miércoles, 18 de julio de 2018

No aprendemos...





Un apaciguador es alguien que espera que el cocodrilo se coma a otro antes que a él.
Churchill



No sé a vosotros pero a mí me cuesta horrores sobrellevar la política de apaciguamiento que pretenden iniciar algunos políticos con los nacionalistas. Está claro que no escarmentamos, porque si llevan cuarenta años machacándonos con reivindicaciones permanentes y deslealtades a tutiplén y son insaciables pues su meta absoluta es la independencia, ¿cómo no caemos del burro y dejamos ya de hacerles el caldo gordo de concederles todo lo que piden?
El asunto de los mini-nacionalismos patrios es un tema que me solivianta especialmente. Estos tíos, (catalanes y vascos) los más ricos del país, racistas sin complejos, pues están consiguiendo con su presión legislativa la limpieza cultural y étnica de sus territorios (poco a poco los castellano-hablantes, o entran por el aro o se largan) además son los niños bonitos pues el resto de políticos españoles se pliegan ante ellos.
Quiero pensar que todo ese posible pacto con ellos en el que se incluye un nuevo estatuto se hace pensando en arreglar el asunto y no como parte del pago que se les hace por prestarle apoyo parlamentario, pero aunque así fuera me parece una solemne tontería de corto recorrido pues no van a tardar en pedir más. A mí, imagino que a muchos también, me causa cuanto menos desasosiego que siempre andemos igual de supeditados a ellos. Siendo una exigua minoría en el total del país, apenas suponen un 8% del total de la población, y sin embargo nos traen por la calle de la amargura, y todo por culpa de nuestros lamentables políticos de todos los colores que con tal de gobernar son capaces de cualquier cosa, incluso de lo peor.
Porque no me digan, si todos tuviésemos claro que lo más importante es nuestra unidad e igualdad entre todos los españoles porque es la única manera de subsistir como país, no tendríamos que soportar las ofensas, menosprecios, insultos o agravios con que nos obsequian estos tipos día sí y otro también. Pero voy más lejos, si tuviésemos claro esto, ya podrían los nacionalistas “hacer el pino” pidiendo y protestando, que no conseguirían absolutamente nada, pero amigo, los españoles somos así de, digamos, torpes, por decirlo de manera suave, y de ello se aprovechan ellos que siendo unos cuantos se lo llevan todo, y encima se permiten el lujo de dividirnos.
¿Cuándo dejaremos de lado intereses partidistas y miraremos a largo plazo el interés común? ¿Cuándo tendremos claro esas líneas rojas que nunca debemos traspasar? Porque si después de décadas dándole de todo no hemos logrado apaciguarlos, sino todo lo contrario, es que no hemos aprendido nada y volveremos a tropezar una y otra vez en la misma piedra nacionalista de siempre.
No se puede ofender más de lo que nos han ofendido, han organizado un referéndum sin contar con nadie y saltándose todas nuestras leyes, han hablado mal de España en el resto del mundo, regalando para ello millones de euros a medios periodísticos, nos han acusado de robarles y de mil cosas más, y ahora vamos nosotros y pretendemos apaciguarlos regalándoles más todavía, en fin… lo dicho, no aprendemos…
¿Tan difícil es que cada partido político predique y ponga en práctica sus ideas, (todas respetables) en cuanto a economía y sociedad, sin tener que tocar la unidad del país y respetando como hace cualquier nación seria su integridad territorial? Porque no duden que si algún día permitimos a la gente cualquier votación sobre éste asunto sería el inicio de nuestra autodestrucción...Ya la hemos empezado, me temo..
Dicho queda…
                                                                             Joaquín Yerga
                                                                              19/07/2018

jueves, 12 de julio de 2018

Eternamente tuyo...




¡Buenas noches, amor mio,
buenas noches! Yo quedo en las tinieblas
y tú volaste hacia el amanecer...
¡Hasta mañana, amor, hasta mañana!
Porque, aun cuando el destino
acumulara lustro sobre lustro
de mi prisión de por vida, son fugaces
esos lustros; sucédense los días
como rosarios, cuyas cuentas magnas
son los domingos...
Son los domingos, en que, con mis flores
voy invariablemente al cementerio
donde yacen tus formas adoradas.
¿Cuántos ramos de flores
he llevado a la tumba? No lo sé
¿Cuántos he de llevar? Tal vez ya pocos
¡Tal vez ya pocos! ¡Oh, que perspectiva
deliciosa!
¡Quizás el carcelero
se acerca con sus llaves resonantes
a abrir mi calabozo para siempre!
¿Es por ventura el eco de sus pasos
el que se oye, a través de la ventana,
avanzar por los quietos corredores?
¡Buenas noches,amor de mis amores!
Hasta luego, tal vez..., o hasta mañana.

(Amado Nervo)




Después de la muerte de Jesucristo, crucificado, a las nueve en punto de la mañana, fueron los apóstoles los que siguieron sus ideas y las distribuyeron por todo el imperio romano pero.. los apóstoles no sólo fueron los doce que todos creemos, ¡Qué va! fueron muchos más...
Hay datos fiables según los cuales al menos setenta y dos discípulos de Jesús le precedían cada vez que entraba en alguna ciudad. Un día antes de que Jesús entrara en la población elegida, estos incondicionales preparaban los lugares donde de iba a impartir sus charlas y predicas. Por cierto, se presentaban siempre descalzos. Y no solo eso, una multitud de entregados seguidores, hombres y mujeres, seguían a Jesús de sitio en sitio allá donde iba.
Entre los primeros apóstoles que reclutó Jesús después de verse con Juan “El Bautista” y hacerse bautizar por éste, estaban: Andrés un pescador que había seguido antes a Juan y Pedro, un tipo impulsivo, generoso y tímido hasta la vileza, según algunos textos. También se añadieron al grupo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, pescadores todos, y Mateo, éste funcionario y, pásmense, resulta que el odiado Judas Iscariote, (el traidor) que también se apuntó entonces, era el encargado de administrar los escasos fondos de la pequeña comunidad ¡Ya ven, la zorra al cuidado del gallinero!., una especie de Luis Bárcenas de la época.
Después de muerto Jesús, los dos mandamases de todo éste cotarro, por decirlo de manera gruesa, eran Pedro y Pablo (casi igual que ahora en la política). De Pedro ya sabemos que era el preferido de Jesús, y Pablo fue un burgués judío que perseguía con saña a los primeros cristianos pero ¡Claro! hasta que cayó el caballo, se dio un golpe en la cabeza del que estuvo tres días inconsciente y durante el cual se le apareció Cristo... y se convirtió.
Pablo, muy arrepentido de todo lo que había hecho hasta entonces se trasladó a Jerusalén a hacerse perdonar por Pedro. Éste le perdonó y se hicieron amigos, diseñando ambos la manera de convertir a más fieles, es decir, pusieron la primera piedra de lo que seria después la enorme empresa del Cristianismo.
Permítanme un par de curiosidades: en ésta futura gran multinacional que fue el Cristianismo, el director ejecutivo fue sin duda Pablo, que desde un principio lo tuvo muy claro y pensó evangelizar a todo el mundo y no sólo a judíos como pretendía Pedro; para eso admitió en la nueva fe a tipos que no estaban circuncidados (solo los judíos lo estaban) Acuérdense, la circuncisión consiste en liberar al glande (la cabeza del pene) de la telilla que le impide mostrarse tal cual es de frondoso ¡Vaya manera de explicar el asunto, perdónenme!.
Otra curiosidad de ambos: cuando Pedro fue detenido en Roma junto a otros cristianos por los secuaces de Nerón a propósito del incendio de la ciudad, pidió ser crucificado boca abajo, como respeto y consideración a Jesucristo, que lo hizo en nombre de todos los pecadores de la tierra; parece ser que le fue concedida esta petición. Sin embargo, Pablo fue decapitado pues al ser ciudadano del imperio tenia derecho de súplica; había nacido en Tarso (Siría) que era parte del Imperio romano. ¡Menudo "chollo" los que tenían el privilegio de ser ciudadanos romanos, sólo le cortaban la cabeza de un tajo!.. Al resto crucifixión...
Los primeros cristianos se reunían en secreto. Las mujeres también participaban en el culto aunque con la cabeza cubierta para ocultar los cabellos. El sacerdote bendecía el pan (igual que ahora) y la ceremonia concluía con el beso de amor y fraternidad entre todos. Algunos debieron entenderlo mal porque pronto se determinó que los besos se dieran de hombre a hombre y de mujer a mujer, y con la boca cerrada para evitar malos entendidos ¡Qué harían algunos! ¡Igual aprovechaban y sacaban la lengua!..En fin, ahora somos más prudentes sólo no damos las manos.
En las primeras comunidades cristianas el aborto estaba prohibido (en Roma era muy habitual el aborto) y el divorcio permitido solo si la mujer lo solicitaba (en eso estaban muy adelantados). En el tema de la homosexualidad ha cambiado poco el cuento, tampoco la permitían. Eso sí, todos los cristianos estaban obligados a recoger a los niños abandonados, adoptarlos y darle una buena educación cristiana.
Para terminar con estas curiosidades que, seguro no conocían, en aquella lejana y primeriza época sólo se administraban dos sacramentos: el bautismo, que se hacía cuando el individuo ya era mayor (esto lo hacen ahora los Testigos de Jehová) y la confirmación. En la muerte, el finado ya no era cosa de la familia, sino que era la comunidad la encargada de hacerle un buen funeral y enterrarlo en tumbas excavadas en paredes haciendo galerías, es decir, lo que todos conocemos por catacumbas.
Espero que les haya servido de algo..




cosasdejoaquinyerga@blogspot.com

Historias de fantasmas





Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
(Héctor A.Faciolince)


Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente lo hacía, y recorrió la habitación de un extremo a otro.
Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: «¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:
-Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del Coronel White. El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad y la ingenuidad en persona.
Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada de modo que la familia se componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie de gobernanta, no obstante las jóvenes estaban fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto… leyó…, cantó…, bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.
Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.
Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta delicada criatura.
Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena que se servía a las nueve en punto.
La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar.
Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz de esta pequeña familia.
Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando. Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: «¿No ven -exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada…, la figura… que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí… ¿no la ven?»
Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.
Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias algunas, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban, empezó a gritar: «¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de mí!»
Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un desconocido principio espiritual.
La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rió mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y se trataba de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.
¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños. La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba, según costumbre cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.
El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca… ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: «¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela: «¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?… ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» «¡Oh, Dios…! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca… y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó… y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.
La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El Coronel se rehízo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.
La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió. Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más penoso?
El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campana de guerra. Murió en la batalla victoriosa de W… Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para consultar con nuestro buen R… acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta. ¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!
Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó: «¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!» «No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.»
(E.T.A. Hoffmann)


Breve pincelada sobre el autor: 
Hoffmann, además de un músico excelente, buen dibujante y jurista, fue un alemán precursor de los cuentos cortos de terror. Escribió muchos y muy buenos que fueron el origen, por otra parte, de lo que otros escritores más tarde idearon. Hoffmann le tenia tal aprecio a Mozart que cambió su nombre de Ernst Theodor Wilhelm por el de Amadeus en honor al célebre compositor austríaco.
Como músico fue incluso admirado por Beethoven e imitado por Schumann y Richard Wagner, nada menos. El gran compositor Offenbach compuso una opera basada en sus relatos y la tituló, “Los cuentos de Hoffmann”, en 1880. Pero su fama le llegó más como escritor que como admirado autor de otras disciplinas.
La literatura creada por Hoffmann influyó poderosamente en Edgar Allan Poe, o en Gautier, incluso en Kafka. Un compatriota contemporáneo suyo, Heine, llegó a decir de su obra: “Sus cuentos son lo más extraordinario de nuestros tiempos. Todos llevan el sello de lo asombroso. En “Los elixires del Diablo”, se contienen las cosas mas terribles y espantosas que pueda imaginar el espíritu humano. En Gotinga un estudiante se volvió loco tras leer esta novela”
Disfruten de: Historia de fantasmas.
Joaquín


                                                        
                                                            

miércoles, 11 de julio de 2018

A todos los bautizados en Fuente de Cantos...

                                                                        


Conoceréis la verdad, y ésta os hará libre.

--Jesucristo--


Tenía treinta años e iba casi desnudo. Sólo sus largos cabellos tapaban parcialmente sus partes pudendas. 

El tipo se pasaba todo el santo día en la ribera del río Jordán llamando la atención a todo el que pasaba por allí e invitándole a recibir el bautismo de agua porque, según él, sólo así sus pecados les serían perdonados. 

Juan era su nombre de pila y le apodaban “El Bautista". Y digo yo que alguna charla más, y muy convincente, les daría a los transeúntes y viajeros que pasaban por allí, puesto que el mismísimo Jesús se dejó seducir por él, claro que eran primos..

El reyezuelo que gobernaba aquella región era un tal Herodes, un pájaro que había repudiado a su mujer legítima y casado con la bella Herodías, esposa divorciada de su hermano. Éste hecho fue muy criticado por la población, puesto que la ley judía prohibía a la mujer divorciada volver a casarse. 

El que más se cabreó con Herodes fue precisamente Juan, con lo que aquel, enfurecido y para evitar sus criticas, lo metió en la cárcel. Y entran en escena la guapa Herodías y su hija Salomé, una bellísima jovenzuela de la que Herodes, a pesar de ser su padrastro, estaba prendado.

Un día organizaron un fiestón de los de no te menees y Salomé, como estrella invitada del cotarro, mostró al respetable sus dotes de cautivadora bailarina. Lo hizo tan maravillosamente bien que su padrastro, Herodes, entusiasmado con la chica, le prometió concederle todo lo que le pidiera..

¿Y saben lo que pidió la niña? Pues nada menos que la cabeza de Juan. Por supuesto detrás de ésa petición estaban los deseos de su madre que temía que éste soliviantara al pueblo en contra de ella, ¡¡Con lo bien que se está de reina!!, pensaría, exactamente igual que los políticos de ahora..

Como lo prometido es deuda, su padrastro, Herodes, ordenó ejecutar al bueno de Juan, y con las mismas cortar su cabeza y servírsela en bandeja de plata a su amantísima esposa. Y colorín colorado...

Dicen que muchos de los seguidores de Jesús lo fueron antes de Juan. Incluso algunos se aventuran a decir que Jesucristo fue realmente un discípulo suyo.. En fin..

Y hablando de bautismos, baptisterios y pilas bautismales, tenemos un baptisterio de postín en Fuente de Cantos. 

Sí, nuestro baptisterio está situado a los pies de la nave principal de la parroquia. Preside su pequeña capilla un cuadro confeccionado de azulejos que representa al bautismo de Jesucristo por Juan el Bautista, además de los restos de una sillería de madera noble, y dos puertas, una de subida a la torre, y otra de salida a la calle, y en mitad de todo nuestra magnifica Pila Bautismal..

La pila de bautismo, donde nos hemos bautizado todos los fuentecanteños de más de 50 años. es la joya de la corona parroquial. Ya estaba ahí antes de erigirse la iglesia que tenemos ahora, y ahí se bautizó Zurbarán..

La pila, de estilo plateresco y del siglo XVI, ha recorrido un par de veces el pueblo. En el siglo XVIII estuvo durante doce años en la ermita de la Hermosa, mientras hacían la nueva parroquia, con lo que la gente se bautizaban allí, y en el año 1840 en el convento del Carmen, por haber ocupado unos militares la Parroquia..

Todos los fuentecanteños teníamos antaño una cosa en común, de bebés, todos, absolutamente todos metimos la cabeza en esa pila. Ahora ya no, ya pocos se bautizan..

Joaquín

                                                                           

                                                     nuestra preciosa Pila Bautismal

                                                                           

                                                         calle de la Hermosa

                                                                            

                                                                       calle Llerena

                                                                            

                                          calle Nicolás Megía (el colegio a la izda.)

                                                                              

                                                                        calle Llerena

                                                                               

                                                       plazoleta de la Hermosa



martes, 10 de julio de 2018

La corte de los milagros

                                                                                     

Cuando al emperador Nerón le mostraron el cuerpo inerte y desnudo de su madre, Agripina (tenía esta 43 años) al verla así, empelotas, exclamó.. ¡Toma!, ¡Nunca me había dado cuenta de que tenia una mamá tan hermosa!

Nerón, antes de ordenar asesinar al amante de su madre, Aulio Placio, obligó a éste a hacerle una felación, y luego exclamó: ¡que venga ahora mi madre y bese a mi sucesor!  Y es que andaba un poco mosca, temía que su madre, que era quien realmente mandaba, impusiera a Aulio como emperador y lo desalojara a él.

Agripina era hermana de Calígula y cuando éste fue nombrado emperador gozó, como no podía ser de otra manera, de los favores de la corte, por ejemplo, ella y sus dos hermanas Drusila y Julia, a pesar de estar casadas, todas fornicaban con su hermano, además de con otros..

Aunque Nerón (un jovenzuelo guapo, rubito con el pelo ensortijado) no tuvo malos principios (lo hicieron emperador con tan solo 13 años), luego se convirtió en monstruo. Nerón y su madre hacían lo que les daba en gana en la corte, y se acostaban con quienes se les antojaban. Incluso, según escribe el historiador Suetonío, los dos, madre e hijo, llegaron a hacer el amor... Así estaba el patio

A Nerón lo tuvieron que matar porque estaba ya como una cabra. Un criado tuvo que clavarle un cuchillo en la carótida porque era incapaz, por cobardía, de suicidarse, cuando tropas enemigas lo tenían rodeado. Sólo tenia 30 años, el angelito..

Joaquín





                                                                            

lunes, 9 de julio de 2018

El sexto sentido





No son las cosas reales las que nos asustan, sino lo que imaginamos de ellas.

No es mi intención asustar a nadie. Créanme, sólo pretendo aliviar mi ánimo. Es más, necesito contar lo que pasó porque, seguramente, haciéndoles participes de los hechos se diluya mi congoja y se me aquiete el alma. Ustedes juzgarán cuando lean mi historia. Pero no se la tomen a la ligera, por favor; de alguna manera, para bien o para mal,  ha marcado mi vida.. Todo empezó una oscura tarde de otoño..
Os aseguro que había bajado cientos de veces a mi garaje y jamás vi nada parecido a lo de aquel día. Sepan que hace la friolera de veinte años que lo utilizo para meter mi pequeño coche, con lo que no pueden pensar, siquiera, que aquello fue debido a la novedad de un primer día. Y les prometo por lo que más quiero en este mundo que iba tan sobrio como nunca antes lo había estado.
Es verdad que era ya tarde cuando decidí ir a Madrid aquel día. Soy de Fuente de Cantos, pero vivo en una ciudad de esas que llaman dormitorios que circundan la capital. Los sábados aprovechamos un par de viejos amigos y yo nos vamos a cenar al centro. Es una costumbre de muchos años atrás, de cuando solteros.. Después solemos acabar la velada en algún cine viendo alguna película de estreno o en un bar de moda tomando unas copas hasta altas horas de la madrugada..
Fue el otoño pasado y, a pesar de que no serian más de las siete y media de la tarde, había ya oscurecido cuando bajé al aparcamiento y abrí el coche. He de reconocer sus escasas dimensiones; apenas ocho o diez vehículos y no muy grandes caben en él.
Predispuesto a pasar una noche agradable y tan ajeno a lo que vino después estaba, que ya tenia ajustado el cinturón de seguridad y accionado la llave de arranque, cuando... 
De repente se apagaron las luces y el garaje se queda a oscuras.. Apenas una tenue luz natural procedente de una desvencijada ventana que daba a un callejón lateral era mi única guía. Juro que estaba tranquilo y perfectamente lúcido hasta el momento en que, al intentar mover el coche y entre un inquietante juegos de sombras, la vi!!...¡Sí, la vi!. ¡Os juro que allí estaba!..
Tendida en el suelo, justo delante de las ruedas delanteras de mi coche, contemplé, estupefacto, el cuerpo menudo de una niña. Incluso os puedo describir la terrible mueca de dolor en su pequeño rostro. No tardé ni dos segundos aún conmocionado como estaba por la inesperada visión en abrir la puerta y salir del auto a toda prisa con la intención de auxiliarla, pero...
Nada más pisar con mis zapatos las sucias baldosas del aparcamiento volvió la luz de golpe; cegadora, inmisericorde, y la escueta estancia se iluminó de repente. Me restregué con fuerza los ojos deslumbrados y aturdidos todavía por la impresión y me dirigí a donde estaba el cuerpo de la niña pero... ¡no hizo falta avanzar demasiado! ¡Miré con premura, y allí no había nada! ¡Había desaparecido!.¡Dios mio!..
Recuerdo la incredulidad de mi ánimo; aunque no niego la alegría que me invadió de súbito pues, estarán conmigo que mejor quedar como un iluso visionario que contemplar realmente el cadáver de una niña tirada en el suelo...
Haciéndome mil preguntas acerca de mi salud mental volví a entrar en el coche, quité el freno de mano y salí desconcertado y a toda pastilla del garaje. Ni tan siquiera pensaba contarle a mis amigos el incidente, se reirían de mi o me tildarían de loco o borracho; aunque ya dije antes que no había probado ni una gota de alcohol.
A medida que me acercaba a Madrid y a pocos kilómetros ya de la Castellana noté una rara afluencia de coches, poco habitual para esas horas de la tarde. Incluso llegó a formarse una gran retención. Después de unos largos y tediosos minutos de espera, poco a poco fuimos avanzando hasta llegar al lugar que parecía ser el que había generado el atasco. ¡Un accidente de trafico!...¡Vaya tarde!-- me lamenté en silencio..
Según llego a la altura de los coches accidentados y empujado por esa curiosidad insana que a menudo sufrimos los humanos, vi a través de la ventanilla algo inaudito: rodeado por coches de policías y ambulancias yacía en el arcén de la autopista el cuerpo sin vida de una niña semi-cubierta por el plástico amarillo que suelen colocar a los cadáveres después de una repentina muerte. No vi su rostro, preferí no hacerlo, pero sí a unas cuantas personas, posiblemente sus padres, desconsoladas dando gritos de horror y desesperación, sujetas y abrazadas fuertemente por voluntarios de Protección Civil...
Imaginen mi conmoción; enseguida vinculé los sucesos del garaje con los de la carretera. Pero no quise saber nada más del terrible accidente aquel. Me negué incluso a ver los telediarios por unos días. Era tal la congoja que sentí durante un largo tiempo que apenas utilizaba el coche para no bajar al garaje. No obstante..
Poco a poco se me fue pasando la angustia y al final me convencí de que todo fue consecuencia de una pura coincidencia; la tétrica visión del cuerpo de la niña, quizás producto del juego de sombras en un viejo garaje; y el accidente, muy real, pero que sucede por desgracia demasiado a menudo; los dos hechos se confabularon para hacerme, casi, enloquecer aquel día.
A fuerza del paso de los días he vuelto a ser el mismo de siempre.. Sólo que hace unos días, siete meses después de los macabros sucesos que os he relatado he vuelto a bajar al garaje.. ¡Y se ha vuelto a ir la luz!... ¡Y he vuelto a ver la niña...!! Apenas he titubeado, he salido corriendo a pie del garaje y no he vuelto a coger el coche... me niego en redondo a ver los telediarios.
¡Os juro que no he probado ni una gota de alcohol!...

                                                                             Joaquín 

domingo, 8 de julio de 2018

La araña





Cuando el estudiante de medicina Ricardo Montes decidió ocupar la habitación número 7 del pequeño Hotel Central, en esa estancia se habían colgado tres personas del crucero de la ventana en tres viernes consecutivos. 
La primera fue un viajante de comercio catalán. Se encontró su cadáver el sábado por la noche; el médico constató que la muerte tuvo que haberse producido entre las cinco y las seis de la tarde del viernes. 
El cuerpo del infortunado colgaba de un fuerte gancho clavado en el crucero de la ventana, que servía para colgar ropa. La ventana estaba cerrada, el muerto había empleado como soga el cordón de la cortina. Como la ventana estaba muy baja, las rodillas casi rozaban el suelo; el suicida, por lo tanto, tuvo que emplear una gran energía para lograr sus intenciones. Además, se averiguó que estaba casado y era padre de cuatro niños, que se encontraba en una posición desahogada y que casi siempre tenía un ánimo alegre. No se encontró ningún escrito que se refiriera al suicidio y aún menos un testamento; tampoco había comunicado nada a ningún amigo o conocido que hiciese sospechar ese desenlace. 
El segundo caso no fue muy diferente. El artista Carlos Closa, transformista contratado en el circo Médrano, ocupó la habitación número 7 dos días después. Cuando al viernes siguiente no apareció en la representación, el director envió a un asistente al hotel; dicho asistente encontró al artista en la habitación, que no estaba cerrada, colgado del crucero de la ventana, y además en las mismas circunstancias. 
Este suicidio no pareció menos enigmático; el apreciado artista ganaba un salario elevado y, a sus veinticinco años de edad, gozaba plenamente de la vida. Aquí tampoco se encontró ningún documento escrito, ni ninguna alusión al hecho. La única familia del finado era una madre anciana a la que su hijo enviaba puntualmente, el primero de cada mes, trescientos marcos para su sustento. 
Para la señora Isabel, la propietaria de ese pequeño y económico hotel, cuya clientela solía constar casi exclusivamente de personas empleadas en los teatros de variedades del centro, esa segunda muerte tan extraña, en la misma habitación, tuvo consecuencias desagradables. Algunos de sus huéspedes se habían mudado ya, otros clientes regulares dejaron de ir. Así que se dirigió al comisario del distrito centro, al que conocía personalmente, y que le prometió hacer todo lo posible por ella. Por lo tanto, el comisario no sólo impulsó con especial vigor la investigación de los motivos de los suicidios de los dos huéspedes, sino que además puso a su disposición a un agente que ocupó la enigmática habitación. 
Era el agente de policía Florencio Vázquez, que se había presentado voluntario. Este sargento, un veterano con once años de servicio, parecía indicado para enfrentarse a los «fantasmas» de los que se hablaba en el barrio. Ocupó la habitación ese mismo domingo por la noche y se acostó satisfecho, después de haber saboreado la generosa oferta culinaria de la digna señora Isabel. Vázquez se presentaba brevemente, por la mañana y por la tarde, en la comisaría de policía para dar su informe. 
En los primeros días ese informe se limitó a declarar que no había advertido lo más mínimo. Pero el miércoles por la tarde pareció haber encontrado una pista. Instigado a que dijera más, pidió poder callárselo provisionalmente; no tenía ni idea de si lo que creía haber descubierto realmente estaba en relación con la muerte de las otras dos personas. Y temía mucho equivocarse y que después se rieran de él. 
El jueves mostró un aspecto algo más inseguro y también más serio; pero tampoco tenía nada que decir. El viernes por la mañana estaba considerablemente agitado; dijo, medio en broma medio en serio, que esa ventana ejercía, en cualquier caso, una extraña fuerza de atracción. No obstante, insistió en que eso no tenía relación alguna con los suicidios y que se reirían de él si decía más. La tarde de ese día ya no apareció en la comisaría; lo encontraron colgado del gancho del crucero de la ventana. Aquí los indicios también coincidían hasta el más pequeño detalle con los dos casos anteriores; las rodillas casi rozaban el suelo; como soga había servido el cordón de la cortina. La ventana estaba cerrada; la puerta, abierta. La muerte se había producido a las seis de la tarde; la boca del muerto estaba completamente abierta y la lengua colgaba de ella. 
Esta tercera muerte en la habitación número 7 tuvo como consecuencia que en ese mismo día todos los huéspedes abandonaran el Hotel Central, con excepción de un profesor de instituto que ocupaba la habitación número 16, pero que aprovechó la oportunidad para rebajar un tercio el precio de alquiler de su habitación. Fue un pobre consuelo para la señora Isabel cuando unos días después se presentó la famosa cantante de Ópera bufa Mary Garden y le compró el cordón rojo de la cortina por unas cien pesetas. Por una parte, porque traía suerte; por otra, porque había salido en los periódicos. 
El informe policial era lo único que conocía del asunto el estudiante de medicina Ricardo Montes. Había otro dato insignificante que tampoco conocía; parecía tan pequeño que ni el comisario ni ningún otro de los testigos oculares se lo habían mencionado a los periodistas. Sólo después, tras la aventura del estudiante, lo volvieron a recordar. Cuando descolgaron del crucero de la ventana el cadáver del sargento Florencio Vázquez, de la boca abierta del muerto salió una gran araña negra. El criado la retiró con un dedo al mismo tiempo que exclamó: «¡Demonios, otra vez el mismo bicho!» En el transcurso de la investigación, la que se refería al estudiante Montes, el mismo criado declaró que cuando se descolgó al viajante de comercio catalán, había visto correr por su hombro a una araña muy similar. Pero Ricardo Montes no sabía nada de esto. Ocupó la habitación dos semanas después del último suicidio, en un domingo. Sus experiencias allí las dejó consignadas en un diario.
EL DIARIO DE RICARDO MONTES, ESTUDIANTE DE MEDICINA 
Lunes, 28 de febrero.
Ayer por la noche entré en mi nuevo alojamiento. Deshice mis dos maletas y me acomodé, a continuación me metí en la cama. Dormí muy bien; daban las nueve cuando me despertó una llamada en la puerta. Era la dueña que me traía ella misma el desayuno. Se preocupa mucho por mí, se nota por los huevos, el jamón y el excelente café que me trajo. Me lavé y me vestí, luego contemplé cómo el criado hacía la habitación. Mientras, me dediqué a fumar mi pipa. Así que ya estoy aquí. 
Sé muy bien que es un asunto peligroso, pero también sé que si logro llegar al fondo de lo acontecido haré mi fortuna. Y si una vez, París bien valió una misa –por tan poco no se gana hoy– puedo arriesgar algo mi vida. Tengo una gran oportunidad que quiero aprovechar. Por lo demás, también hay otros que se creen tan listos como para llegar al fondo del asunto. Al menos veintisiete personas se han esforzado, en parte con la policía, en parte con la dueña del hotel, por obtener la habitación, e incluso entre ellas había varias damas. Así que he tenido muchos competidores; es probable que también fueran pobres diablos como yo. Pero he sido yo quien ha conseguido «el puesto». ¿Por qué? ¡Ah, es probable que sea el único que pueda ayudar con una idea a la astuta policía! Una buena idea. Naturalmente, era un truco. 
Estos informes también tienen como destinataria a la policía. Y me divierte decir a esos señores, nada más comenzar, que les he mentido. Si el comisario es una persona razonable, dirá: «¡Hum, precisamente por eso parece adecuado el Montes!» Por lo demás, me resultaba indiferente lo que dijera luego; ahora estoy sentado aquí. Y me parece un buen signo haber comenzado mi actividad enjabonando a conciencia a esos señores. 
Primero visité a la señora Isabel, quien me envió a la comisaría de policía. Durante toda una semana pasé allí mi tiempo, siempre me decían que estaban tomando en consideración mi solicitud y que volviera al día siguiente. La mayoría de mis competidores ya hacía tiempo que habían perdido sus esperanzas, y además tenían algo mejor que hacer que esperar durante horas en el maloliente puesto de guardia; al comisario ya se le notaba fastidiado por mi tenacidad. Por fin me dijo sin rodeos que no tenía sentido que volviera. Me estaba agradecido a mí y a los demás por la buena voluntad, pero que no tenía ningún empleo para «aficionados chapuceros». A no ser que hubiera elaborado algún plan… Le dije entonces que tenía un plan. 
Por supuesto que no tenía nada y no podría haberle revelado ni una sola idea. Pero le dije que sólo podía transmitirle mi plan, que era bueno, pero muy peligroso, y que podía acabar como le ocurrió al agente de policía, si estaba dispuesto, por su palabra de honor, a ejecutarlo él mismo. Me dio las gracias y dijo que no tenía tiempo para esas cosas. Pero percibí que mis velas se henchían de viento cuando me preguntó si al menos le podía dar alguna indicación. Y se la di. 
Le conté un tremendo disparate, del cual yo mismo un segundo antes no tenía la más mínima idea; no sé cómo se me ocurrió de repente ese extraño pensamiento. Le dije que entre todas las horas de la semana hay una que ejercía una influencia enigmática. Esa era la hora en que Cristo había desaparecido de su sepultura para descender a los infiernos; la sexta hora vespertina del último día de la semana judía. Y le recordé que esa había sido la hora, el viernes entre las cinco y las seis, en que se habían producido los tres suicidios. 
En ese momento no podía decirle más, pero le remití al Apocalipsis de San Juan. El comisario puso una cara como si entendiera algo del asunto, me lo agradeció y me dio una cita para esa misma noche. Entré puntualmente en su despacho; ante él, en la mesa, estaba el Nuevo Testamento. En las horas que habían transcurrido me había dedicado a los mismos estudios que él; había leído el Apocalipsis y… no había entendido ni una sola palabra. Tal vez el comisario fuera más inteligente que yo, en cualquier caso me dijo con gran cortesía que, pese a mis vagas indicaciones, creía entender mi argumentación. Y que estaba dispuesto a cumplir mis deseos y a apoyarlos en todo lo posible. 
He de reconocer que realmente me ha sido de mucha ayuda. Convenció a la dueña del hotel de que mi estancia en la habitación fuera gratuita. Me dio un revólver excelente y un silbato de policía; la patrulla de agentes tiene la orden de pasar con frecuencia por la zona y de subir a la menor señal que les haga. Pero lo principal es que ha mandado instalar un teléfono en la habitación con el que estoy en directa comunicación con la comisaría. Y como esta se encuentra apenas a cuatro minutos, puedo recibir ayuda rápida en cualquier momento. Con todo esto no sé de qué debería tener miedo.
Martes, 1 de marzo.
No ha ocurrido nada ni ayer ni hoy. La señora Isabel ha traído un cordón de cortina nuevo de otra habitación, ya que tiene habitaciones vacías de sobra. Aprovecha cualquier oportunidad para venir a verme; cada vez trae algo consigo. Le he pedido que me cuente una vez más todos los detalles de los sucesos, pero no he averiguado nada nuevo. Ahora bien, en lo referente a los motivos de las muertes, tiene su propia teoría. En lo que concierne al artista, cree que se trató de un amor desgraciado; el último año había venido a visitarle con frecuencia una joven dama pero que esta vez no se había dejado ver. Desconocía qué pudo ocasionar la muerte del viajante de comercio catalán, pero tampoco se puede saber todo; en cuanto al sargento, pues bien, el sargento se había suicidado sólo por ganas de fastidiarla. He de decir que estas explicaciones de la señora Isabel son algo insuficientes. Pero la he dejado que parlotee con toda tranquilidad, al menos así me saca de mi aburrimiento.
Jueves, 5 de marzo.
Aún nada. El comisario llama un par de veces al día y yo le digo que me va muy bien; pero al parecer mi respuesta no le satisface de todo. He sacado mis libros de medicina y estudio; así mi prisión voluntaria tiene una finalidad.
Viernes, 4 de marzo, a las dos de la tarde.
He comido de manera excelente al mediodía; la dueña me ha traído incluso media botella de champán; parecía la última comida de un reo condenado a muerte. Ya me considera como dos tercios muerto. Antes de irse me ha rogado llorando que me fuera con ella; temía que también iba a ahorcarme «por ganas de fastidiarla». He observado minuciosamente el nuevo cordón de cortina. ¿Con eso iba a colgarme en breve? ¡Hum!, la verdad es que siento pocas ganas de hacerlo. Por lo demás, el cordón es duro y áspero y corre con dificultad, se tiene que tener una voluntad de acero para seguir el ejemplo de los demás. Ahora estoy sentado a mi mesa, a la izquierda está el auricular, a la derecha el revólver. No tengo miedo, pero soy curioso por naturaleza.
6 de la tarde.
Casi he llegado a escribir que no ha ocurrido nada, ¡por desgracia! La hora siniestra llegó y se fue, y fue como todas las demás. Pero no puedo negar que alguna vez sentí cierto impulso de acercarme a la ventana, ¡aunque por otros motivos! El comisario llamó al menos diez veces entre las 5 y las 6, estaba tan impaciente como yo. La señora Isabel, en cambio, está satisfecha: alguien ha vivido una semana entera en la habitación número siete y ha sobrevivido, ¡fabuloso!
Lunes, 7 de marzo.
Ahora estoy convencido de que no descubriré nada y me inclino a pensar que los suicidios de mis predecesores se debieron a una rara casualidad. Le he pedido al comisario que ordene nuevas pesquisas en los tres casos, estoy persuadido de que al final se encontrarán los motivos. En lo que a mí concierne, permaneceré en esta habitación todo el tiempo que pueda. Difícilmente conquistaré la ciudad desde aquí, pero vivo gratis y me dejo cebar. Además, trabajo con ahínco y me siento animado. Y, por último, he encontrado otro motivo que me retiene.
Miércoles, 9 de marzo.
Así que he avanzado un paso más. Clarimonde, ¡ah!, aún no he contado nada de Clarimonde. Pues bien, es… mi tercer motivo para quedarme, y también el motivo por el cual, en aquella «funesta» hora, me habría encantado acercarme a la ventana, pero desde luego no para colgarme de ella. Clarimonde… ¿por qué la llamo así? No tengo ni idea de cómo se llama, pero es como si sintiera la necesidad de llamarla Clarimonde. Y apostaría a que realmente se llama así, si alguna vez le pregunto su nombre. 
Vi a Clarimonde el primer día. Vive al otro lado de esta calle estrecha, y su ventana está situada justo enfrente de la mía. Allí se sienta detrás de las cortinas. Por lo demás, he de hacer constar que ella me observó antes que yo a ella, y que mostró visible compasión por mí, no en vano toda la calle sabe que vivo aquí y por qué, de ello ya se ha ocupado la señora Isabel. No soy nada enamoradizo, y mis relaciones con las mujeres siempre han sido exiguas. 
Cuando se viene de un pueblo a la ciudad para estudiar medicina, y apenas se dispone de dinero para comer bien un día de cada tres, entonces se tiene otras cosas en qué pensar antes que en el amor. Así pues, no tengo muchas experiencias, y es posible que haya comenzado este asunto de manera algo tonta. En cualquier caso, me gusta tal y como es. 
Al principio ni siquiera pensé establecer una relación con mi extraña vecina. Sólo pensé que, ya que estaba allí para observar, y con mi mejor voluntad no podía averiguar nada, podía dedicarme a observar a mi vecina. A fin de cuentas, uno no puede estar sentado todo el día delante de los libros. Así que he constatado que Clarimonde, al parecer, vive sola en ese pequeño piso. Tiene tres ventanas, pero sólo se sienta ante la ventana que está situada frente a la mía; se sienta allí e hila en una rueca antigua. 
Una vez vi una rueca como esa en casa de mi abuela, pero ella nunca la había utilizado, sólo la había heredado de alguna tía; no sabía que aún había gente que la empleara. Por lo demás, la rueca de Clarimonde es muy pequeña y delicada, blanca y aparentemente de marfil; tienen que ser hilos harto delgados y frágiles los que hila. Se sienta durante todo el día detrás de la cortina y trabaja sin parar, sólo lo deja cuando oscurece. Cierto es que oscurece muy pronto en estos días nebulosos y en una calle tan estrecha, a las cinco de la tarde ya estamos en plena penumbra, pero nunca he visto que encendiera una luz en la habitación. Me es difícil percibir su aspecto. 
Lleva el pelo negro ondulado y es muy pálida. La nariz es delgada y pequeña. Sus labios también son pálidos y tengo la sensación de que sus dientes están afilados como los de un depredador. Sus párpados proyectan una profunda sombra, pero cuando los abre, sus ojos, grandes y oscuros, refulgen. Pero en realidad todo esto lo intuyo y no lo sé. Es difícil reconocer algo detrás de la cortina. Aún una cosa más: lleva siempre un vestido negro cerrado con unos toques lila en la parte superior. Y siempre lleva puestos unos guantes negros, es posible que para no estropearse las manos con el trabajo. Da una sensación muy extraña ver cómo los dedos delgados y negros tiran y sacan los hilos de una manera aparentemente caótica, casi como el pataleo de un insecto. 
¿Y qué se puede decir de nuestra relación? En realidad, es muy superficial y, no obstante, me parece como si fuera más íntima. Comenzó con ella mirando hacia mi ventana… y yo a la suya. Ella me observaba… y yo a ella. Y he debido de gustarle puesto que un día, cuando la volvía a contemplar, ella sonrió, y yo, naturalmente, también. Así trascurrieron un par de días y cada vez nos sonreíamos con más frecuencia. Después, me proponía, casi cada hora, saludarla, pero no sé qué me lo impedía. 
Por fin la he saludado, hoy por la tarde. Y Clarimonde me ha devuelto el saludo. Muy en voz baja, ciertamente, pero he visto cómo inclinaba la cabeza, está satisfecha con mi actividad, le basta con saber que vivo desde hace dos semanas en la habitación número 7. Pero el comisario quiere, además, algún éxito. Le he manifestado insinuaciones misteriosas de que estoy tras la pista de un asunto sumamente extraño; el muy burro se lo ha creído todo. En cualquier caso, puedo seguir aquí semanas, y ese es mi único deseo. No precisamente a causa de la cocina de la señora Isabel y de su bodega, ¡Señor, qué pronto se vuelve uno indiferente hacia esas cosas cuando está con el estómago lleno!, sino sólo por su ventana, que ella odia y teme y que yo tanto amo, esta ventana que me muestra a Clarimonde. 
Cuando enciendo la lámpara, dejo de ver a Clarimonde. He mirado ansiosamente para comprobar si sale, pero no ha puesto nunca un pie en la calle. Tengo un sillón grande y cómodo y una pantalla verde sobre la lámpara, cuyo resplandor me envuelve con calidez. El comisario me ha traído un paquete de tabaco grande, nunca he fumado uno tan bueno… y pese a todo no puedo trabajar. Leo dos, tres páginas y, cuando he terminado, sé que no he comprendido ni una sola palabra. Sólo el ojo capta las letras, mi cerebro, en cambio, rechaza todo concepto. ¡Qué extraño! Como si de él colgara un letrero: prohibida la entrada. Como si no permitiera la entrada de ningún otro pensamiento que el de… Clarimonde. Termino por apartar los libros, me reclino en mi sillón y sueño.
Domingo, 13 de marzo.
Esta mañana he presenciado un pequeño espectáculo. Iba de un lado a otro en el pasillo, mientras el criado hacía mi habitación. Ante la ventana del patio cuelga una tela de araña, en cuyo centro se encuentra una gorda araña crucera. La señora Isabel no quiere que la quiten: las arañas traen suerte y ya tenía suficiente mala suerte en su casa, así que la dejé vivir..
Lunes, 14 de marzo.
Ya no echo ni un solo vistazo a mis libros. Sólo paso el tiempo en la ventana. Y cuando oscurece, también sigo sentado. Ella ya no está pero yo cierro los ojos y sigo viéndola. ¡Hum!, este diario ha resultado algo diferente a lo que había pensado. Habla de la señora Isabel y del comisario, de arañas y de Clarimonde. Pero ni una sola sílaba de los descubrimientos que quería hacer. ¿Es culpa mía?
Martes, 15 de marzo.
Hemos encontrado un extraño juego, Clarimonde y yo; lo jugamos durante todo el día. La saludo y ella me devuelve al instante el saludo. Tamborileo yo entonces con los dedos en el cristal, ella apenas lo ve y ya comienza a imitarme. Le hago una seña, ella me la devuelve; muevo los labios, como si le hablara, y ella hace lo mismo. Acto seguido, me acaricio el pelo hacia atrás desde las sienes y ya está su mano en la frente. Un juego verdaderamente infantil, y los dos nos reímos con él. Es decir, ella no ríe, es una sonrisa silenciosa, devota, así creo que es también mi sonrisa. Por lo demás, no es tan tonto como parece. 
No es una pura imitación, pienso que en ese caso nos aburriríamos pronto; en ese juego tiene que desempeñar algún papel la transmisión de pensamientos, pues Clarimonde sigue mis movimientos en una fracción de segundo, apenas tiene tiempo de verlos y ya los está ejecutando; a veces me parece como si ocurriera simultáneamente. Esto es lo que me atrae, hacer siempre algo nuevo, impredecible: es asombroso cómo hace lo mismo al mismo tiempo. 
A veces intento engañarla. Hago rápidamente una gran cantidad de movimientos diferentes, luego los mismos una y otra vez. Al final repito por cuarta vez la misma secuencia, pero cambio el orden de los movimientos, o hago otro u omito uno. Como niños que juegan al «Vuela, vuela». Es muy extraño que Clarimonde no haga, ni siquiera una vez, un falso movimiento, por más que yo los cambie con tanta rapidez como para no darle tiempo a reconocer cada uno de ellos. Así paso el día. Pero en ningún instante tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo; al revés, es como si no hubiese hecho nunca nada más importante.
Miércoles, 16 de marzo.
¿No es extraño que nunca haya pensado seriamente en establecer mis relaciones con Clarimonde sobre un fundamento más racional que el de estos jueguecitos que duran horas? Ayer por la noche reflexioné sobre el asunto. Puedo simplemente tomar el sombrero y el abrigo, bajar las escaleras, dar cinco pasos en la calle, subir otra escalera. En la puerta hay un pequeño letrero donde se lee «Clarimonde». «¿Clarimonde?», ¿qué? No lo sé; pero Clarimonde está ahí. Llamo y entonces… 
Hasta aquí puedo imaginármelo con gran precisión; cada movimiento que hago, por pequeño que sea, lo veo ante mí. Pero de lo que pueda seguir, no consigo imaginarme nada. La puerta se abre, eso aún lo veo. Permanezco en el umbral y miro en la oscuridad donde no puedo reconocer nada, absolutamente nada. Ella no viene…, no viene nada; no hay nada de nada, sólo esa oscuridad negra e impenetrable. 
A veces siento como si no hubiera otra Clarimonde que la que veo allí en la ventana y que juega conmigo. No puedo imaginarme qué aspecto tendría esa mujer con sombrero o con otro vestido distinto al negro con los adornos lila; ni siquiera me la puedo imaginar sin sus guantes. Si la viera en la calle o en un restaurante, comiendo, bebiendo, charlando, no podría sino reírme, tan inconcebible me parece esa imagen. De vez en cuando me pregunto si la amo. Y no puedo hallar respuesta a esta pregunta, porque no he amado nunca. Pero si el sentimiento que tengo hacia Clarimonde es realmente amor, es completamente diferente a lo que he visto en mis camaradas o a lo que he conocido en novelas. Me resulta muy difícil analizar mis sentimientos. Sobre todo me resulta difícil pensar en algo que no se refiera a Clarimonde, o más bien a nuestro juego. Pues es innegable que es realmente este juego lo que me ocupa continuamente, y no otra cosa. Y esto es lo que me parece más incomprensible. 
¡Clarimonde! Sí, me siento atraído por ella. Pero aquí se mezcla otro sentimiento, como si también tuviera miedo. ¿Miedo? No, tampoco es eso, es más bien un desasosiego, un ligero temor ante algo que no conozco. Y es precisamente este miedo el que tiene algo de extrañamente compulsivo o voluptuoso, que es lo que me mantiene apartado de ella y, no obstante, me atrae con tanta más fuerza. 
Me da la sensación como si corriera a su alrededor en un gran círculo, me aproximara un poco y volviera a retirarme, siguiera corriendo, avanzara en otro lugar para retroceder de nuevo rápidamente. Hasta que al final –y eso lo sé con toda certeza– tenga que ir a ella. Clarimonde se sienta en la ventana e hila. Hilos, largos, delgados, infinitamente sutiles. De ellos forma un tejido, y no sé qué resultará. No puedo comprender cómo puede hacer esa tela sin romper y confundir una y otra vez esos hilos tan finos. En su primorosa labor hay modelos peregrinos, animales fabulosos y máscaras extravagantes. Por lo demás, ¿qué estoy escribiendo aquí? Lo cierto es que no puedo ver nada de lo que hila, los hilos son demasiado finos. Y, no obstante, siento que su trabajo es precisamente como lo veo… cuando cierro los ojos. Igual. Una gran tela y muchas criaturas en ella, animales fabulosos y máscaras extravagantes.
Jueves, 17 de marzo.
Me siento extrañamente excitado. Ya no hablo con ningún ser humano; ni siquiera les deseo buenos días a la señora Isabel y al criado. Apenas dedico tiempo a la comida; tan sólo quiero sentarme en la ventana para jugar con ella. Es un juego emocionante, realmente lo es. Y tengo la sensación de que mañana tiene que ocurrir algo.
Viernes, 18 de marzo.
Sí, hoy tiene que ocurrir algo. Me digo –y me hablo en voz alta para poder oír mi voz– que por esa razón estoy aquí. Pero lo malo es que tengo miedo. Y este miedo, de que pueda ocurrirme algo similar a lo que les ocurrió a mis predecesores en esta habitación, se mezcla extrañamente con el otro miedo: el que tengo a Clarimonde. Apenas los puedo distinguir. Siento pavor, quisiera gritar.
6 de la tarde.
Deprisa un par de palabras, con el abrigo puesto y el sombrero en la mano. A las cinco había llegado al final de mis fuerzas. ¡Oh, ya sé ahora que hay algo extraño en esa sexta hora del penúltimo día de la semana, ya no me río del bulo que le conté al comisario! Estaba sentado en mi sillón, me aferraba a él con violencia. Pero me atrajo, me arrastró hasta la ventana. Tuve que jugar con Clarimonde, y luego, de nuevo, ese miedo espantoso ante la ventana. Los veía colgar allí, al viajante de comercio catalán, alto, con un cuello grueso y su barba gris de dos días. Y al artista delgado, y al sargento bajo y corpulento. Veía a los tres, a uno tras otro y luego a los tres juntos, colgados del mismo gancho, con las bocas abiertas y las lenguas colgando. Y después me vi a mí, entre ellos. ¡Oh, este miedo! Sentía que lo tenía tanto del crucero de la ventana y del espantoso gancho, como de Clarimonde. 
Que me perdone, pero es así; en mi ignominioso temor ella se mezclaba en la imagen de los tres que allí colgaban, con las piernas rozando el suelo. Es cierto que en ningún momento sentí en mí el deseo, el anhelo de ahorcarme; tampoco temía que pudiera hacerlo. No, sólo tenía miedo de la misma ventana, y de Clarimonde, de algo espantoso, incierto, que ahora podría producirse. Tenía el deseo apasionado, indomable de levantarme e ir a la ventana. Y tenía que hacerlo. En ese momento sonó el teléfono. 
Tomé el auricular y antes de que pudiera oír una sola palabra, yo mismo grité en él: «¡Vengan, vengan enseguida!» Fue como si el grito de mi voz estridente ahuyentara de inmediato a todas las sombras, que desaparecieron por los últimos resquicios del suelo. Me tranquilicé al instante. Me limpié el sudor de la frente y bebí un vaso de agua, después reflexioné lo que iba a decirle al comisario cuando viniera. Por último, me acerqué a la ventana, saludé y sonreí. Y Clarimonde saludó y sonrió. Cinco minutos más tarde, el comisario estaba en la habitación. 
Le conté que por fin llegaba al fondo del asunto; que por hoy no me hiciera preguntas, pero que en breve le daría información sobre mis extraños descubrimientos. Lo más raro de ello era que, cuando le mentí, estaba plenamente convencido de que decía la verdad. Y ahora casi lo siento así, lo siento… aun en contra de mi mejor saber y entender. Él advirtió mi estado de ánimo un tanto peculiar, en especial cuando me disculpé por mi grito angustioso en el auricular y se lo intenté explicar de la manera más natural, pero sin encontrar un motivo para ello. Me dijo con gran amabilidad que no parara en mientes con él, que siempre estaba a mi disposición, que ese era su deber. Prefería venir una docena de veces en vano que tardar demasiado cuando fuese urgente. A continuación, me invitó a salir con él esa noche, eso me distraería; no era bueno que estuviera siempre solo. He aceptado su invitación, aunque me costó un gran esfuerzo; no me gusta abandonar esta habitación.
Sábado, 19 de marzo.
Estuvimos dando un paseo por el centro. El comisario tenía razón; me ha sentado bien salir de aquí, respirar otros aires. Al principio tenía una sensación de lo más desagradable, como si estuviera cometiendo una injusticia, como si fuera un desertor que le da la espalda a su bandera. Pero al poco tiempo esa sensación se desvaneció; bebimos mucho, reímos y charlamos. Cuando hoy por la mañana me acerqué a la ventana, creí advertir un reproche en la mirada de Clarimonde. Pero tal vez sólo sean imaginaciones mías. ¿De dónde va a saber que salí ayer por la noche? Por lo demás, sólo duró un instante, luego volvió a sonreír. Hemos jugado durante todo el día.
Domingo, 20 de marzo.
Hoy puedo volver a escribir, hemos estado jugando durante todo el día.
Lunes, 21 de marzo.
Hemos jugado todo el día.
Martes, 22 de marzo.
Sí, y hoy también lo hemos hecho. Nada, nada más. A veces me pregunto para qué en realidad, por qué. O qué quiero en realidad, adónde va a llevar todo esto. Pero nunca me doy una respuesta. Pues es seguro que no deseo otra cosa que precisamente eso. Y lo que pueda venir, sea lo que sea, es lo que anhelo. En estos días hemos hablado, aunque sin decir ni una sola palabra en voz alta. A veces hemos movido los labios, con más frecuencia sólo nos hemos mirado. Pero nos hemos entendido muy bien. Había tenido razón. Clarimonde me reprochó la salida del último viernes. Después le pedí perdón y le dije que comprendía que había sido un gesto tonto y feo de mi parte. Me ha perdonado, y yo le he prometido que no me apartaré más de esta ventana. Y nos hemos besado, hemos presionado los labios largo tiempo contra el cristal.
Miércoles, 23 de marzo.
Ahora sé que la amo. Tiene que ser así, estoy penetrado por ella hasta la última fibra de mi ser. Puede ser que el amor de otras personas sea diferente. ¿Pero hay una cabeza, una oreja, una mano que sea igual entre miles de millones? Todas son diferentes, así que no hay un amor que sea igual a otro. Mi amor es peculiar, eso lo sé muy bien. ¿Pero es por eso menos bello? Casi soy feliz con este amor. ¡Si no estuviera también el miedo! A veces ese miedo se duerme y lo olvido, pero sólo por unos minutos, después vuelve a crecer y no me deja un instante. Me parece un ratoncillo miserable que lucha contra una serpiente larga y bella y que quiere escapar de sus férreos abrazos. Espera tú, estúpido miedecillo, pronto te devorará este amor enorme.
Jueves, 24 de marzo.
He hecho un descubrimiento, no soy yo el que juega con Clarimonde, es ella la que juega conmigo. Ayer por la noche pensé, como siempre, en nuestro juego. Anoté cinco secuencias nuevas complicadas con las que quería sorprenderla por la mañana. Cada movimiento llevaba un número. Me ejercité para poder realizar cada secuencia lo más deprisa posible, hacia delante y hacia atrás. Luego las cifras pares y luego sólo las impares, a continuación todos los primeros y últimos movimientos de las cinco secuencias. 
Fue muy trabajoso, pero me entretuvo mucho, y me aproximó más a Clarimonde, aun cuando no la viera. Me ejercité durante horas y al final lo dominé por completo. Así pues, esta mañana me presenté ante la ventana. Nos saludamos; a continuación, comenzó el juego. A un lado y a otro, era increíble la rapidez con que me entendía, cómo casi en el mismo instante hacía lo que yo le proponía. En ese momento llamaron a la puerta; era el criado, que me traía las botas. Me las dio, y cuando regresaba a la ventana, mi mirada recayó en el papel en el que había anotado las secuencias. Y vi que no había realizado ni uno solo de todos esos movimientos. Me tambaleé, me agarré al brazo del sillón y me dejé caer. 
No podía creerlo, leí la hoja una y otra vez. Pero era así, acababa de ejecutar varias secuencias de movimientos y ninguna de ellas era mía. Y volví a tener la sensación: una puerta se abre de par en par, su puerta. Y yo estoy ante ella y miro fijamente hacia el interior: nada, absolutamente nada, sólo esa vacía oscuridad. Entonces lo supe: si salgo ahora, estoy salvado; y sentí que podía irme ahora. Pero no me fui. Se debió a que tenía la confusa sensación de que yo tenía el secreto, bien aferrado entre mis manos. ¡vas a conquistar la ciudad! Por un instante la ciudad fue más importante que Clarimonde. ¡Ay, ahora apenas pienso en ello! Ahora sólo siento mi amor, y en él ese miedo callado y voluptuoso. Pero en ese instante me dio fuerzas. 
Leí una vez más mi primera secuencia de movimientos y memoricé cada uno de ellos. Regresé entonces a la ventana. Presté atención exacta a lo que hacía: no había ningún movimiento entre ellos de los que yo quería ejecutar. Acto seguido, me propuse llevar el dedo índice a la nariz, pero besé el cristal; quería tamborilear con los dedos en la ventana, y acaricié mi pelo con la mano. Así que tuve la certeza: no era Clarimonde la que me imitaba, sino que era yo el que repetía lo que ella me proponía. Y lo hacía con tal rapidez, de manera tan fulminante, al segundo, que, aún hoy, a veces me imagino que esa manifestación volitiva había partido de mí. Así pues, yo, que tan orgulloso estaba de influir en sus pensamientos, yo soy el que se ve influido del todo. Sólo que esa influencia es tan sutil, tan leve que no hay nada que sea más agradable. He realizado otros intentos. 
Me guardo las dos manos en los bolsillos, me propongo no moverlas y la miro fijamente. Vi cómo levantaba su mano, cómo sonreía y me amenazaba ligeramente con el dedo índice. No me moví. Noté cómo mi mano derecha quería salirse del bolsillo, pero agarré el fondo con fuerza. Luego, lentamente, tras unos minutos los dedos se relajaron y la mano salió del bolsillo y el brazo se elevó. Y yo la amenacé con el dedo y sonreí. Era como si no fuera yo mismo el que lo hiciera, sino una persona extraña a la que yo estaba observando. No, no fue así: Fui yo el que lo hizo… y una persona extraña me observaba. Precisamente la persona extraña que era tan fuerte y que quería hacer el gran, gran descubrimiento. Pero ese no era yo, a mí… ¿qué me importa este descubrimiento? Estoy aquí para hacer lo que ella quiere, Clarimonde, a la que amo con deliciosa angustia.
Viernes, 25 de marzo.
He cortado el cable del teléfono. No tengo ganas de que el estúpido comisario me esté molestando continuamente, sobre todo cuando llega la hora misteriosa. ¡Señor!, ¿por qué escribo esto? No hay una sola palabra de verdad en todo ello. Es como si alguien guiara mi pluma. Pero yo quiero… quiero escribir lo que está sucediendo. Me cuesta un gran esfuerzo, pero lo quiero hacer. Sólo… lo que quiero. He cortado el cable del teléfono, eh… porque me vi obligado. ¡Por fin, aquí lo tenemos, porque me vi obligado! 
Esta mañana estábamos en la ventana y jugábamos. Desde ayer nuestro juego es diferente. Ella hace un movimiento y yo me resisto todo lo que puedo, hasta que por fin he de ceder y hago lo que ella quiere, privado de toda voluntad. No puedo describir el placer que supone ese ser vencido, ese abandono a su voluntad. Jugamos, y después, de repente, ella se levantó y se retiró. Estaba tan oscuro que ya no podía verla; parecía invisible en la oscuridad. Pero regresó pronto llevando con las dos manos un teléfono, igual que el mío. 
Lo dejó sonriendo en el alféizar de la ventana y con un cuchillo cortó el hilo y lo volvió a dejar en la mesa. Así ocurrió. Estoy sentado a la mesa; he bebido té, el criado acaba de llevarse el servicio. Le he preguntado la hora, mi reloj no va bien. Son las cinco y cuarto, las cinco y cuarto… Sé que si ahora levanto la mirada, Clarimonde hará algo que yo también tendré que hacer. Pero levanto la mirada. Allí está y sonríe. ¡Si tan sólo pudiera apartar la mirada! Ahora se va a la cortina, toma en sus manos el cordón… un cordón rojo, igual que el de mi ventana. Hace un lazo, cuelga el cordón del gancho del crucero de la ventana. Se sienta y sonríe. 
No, a lo que siento ya no se le puede llamar miedo. Es un horror espantoso y opresivo que, sin embargo, no quisiera cambiar por nada del mundo. Es una coacción de índole inaudita y, no obstante, de una voluptuosidad extrañísima en su ineluctable crueldad. Podría ir a la ventana y hacer lo que ella quiere. Pero espero, lucho, me defiendo. Siento cómo la atracción se intensifica a cada minuto que pasa. Vuelvo a estar sentado aquí. He ido rápidamente y he hecho lo que ella quería: tomé el cordón, hice el lazo y lo colgué del gancho. Y ahora no quiero levantar la mirada, sólo quiero mantener mis ojos fijos en el papel. Sé lo que ella hará si la vuelvo a mirar… ahora en la hora sexta del penúltimo día de la semana. Si la miro tendré que hacer lo que ella quiere y entonces… No quiero mirarla. Ahora me río, en voz alta. No, no río, algo ríe en mí. Sé por qué: por este «no quiero…» No quiero y, sin embargo, sé con total certeza que tengo que hacerlo. Tengo que mirarla, tengo que hacerlo y luego… el resto. Espero sólo para alargar aún más este tormento, sí, eso es: este sufrimiento sofocante, esta suma voluptuosidad. 
Escribo lo más deprisa que puedo para poder permanecer aquí sentado más tiempo, para alargar estos segundos de dolor que incrementan el placer de mi amor hasta el infinito. Más, más tiempo. ¡De nuevo el miedo, otra vez! Sé que la voy a mirar, me levantaré y me ahorcaré; pero no es eso lo que temo, ¡oh, no!, lo que temo es que es una sensación deliciosa y bella. Pero hay algo diferente aquí, que viene después. No sé qué será, pero viene, estoy seguro de que viene. Pues la dicha de mi tormento es tan grande que siento, siento que algo espantoso ha de seguirla. Tan sólo no pensar… Escribir algo, lo que sea. No reflexionar, escribir con rapidez. Mi nombre, Ricardo Montes, Ricardo Montes. ¡Oh, no puedo seguir! Ricardo Montes, Ricardo Montes, ahora, ahora, tengo que mirarla, tengo que… no, tengo que aguantar más… Ricardo Montes…
El comisario del distrito centro, al no recibir respuesta a sus insistentes llamadas telefónicas, entró a las seis y cinco minutos en el Hotel Central. En la habitación número 7 encontró el cadáver del estudiante Ricardo Montes colgado del gancho del crucero de la ventana, en la misma posición que sus tres predecesores. Sólo el rostro tenía una expresión diferente; estaba desfigurado por un miedo espantoso; los ojos, muy abiertos, se salían de sus órbitas. Los labios estaban estirados, los dientes apretados con fuerza. Y entre ellos colgaban los restos de una araña negra enorme aplastada, con extraños tonos violeta. En la mesa estaba el diario del estudiante. El comisario lo leyó y se dirigió rápidamente a la casa de enfrente. Allí constató que el segundo piso estaba vacío desde hacía meses, sin nadie que lo habitara.
--Hanns Heinz Ewers--
París, agosto de 1908