lunes, 11 de abril de 2016
Libertad o sumisión
jueves, 10 de marzo de 2016
Crónicas de un desgobierno
jueves, 3 de marzo de 2016
Un asesino anda suelto
Somos engañados por la apariencia de la verdad.
Horacio
El presunto asesinato ocurrió sobre las 8.15 horas de la mañana. Alguien llamó a los 091 veinte minutos más tarde identificándose como vecina del inmueble donde ocurrieron los hechos. La informadora (según declaró al policía que le atendió) manifestó que había escuchado un ruido atronador seguido de una gran algarabía de objetos desparramándose por el suelo. Entremedias un grito seco y solitario de mujer, y después silencio, nada volvió a escucharse, mutismo total.
Cuando la policía llegó al lugar acompañada del portero de la finca, la puerta de entrada como se esperaba estaba cerrada. La abrieron con la llave maestra, y se temieron lo peor.
El pequeño pero acogedor apartamento apareció ante el grupo de homicidios sin signos aparentes de violencia. El vestíbulo estaba ordenado y limpio. Fue después, al atravesar el largo pasillo y abrir la puerta de entrada al salón cuando la vieron. La mujer, joven, de poco más de treinta años yacía tumbada en el suelo boca arriba y con una herida contusa en la cabeza por la que aun manaba sangre.
El salón a diferencia del resto de la casa presentaba un aspecto desolador. Una gran estantería blanca, o lo que quedaba de ella, aparecía volcada y con los objetos había contenido poco antes diseminados en el parquet. Justo al lado del cadáver destacaba un gran buda de bronce muy brillante impregnado con restos de sangre y cabellos que los policías atribuyeron desde un primer momento como el objeto contundente con el que se asestó el golpe a la infortunada mujer. Los dos veteranos policías presentes en las indagaciones y expertos en todo tipo de crímenes no pudieron evitar sufrir una fuerte impresión al contemplar el panorama, y con gestos de evidente indignación mascullaron sendos improperios.
Se hizo cargo del caso el inspector Arias, como jefe que era de la Brigada Criminal del distrito. Disponía de ocho agentes a su cargo y suficientes medios para investigar así como vía libre para hurgar donde fuese menester. Inmediatamente se trasladó al lugar de los hechos e hizo un exhaustivo análisis del asunto anotando en su libreta todos los datos por pequeños que fuesen, y que él creía oportunos.
Luis Arias era un policía al uso, meticuloso, serio e íntegro. Aunque utilizaba medios informáticos y era usuario de las redes sociales, seguía usando su libreta como en sus primeros años de oficio. Después de las primeras averiguaciones descubrió que la víctima, Marta, estaba recién divorciada y no tenía hijos. Su marido, sobre el que recayeron las primeras sospechas, después de la separación había alquilado un pequeño Loft a las afueras y trabajaba como free lance en una editorial especializada en literatura de terror y misterio. En el momento de la muerte, --declaró a un agente --estaba solo en casa, acababa de desayunar y se disponía a realizar unos trabajos por internet que le urgía a la empresa. No tenía testigos que avalara su coartada.
Además del ex-marido, --supo el inspector --que el entorno cercano a la víctima se reducía a unas cuantas personas; una familia escasa de miembros y un par de amigas más o menos íntimas. Entre esas amigas, con Luisa, divorciada como ella compartía algunos ratos de ocio y diversión. Salían juntas un par de veces a la semana (viernes y sábados) y frecuentaban una discoteca de música latina del centro. Cenaban en algún restaurante próximo y poco más. Volvían a casa de madrugada y siempre en taxi.
Con la otra amiga, Pili, tenían gustos parecidos en lo cultural y social y hasta en lo político. Esta estaba casada pero a menudo quedaban por las tardes, tomaban algunas cañas y hablaban de lo divino y humano. Se llamaban mucho por teléfono. Ya eran muy amigas antes del divorcio.
Las dos amigas quedaron consternadas al enterarse de la tragedia y no parecían tener ningún motivo para desear algún mal a Marta. Aun así el inspector anotó que ambas tenían débiles coartadas pues declararon estar solas en casa a la hora de la muerte, por lo tanto no quedaron al margen de la investigación.
El presunto homicidio de Marta ocurrió un martes de un caluroso mes de Julio. Ella, según sus averiguaciones ya había desayunado y posiblemente ultimaba preparativos para acudir a su trabajo. Trabajaba como técnico especialista en un laboratorio de un polígono industrial no demasiado lejos de su domicilio. Según los datos recopilados hasta el momento salía de casa a las nueve de la mañana, bajaba al garaje, cogía su pequeño utilitario y solía llegar siempre puntual. El jefe de personal afirmó que fichaba a las diez en punto, que era, por cierto, su hora de entrada.
Marta no tenia familia directa en la ciudad, procedía de un pueblo de Jaén y allí vivía su hermano. El inspector ya había conseguido datos de la familia. Sus padres, fallecidos no hacía demasiado les habían dejado en herencia a ella y a su hermano una casa no muy grande y una finca con olivos centenarios, parece ser bastante valorada.
Según le contó su amiga Pili, la historia de Marta era similar a la de muchos jóvenes que recalan en la capital buscando oportunidades que no encuentran en sus pueblos. Ella llevaba aquí más de diez años. Al poco de llegar conoció a Juan, su ex (eran compañeros de trabajo) y el hecho de vivir sola en el piso que se engullía la mitad de su sueldo, aceleró su boda. Vivieron más o menos felices los primeros años pero la convivencia se fue deteriorando, posiblemente el tipo de trabajo de Juan (por aquel entonces era representante de su empresa editorial por la mitad norte de España) influyó. También la rutina –le manifestó Pili, --apenas se veían y se separaron de mutuo acuerdo. Ella se quedó el bonito apartamento, aunque aún pagaba parte de la hipoteca.
Cuando el inspector Arias se acercó al laboratorio donde había trabajado Marta, solicitó hablar con sus compañeras más habituales. Fueron tres las que le contaron su relación con ella. Por turnos cada una le fue comentando su parecer. El policía les preguntó que si la habían visto rara o si habían apreciado algún cambio últimamente en ella. Dedujo por sus respuestas que en general la habían notado un poco más inquieta de lo habitual y aunque ninguna de ellas era íntima de la víctima, todas coincidieron que era una buena chica, simpática y buena compañera. Sonia que era su colaboradora más estrecha, recordó que Marta le comentó la semana pasada que hoy mismo (el día del terrible episodio), saldría antes porque había quedado con su ex marido para algún tema de papeleo relacionado con la hipoteca del apartamento. Todos estos nuevos datos le hicieron al inspector crear nuevas teorías y persistió en sus pesquisas sin condicionarse con nada y con nadie.
Esa misma noche del martes, (día de la muerte), habían pasado ya más de quince horas del suceso y seguía el calor sofocante. El inspector Arias tenía demasiadas dudas y especulaba con muchas conjeturas. En su despacho, reclinado en su sillón y con un folio en blanco sobre la mesa fue anotando uno a uno sus ordenados apuntes.
Casi descartado el robo pues la cerradura no fue forzada y aparentemente no faltaba nada de valor, comenzó a conjeturar con el que para él era su principal sospechoso, Juan, el ex marido. No tenía éste coartada creíble, pero si una cita con ella hoy mismo… y lo había ocultado. Después, volvieron a interrogarlo y rectificó, declaró entonces que se veían de vez en cuando porque a pesar de la separación eran buenos amigos.
De las amigas intimas, Luisa y Pili, no tenían motivo aparente para asesinarla –pensó --pero por otra parte tampoco tenían testigos que corroboraran sus coartadas. Se negó a descartarlas como sospechosas.
Del hermano de Marta, Andrés, supo que estaba casado cuando habló con él a última hora de la tarde en el depósito de cadáveres. Parecía muy afectado, pero había averiguado que estaba pasando por dificultades económicas .A punto de ser desahuciado de su vivienda (ocultó este detalle) se mostró dispuesto a colaborar junto a su mujer (visiblemente nerviosa) en todo lo que fuese necesario con la policía.
De las compañeras de trabajo, nada importante que reseñar pues habían tenido buen rollo con ella y en el laboratorio todo el mundo la apreciaba.
Del informe que solicitó y que ya tenía en sus manos sobre la comunidad de vecinos tampoco extrajo nada concluyente. Según sus convecinos Marta era una chica normal que cumplía religiosamente todas las obligaciones relacionadas con la comunidad, eso sí, apenas la conocían solo hola y adiós, descortesía demasiado habitual en nuestros días --razonó.
Terminó con esto último el primer borrador del informe, lo guardó en el cajón y lo cerró con llave. Eran más de las once de la noche cuando abandonó su despacho. Conduciendo hacia su domicilio en las afueras de la urbe, pensó en las nuevas pistas que le proporcionarían el dossier de la autopsia que le habían prometido los del depósito a primera hora de mañana miércoles.
El timbre del teléfono le despertó bruscamente, miró el reloj del despertador y las manecillas le indicaron las siete y diez de la mañana, aún era pronto. Anoche tardó en dormirse dándole vueltas al asunto. Por si acaso y como siempre había puesto la alarma a las ocho en punto. Descolgó el auricular y la voz de García, su ayudante, visiblemente agitado le anunció que ya tenían el informe de la autopsia y…. ¡Al presunto culpable.!
Nada más llegar a la comisaria le dijeron que le estaban esperando. Abrió la puerta de su despacho y se encontró con el inspector jefe, el sargento y… (dedujo por haberle visto alguna vez) el teniente de alcalde del distrito. Por el aspecto distendido y jovial de la reunión presintió muy buenas noticias.
Unas cuantas horas después de ese mismo miércoles (día después de la muerte de Marta) el calor había remitido, ahora soplaba un poco de brisa que los sufridos ciudadanos de la capital agradecían. Esos mismos ciudadanos enojados veían cómo en el telediario de la televisión local pormenorizaban las noticias relacionada con la aparición del cadáver de una mujer en uno de los más elegantes distritos; un episodio más de la violencia que últimamente venia azotando a la ciudad.
Desde hacia unos meses los habitantes de la ciudad estaban conmocionados, muchos percibían cómo día a día se iba deteriorando la paz y convivencia. La metrópoli, antaño modelo de gestión y seguridad se estaba convirtiendo en peligrosa El alcalde, muy cuestionado, prometió mano dura con los delincuentes y había desplegado más policías en las calles, pero poca gente creía en estas reiteradas promesas incumplidas. Este presunto homicidio vino a incrementar la indignación y el escándalo.
Todo el mundo estaba en ascuas pendientes de este último caso, uno más de los ocurridos en este año y deseaban que la policía detuviera de manera inminente a los culpables. Los periódicos matutinos y los diferentes medios informativos habían abierto con argumentos sensacionalistas sobre el trágico suceso y contribuían al cabreo general.
Estaba ya anocheciendo cuando la cadena de televisión con mayor audiencia de la zona interrumpió bruscamente su programación y pasó a informar sobre el acontecimiento. Bajo un gran epígrafe intermitente de: “últimas noticias”. un reportero de la cadena micrófono en mano y en las mismas puertas del edificio donde ocurrieron los hechos el día anterior entrevistaba al que parecía ser un jefe de policía. Éste aclaraba con rotundidad que: ¡Lo que parecía un nuevo crimen de género o pura delincuencia común en realidad había sido un accidente casero!.
Marta, la víctima, había tenido mala suerte, explicaba el inspector Arias al periodista que le entrevistaba, fue a coger una agenda de la estantería que necesitaba para su trabajo, y ésta indebidamente sujeta a la pared le cayó encima. Una efigie de un gran buda fatalmente colocada en lo más alto le dio contundentemente en la cabeza. Ésta fue la causa de su trágica muerte.
Las autoridades, la policía y también la población respiraron, en parte, aliviados porque no se incrementara la larga lista de homicidios en la ciudad. Este incidente no rebosará la paciencia de los sufridos contribuyentes y el gobierno municipal tendrá más plazo para intentar atajar la ola de criminalidad sobrevenida.
El inspector Arias, satisfecho, terminó de comunicar al reportero todas las novedades del caso y se congratuló de la rapidez con que fue resuelto el asunto.
Joaquín Yerga
28/07/2013
martes, 23 de febrero de 2016
Licencia para contar
--Ahorita que te besé me comí tu chicle
--Yo no traía chicle
--¿Entonces qué era?
--Tengo gripe
(Permitido hacer ascos)
Este año cumplirá 88 años (bien llevados por cierto), mí… James Bond favorito, Sean Connery. Además de interpretar los mejores filmes de esta magnífica serie policíaca, este escocés militante protagonizó un montón de buenas películas. Entre estas hay una en la que bordó su papel de protagonista… luego hablaré de ella.
También se cumplen estos días, además, dos años de la muerte en Milán del escritor Italiano Umberto Eco. Posiblemente a muchos la noticia les pasará desapercibida, sin embargo otros lo recordaremos con cierta nostalgia.
La primera obra que leí de Umberto Eco (como casi todos) fue “El nombre de la rosa”, magnífica novela que me impactó gratamente. Se publicó en el año 1980 pero yo la leí unos años más tarde. Después he tenido el placer de deleitarme con unos cuantos libros más suyos como… El péndulo de Foucault o El cementerio de Praga.
Umberto Eco, según sus analistas fue un tipo excepcional. Tocó muchas disciplinas y todas estupendamente. Fue semiólogo (experto en signos), filósofo (hay que serlo para poder escribir algunos de su libros), historiador, catedrático o experto medievalista. Estaba considerado uno de los mejores escritores contemporáneos, de la talla de… García Márquez o Paul Auster.
Volviendo a su más famosa obra “El nombre de la rosa”, sabemos que en cuanto apareció en las librerías se vendió como churros. Fue uno de los mejores best sellers de la época. No sé cuánto tiempo estaría en la lista como libro más vendido, pero me consta que fue mucho. Y aunque no siempre coincide best sellers y calidad literaria de los mismos este caso fue una agradable excepción.
Reconozco que ésta ha sido una de las novelas más entretenidas y apasionantes que han pasado por mis manos. Y recuerdo que la leí de un tirón… de un tirón largo porque no es escueta precisamente. Recuerdo, también, el inmenso placer que me proporcionaba pues noche tras noche (que era cuando la podía leer) acompañaba con mi imaginación al franciscano fray Guillermo de Baskerville a ir destejiendo poco a poco la complicada madeja en la que se había convertido los horribles asesinatos de aquellos monjes en esa siniestra abadía.
Seis años después de aparecer el libro, Jean Jacques Annaud, el director francés de la versión cinematográfica, le puso imágenes a la historia y caras a nuestros héroes y villanos. Quizás sea ésta película una de las pocas versiones de libros que se han realizado que más se ajusta a nuestra atrevida imaginación, después de leer la novela.
La novela en cuestión lleva toda ella, digamos, dos recorridos paralelos. Por una parte Eco nos introduce de lleno en una intriga al estilo Sherlock Holmes, con asesinatos misteriosos, sesuda investigación y desenlace final inesperado. La otra vía nos traslada al desconocido siglo XIV europeo (Edad Media) con sus miserias y sus miedos en donde la religión se imponía como leit motiv de la vida en ese valle de lágrimas que era el mundo en aquellos tiempos.
En la descripción histórica de la época, Umberto Eco se explaya a gusto mostrándonos su inmensa sabiduría. Nos mete de rondón retazos muy creíbles de la historia del cristianismo. Y nos la aliña, además, con aderezos de filosofía, como cuando hace coincidir las ideas de Fray Guillermo con las muy avanzadas de los filósofos racionalistas ingleses Roger Bacón y Guillermo de Ockham, en donde la razón y la lógica tiene que imponerse al miedo y la superstición.
También rescata del ostracismo al gran Aristóteles y a su magna obra “Poética”, haciendo de ese, “libro prohibido” en donde se ensalza la risa como un medio para llegar a Dios. Lo contrapone, no obstante, con la soberbia obstinación por parte del venerable fray Jorge (el ciego) al que lo hace coincidir con las ideas retrogradas de la inquisición.
Por mi parte tal vez sea el libro que más veces he leído, quizás lleguen a tres o cuatro las ocasiones. Para mi satisfacción coincide en él dos cosas que me apasionan. Una es el suspense de unos asesinatos intrigantes y las pesquisas por descubrir al culpable. La otra el relato y la descripción pormenorizada de una parte de nuestra historia religiosa y medieval europea… tan interesante por otra parte.
De la película, nunca llegaré a las veinticinco veces que Alfonso Guerra confesó haber visto… Muerte en Venecia, pero al igual que el libro homónimo, de las tres o cuatro no baja.
Joaquin Yerga
23/02/2016
lunes, 15 de febrero de 2016
La delgada linea roja
domingo, 7 de febrero de 2016
El tiempo entre posturas
viernes, 5 de febrero de 2016
Me la encontré en la calle y rota de dolor me contó lo de su padre
Ella no fue, entre todas, la más bella
pero me dio el amor más hondo y largo.
Otras me amaron más; y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.
--José Á. Buesa--
—Ahora comprendo mejor a mi padre, Joaquín—me soltó en cuanto nos saludamos—qué ingrata he sido con él
Hablábamos en mitad de la calle. Aún estaba dolida por su actitud con su padre. No hizo falta tirarle de la lengua, deseaba desahogarse con alguien. Su padre, amigo mío, había fallecido de un infarto unos meses atrás, y eso tuvo especial significación entre los que lo conocimos, por las circunstancias familiares que tal vez le indujeron a la muerte. La vi muy afectada, y comprendí su amargura:
—No te preocupes por eso—le dije—tú no sabías nada de lo que pasaba; no tenías por qué saber..
—Lo sabía a medias—replicó desolada—le eché la culpa a él de la separación de mi madre y le hice la vida imposible. Además, no le dejé ni ver a mi hija éste último año, y eso no me lo perdonaré nunca
Al decirme lo de la niña vi el cielo abierto para contarle cosas que yo sabía que ella desconocía y que estaba loco por contarle:
—Si es por eso no te mortifiques—insistí—yo sé que él veía a la niña a escondidas. En las horas de recreo, tras la verja, la miraba a lo lejos.
Noté su impresión al enterarse. Suspiró aliviada:
—Gracias, Joaquín, no sabes cuánto me alegra que me digas eso, no lo sabía. Eso era lo que peor llevaba.
Pasaba poca gente por la calle y hacía fresco. Conversábamos a la sombra de la fachada de su casa. Tras de un buen rato de charla, antes de despedirnos me confesó más tranquila:
—He tardado mucho tiempo en comprender que el tiempo que viví sin el cariño de mi padre fue un tremendo error del que nunca me arrepentiré lo suficiente.
Asentí con la cabeza, pero le hice un gesto con las manos con la intención de quitarle hierro al asunto y no sufriera. Ella quiso saber algo más de su padre y yo le conté. Hablamos un rato más. Luego nos abrazamos y nos dijimos adiós. Me fui satisfecho por haberla consolado, al menos un poquillo.
Es hija única. Sus padres se habían separado de mutuo acuerdo tiempo atrás. Él anduvo con una viuda unos meses después. Un día me contó que lo hacía porque se moría de soledad, pero no tardaron en romper. Sufrió mucho por el injusto castigo que le impuso su hija.. Me consta que ella se esfuerza ahora en explicarle a la chiquilla el amor desinteresado de su abuelo. Y sé también que trata por todos los medios de restañar las heridas y los remordimientos que le dejó su muerte.
Joaquín
