como imaginan de santo tenía poco, hubo personal del mismo encargados expresamente de perseguir y castigar a las brujas y allegados, ¡y para qué contarles lo que hicieron!...
Pues se lo voy a contar para que no se queden con las ganas: Cuando por alguna extraña razón alguna mujer (normalmente joven y bella) no se comportaba como se esperaba de ella, o se resistía a acceder a los perversos deseos de algún personaje importante de la comunidad, enseguida se la catalogaba como bruja o hechicera con la aviesa intención de hacer recaer sobre ella el desprecio de sus convecinos o directamente la venganza del frustrado pretendiente. Después se hacía correr de boca en boca la falsa acusación para que todo el pueblo la señalara como maligna, pérfida o bruja; e inmediatamente después intervenía las autoridades de la Inquisición. Éstos tíos serían con toda seguridad los más fanáticos, santurrones y envidiosos de la jerarquía.
Las torturas a las que eran sometidas estas pobres infelices eran tremebundas. Si no confesaban sus supuestos crímenes, el suplicio y tormento se tornaba insufrible. Desde arrancamiento de uñas, dislocación de miembros o quemadas a fuego lento, hasta el empalamiento por el trasero de objetos contundentes. Una vez que se declaraban culpables se paraba la tortura, y la desgraciada, dependiendo lo que declaraba, era o bien ejecutada en medio de la plaza del pueblo, normalmente quemada a fuego lento, o perdonada, aunque esto último no era muy habitual. Como pueden imaginar casi todas se declaraban culpables por no soportar el terrible tormento. Uno de los pocos que se atrevió a denunciar estas barbaridades fue, el jesuita padre Spee quien, convencido de la inocencia de las más de 200 reos y reas que acompañó a la hoguera, publicó anónimamente en 1631 un libro en el que afirmó que todos los canónigos, doctores, obispos o curas de la iglesia se confesarían hechiceros o brujos si fuesen sometidos a los mismos tormentos.
Según datos históricos, aunque no son del todo fiables, hasta final del siglo XVII que se terminó esa pesadilla, fueron ejecutadas en Europa entre 750.000 y 2.000.000 de mujeres. Como pueden comprobar la cosa no iba de broma.
Dicho queda...

                                                                              Joaquin Yerga
                                                                             



lunes, 3 de septiembre de 2018

Sueños y realidades..





¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo

deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño

es un estado de divinidad.

El que duerme es un Dios...

Despiertos vemos todos lo mismo:

vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,

las criaturas efímeras... dormidos

cada uno está en su mundo:

hermético, cerrado a ajenos ojos,

a ajenas almas; cada mente hila

su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

--Amado Nervo--



Subíamos los dos por Gran Vía dirección a Callao, era tarde y el día agonizaba. La hermosa avenida hervía de coches y transeúntes que iban y venían sin rumbo aparente. De vez en cuando debíamos rodear, para no tropezar con ellos, algún mendigo que dormía plácidamente entre cartones en mitad de la acera. 

Pasado el cruce con la calle Montera, justo en la Red de San Luis, contemplamos estupefactos a uno de esos mendigos tapado con mantas y cartones, y rodeado de tres carritos de la compra atestados de cachivaches inútiles. Con todos sus aperos, el tipo ocupaba más de media acera. Alucinados, todos contemplábamos la surrealista escena, yo el primero. Mi acompañante me miró y exclamó sorprendida:

--¿Cómo es posible, Joaquín, con las miles de personas que pasamos por aquí a diario y estos pobres durmiendo entre la multitud sin inmutarse?-- 

Sin dejar de posar la vista en aquel extraño panorama mientras saltábamos a la calzada para no pisarlo, le respondí..

--Ya lo ves, son gente que se sienten más seguras aquí que en cualquier rincón apartado. La mayoría son extranjeros y con problemas mentales. Por cierto, cada vez hay más mujeres--

--Entiendo que no tengan nada y estén en la calle, pero ¿En mitad de la acera y cargados con muebles viejos, colchones y demás trastos inútiles?---me dijo mostrando extrañeza--

--Bueno, los hay con el Síndrome de Diógenes, como éste---le dije señalándole al indigente que acabábamos de sortear---ésa manía que tienen algunos de acaparar cosas. Por cierto, ¿tú sabes quién fue Diógenes?---le pregunté--

--Algo he leído. Creo que era griego, ¿no?---quiso saber ella, respondiéndome con otra pregunta--

--Sí, y aunque te parezca mentira fue un importante filósofo de la antigüedad---le dije---una vez llegó al ágora (plaza pública) de Atenas con un farol en la mano a plena luz del día.. La gente, asombrada, le preguntaba; ¿Qué haces?, ¿Qué buscas?. Y el respondía: “busco a un hombre honesto”. Esto lo decía convencido de que no lo encontraría, pues según su parecer todos estaban degenerados por la civilización y el progreso--

Mientras andábamos le miré la cara y la vi muy interesada por lo que le contaba, así que volví a la carga:

--Y no te escandalices por lo que te diga---le advertí---pero Diógenes pretendía vivir como los animales en cuanto a posesión de bienes materiales, ropas y demás pertenencias, y como tal se comportaba; es decir, hacía sus necesidades en plena calle, se masturbaba si fuese menester delante de todos, o abogaba por el incesto como forma natural de relaciones sexuales--

--Ufffff qué guarro, ¿no?---me respondió mi amiga asqueada---pero, ¿qué tiene que ver éste tipo con lo de acumular cosas?---se extrañó--

--Pues sí tiene que ver---le repliqué---él mantenía una teoría de vida un tanto peculiar. Según su punto de vista tendríamos que vivir tal y como la naturaleza nos indica, o sea, nada de condicionamientos sociales ni lujos superfluos, sólo concedía importancia a la Ley Natural. Todo lo que no fuera natural lo criticaba con dureza: las vanidades, la abundancia, la familia, etc. etc. Insistía una y otra vez en que la verdadera riqueza del hombre está en su alma y no en su casa--

--Hombre, Joaquín, visto así, no tenía tan malas ideas, el tipo---me confesó mi amiga complaciente--

--Y además predicó con el ejemplo---le dije yo---rechazó su casa y comodidades y se dispuso a vivir en un tonel de por vida. Vagaba por las calles de Atenas intentando convencer a la gente de las bondades de sus teorías. Lo hacia desnudo y descalzo porque entendía que habría que hacerlo exactamente igual que los animales. Él pensaba que la civilización había llegado demasiado lejos en sofisticación y soberbia y se debería volver a vivir como en los albores de la creación. ¡Ya ves!, ¡si nos viera ahora!---concluí con sorna--

--Jajaja ¡Uy, si nos viera ahora, se moría del disgusto!---se carcajeó ella-- 

--Pues sí, pero, en el fondo, este hombre era un provocador---insistí---y, mira si era retorcido, que tenía la costumbre de entrar al teatro cuando había terminado la función y todo el mundo salía, porque así entorpecía dando codazos a los asistentes. En fin, ¡no me digas que no era un tipo curioso jajaja!---me reí con ganas---

Según llegamos a Callao, tan llena de gente que a duras penas podíamos abrirnos camino, aún vimos a un par de indigentes más, refugiados de la inclemencia del tiempo bajo cartones y mantas. La multitud los rodeaba y los miraba sin parar de andar como si fueran extraterrestres. Pero nosotros hacíamos lo mismo..

Joaquín

                                                                


                                                                 Camino de Callao
                                                                                     

                    Un mendigo pidiendo en Gran Via, pero en este caso sin colchones ni cartones










martes, 28 de agosto de 2018

¡Qué noche la de aquel día!




¡La Nochebuena! ¡Ah, la Nochebuena! Jamás celebraré yo la Nochebuena…
Y Enrique Templier decía esto con una voz tan furiosa como si le propusieran una infamia.
Los otros, riendo, exclamaban:
—¿Por qué te encolerizas así?
—Porque la Nochebuena me ha jugado la más abominable de las burlas. Porque guardo un invencible horror a esta noche de alegría imbécil.
—¿Qué fue?
—¿Qué? ¿Vosotros queréis saberlo? Pues escuchad. Aquel invierno era muy frío, tan frío que hacía morir a los pobres en las calles. Tenía yo entonces entre manos una obra urgente y rehusé todas las invitaciones que me fueron hechas para celebrar la Nochebuena, prefiriendo pasar la noche delante de mi mesa de trabajo. Comí solo y volví a mi tarea. Pero hacia las diez, el ruido de las calles, que a pesar de mis preocupaciones percibía, y los preparativos de cena que se advertían en la vecindad, me agitaron.
No sabía lo que hacía. Escribía cien disparates y comprendí que no haría cosa de provecho en aquella noche. Daba grandes paseos por mi cuarto; me sentaba, me levantaba; indudablemente sufría la misteriosa influencia de la alegría de fuera, y me resigné. Llamé a mi muchacha y le dije:
—Ángela, vaya usted a buscar cena para dos; ostras, una perdiz y cangrejos, jamón y pasteles. Traiga usted también dos botellas de champaña; ponga dos cubiertos y acuéstese usted.
Obedeció un poco sorprendida. Cuando todo estuvo preparado me puse el abrigo y salí.
Quedaba una gran cuestión que resolver. ¿Con quién celebraría mi Nochebuena? Mis amigos estarían todos invitados. Para contar con uno hubiera sido necesario comprometerle anticipadamente. Entonces pensé en realizar una buena acción al mismo tiempo que me procuraba compañía. Y me dije: “París está lleno de hermosas y pobres jóvenes que no tienen cena esta noche y que andan errantes en busca de un muchacho generoso. Yo seré la Providencia de Navidad para una de esas desheredadas. Voy a corretear un poco por las calles, entraré en los lugares del placer, preguntaré, ojearé y escogeré a mi gusto”.
Y empecé a recorrer la ciudad. Desde luego, encontré gran número de muchachas infelices que buscaban aventura, pero unas eran feas hasta proporcionar una indigestión, y otras tan delgadas que podían quebrarse por los pies si se tropezaban. Yo soy débil, ya lo sabéis. Adoro a las mujeres llenitas. Cuanto más metidas en carnes, más me gustan. De pronto, cerca del teatro de Variedades, descubro un perfil que me agrada. Una cabeza hermosa y dos curvas atractivas: la del pecho, muy bella; la de más abajo, sorprendente. Una barriga de pato gordo. Me quedaba un punto que esclarecer: el rostro. El rostro es el postre; y el resto, el asado. Apreté el paso. Era encantadora, muy joven, morena y con grandes ojos negros. Le hice mi proposición, que aceptó sin vacilar. Un cuarto de hora después estábamos sentados a la mesa en el comedor de mi casa.
Al entrar exclamó:
—¡Ah, qué bien se está aquí!
Y miraba alrededor con la satisfacción visible de haber encontrado habitación y mesa en aquella noche glacial.
Era una mujer arrogante y gruesa. Se quitó el abrigo y el sombrero. Se sentó y se puso a comer; pero no parecía del todo bien dispuesta. De cuando en cuando, su cara, un poco pálida, se alteraba como si sufriese un dolor oculto. Le pregunté:
—¿Tienes algún disgusto?, ¿te pasa algo?
Me contestó:
—¡Bah! Olvidémonos de todo.
Empezó a beber. Vaciaba de un sorbo su vaso de champaña y lo llenaba sin cesar. Bien pronto empezó a ponerse encarnada y a reír locamente. Yo la adoraba ya. La besaba apasionadamente y descubrí que no era vulgar ni grosera.
En fin: llegó el momento de acostarse, y mientras yo levantaba la mesa colocada delante de la chimenea, ella se desnudó vivamente y se deslizó entre las sábanas. Mis vecinos hacían un ruido infernal, riendo y cantando como locos, y yo pensaba: “He hecho bien en ir a buscar a esta hermosa muchacha. No habría sido posible trabajar de ningún modo”.
Un quejido profundo me hizo volver la cabeza.
—¿Qué tienes, querida?
No respondió, pero siguió suspirando dolorosamente, como si sufriera de una manera horrible.
—¿Estás indispuesta? —le pregunté.
Entonces lanzó un grito, un grito espantoso. Me precipité hacia ella con una bujía en la mano. Su fisonomía estaba descompuesta por el dolor. Se retorcía las manos y salían de su garganta gemidos sordos como el estertor de un agonizante. Aturdido, yo le preguntaba:
—¿Qué tienes?
No respondía y comenzó a dar alaridos. De pronto, las vecinas callaron y se pusieron a escuchar lo que pasaba en mi habitación.
—¿Qué tienes? Dímelo —repetía yo—. ¿Qué te duele?
Entonces balbuceó:
—¡Oh, mi vientre, mi vientre!
Levanté sus ropas y vi…
Aquella mujer, amigos míos ¡estaba dando a luz!
Entonces, con la cabeza perdida, fui hacia la pared de mi cuarto y empecé a dar puñetazos gritando con todas mis fuerzas:
—¡Socorro, socorro!
La puerta se abrió y se precipitó en mi cuarto una multitud de hombres vestidos de frac, mujeres escotadas, pierrots, turcos, mosqueteros. Esta invasión me enloquecía de tal modo que no acertaba a encontrar una explicación. Temían un accidente grave, un crimen, quizá, y no me comprendían. Yo pude decir al fin:
—Es… es que está dando a luz.
Entonces todos la examinaron, dando cada uno su opinión. Un capuchino, sobre todo, pretendía ser inteligente en el asunto y quería ayudar a la Naturaleza. Todos estaban más o menos borrachos y creo que la hubieran matado. Yo me precipité sin sombrero por la escalera para buscar un médico viejo que vivía cerca. Cuando volví con el médico, los vecinos de todos los pisos ocupaban mi habitación. Cuatro desahogados, sentados a la mesa, concluían con mis cangrejos y mi champaña.
A mi llegada, oí un grito formidable y una lechera me presentó sobre una tabla un pedazo de carne, arrugada y doblada, que gemía y maullaba como un gato.
—Es una niña —me dijo.
El médico examinó a la recién parida, declarando que su estado era grave por haber sucedido el parto después de una cena, y se fue, anunciándome que mandaría a una enfermera y una nodriza. Las dos mujeres llegaron una hora después, trayendo un paquete de medicamentos. Yo pasé la noche en una butaca, demasiado aturdido para poder reflexionar sobre las consecuencias del lance.
Volvió el médico por la mañana y halló bastante mal a la enferma.
—Su mujer de usted —me dijo.
—No es mi mujer —le interrumpí.
—O su querida, poco me importa —y siguió enumerando los cuidados, los medicamentos y el régimen que necesitaba.
¿Qué hacer? Enviar a esa desgraciada al hospital hubiera significado aparecer a los ojos de toda la vecindad, del barrio entero, como un desalmado. La retuve en mi casa y estuvo seis semanas enferma en mi misma cama.
¿El niño? Lo di a criar en un pueblo cercano. Me cuesta cincuenta pesetas al mes y, habiendo pagado hasta hoy, me veo obligado a pagar hasta que me muera. Cuando tenga criterio para comprender, supondrá que soy su padre.
Y para colmo de desdichas, cuando estuvo curada…, me quería, me quería con delirio la muy…
Pero se puso delgada como un gato hambriento. Y me paso el día huyendo de la maldita, que parece un esqueleto, y me aguarda en las calles, se esconde para verme pasar, me detiene de noche cuando salgo, para besarme la mano, me aburre y me vuelve loco.
Ya sabéis por qué no celebraré nunca la Nochebuena.
Fin
(Guy de Maupassant)

Nota sobre el autor:
No se alarmen, es verdad que el cuento es un poco duro para las entendederas de hoy en día, pero tengan en cuenta que se escribió hace ya ciento cincuenta años, y entonces es lo que había.
A Enrique, el protagonista del cuento, le salió el tiro por la culata y por culpa de una mala noche se le fastidió la vida. Él, que sólo buscaba pasar una noche loca en compañía de alguna mujer gordita, (ya nos advirtió su preferencias por las rellenitas) mira por donde fue a encontrar una a punto de parir. Imagino que se le dio una situación poco habitual pero perfectamente posible entonces, en donde ésas pobres mujeres de “dudosa vida” se ganaban el sustento exponiendo y vendiendo sus cuerpos y salud al mejor postor apurando tiempo y momentos para no dejar de ganar.
De todas maneras debemos reconocer las buenas maneras de Enrique, así como su educación, pues desde un principio podía haber dicho la verdad y eximirse del mal trago, aunque quizás más que educación, que también, fue “el qué dirán” muy extendido en aquellos tiempos, lo que hizo que tragara con el asunto.
Hoy en día la posibilidad de que vivamos una situación así es muy remota, pues cualquier mujer, prostituta o no, está mucho más protegida y enseguida los servicios sociales se harían cargo de ella y del niño. También, pocos hombres, que requiriesen los servicios de alguna fulana iban a apechugar tan fácilmente con madre e hijo sin comerlo ni beberlo, salvo situación desesperada; afortunadamente ya no intimida tanto “el qué dirán” además tenemos las infalibles pruebas del ADN que nos asegurarían que el niño no es nuestro.
Lamentablemente el mundo de la prostitución ha existido siempre y existirá por más leyes restrictivas que hagan al respecto. Ahora se pretende castigar a los clientes y proteger a las putas; de lo segundo estoy de acuerdo, de lo primero tengo mis dudas razonables de que sea efectivo. Y es que soy de los que piensan, aunque sea una barbaridad decirlo, que el oficio tiene que existir mientras algún hombre tenga necesidad de sexo razonable y alguna mujer necesite ganar un dinero fácil. Eso sí, todo por mutuo acuerdo, sin coacción de ningún tipo y bajo aceptables medidas higiénicas. No olviden lo que se dice de la prostitución: “que es el oficio más viejo del mundo”
Por cierto, el autor del relato es el francés Guy de Maupassant. Ya he expuesto algún cuento más de él y he comentado algo sobre su tarambana vida. Este cuento de hoy lo tituló “La Nochebuena”, y ya saben el porqué.
Dicho queda…

                                                                                  Joaquin Yerga
                                                                                    29/08/2018