Finalmente comprendí que la discusión no llevaba a ninguna parte. Mis argumentos eran sólidos, mi lógica aplastante, pero mi ya ex-amigo se cerró en banda. Sentí entonces el impulso de elevar el tono, de buscar esa última frase demoledora que me diera la victoria. Sin embargo en ese preciso instante decidí callar, recoger mis pertenencias y marcharme con una sonrisa amarga, ¡habían sido tantos los años de amistad sincera!..
Pero no había perdido, sino que acabé por hacer un movimiento de dignidad personal. Digamos que entendí que mi tiempo acabó. Nada podía hacer ya para vencer su empecinamiento y validar mi opinión.
Una cosa os digo, chic@s, si el coste de convencer a alguien es superior al beneficio de tener la razón, la opción más inteligente es la retirada. Muchas veces es tras tu marcha cuando el otro cede, consciente de que ha perdido su oportunidad de influir sobre ti. Aunque mi amigo no volvió..
Joaquín

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