martes, 11 de septiembre de 2018
Erase una vez un cura que...
lunes, 10 de septiembre de 2018
Cualquier tiempo pasado fue mejor...
sábado, 8 de septiembre de 2018
A hombros de gigantes...
¿Mi secreto? ¡Es tan triste! Estoy perdido
de amores por un ser desaparecido,
por un alma liberta,
que diez años fue mía, y que se ha ido...
¿Mi secreto? Te lo diré al oído:
¡Estoy enamorado de una muerta!
¿Comprendes -tú que buscas los visibles
transportes, las reales, las tangibles
caricias de la hembra, que se plasma
a todos tus deseos invencibles-
ese imposible de los imposibles
de adorar a un fantasma?
¡Pues tal mi vida es y tal ha sido
y será!
Si por mí sólo ha latido
su noble corazón, hoy mudo y yerto,
¿he de mostrarme desagradecido
y olvidarla, no más porque ha partido
y dejarla, no más porque se ha muerto?
(Amado Nervo)
El médico francés, Louis Pasteur, llevaba años experimentando con pollos inoculándoles dosis de cólera. Evidentemente estos morían rápidamente. Un día se equivocó y echó menos cantidad de lo que solía; los pollos desarrollaron la enfermedad pero de manera leve, y sobrevivieron. Al día siguiente les inyectó dosis más fuertes y sorprendentemente los pollos se volvieron inmunes al cólera. Acababa de inventar la vacuna.
El mismo Pasteur poco después hizo lo mismo pero con la rabia y obtuvo un extraordinario resultado con perros. Un día, a un niño de 9 años, Joseph Meister, le mordió un perro rabioso y se lo llevaron ante él, que tras dudarlo mucho comenzó a inyectarle pequeñas dosis de la rabia, el sistema inmunológico del niño creo defensas y se salvó. Y miren qué curioso, cuando el niño fue adulto trabajó toda su vida como conserje en el instituto donde Pasteur era director.
La medicina como tal empezó en Egipto hace 5000 años, como tantas cosas. Sin embargo allí creían que la enfermedad era cosa de maleficios, de castigo divino o cosas por el estilo. Entre los escasos remedios que desarrollaron para paliar los males estaban, ¡mira tú!, hechizos y potingues elaborados con diferentes hierbas. También usaban miel o leche, es decir poca leche...
Los griegos, más listos y pioneros en tantos adelantos, ya se dieron cuenta que las enfermedades nada tienen que ver con la mala suerte ni con los dioses, sino que era culpa más bien de la comida, del clima o de la ocupación del individuo, y aplicaron la razón. Hubo un griego del siglo V a.c. al que se le considera el padre de la medicina, Hipócrates. Éste buen hombre apenas concibió ningún adelanto para curar enfermedades, pero sí sentó las bases para el comportamiento del médico, que hasta entonces era considerado poco menos que un curandero. Él creó escuela y tuvo muchos seguidores, entre todos idearon el “Corpus Hipocraticum” un compendio de 32 libros que aun hoy se tiene muy en cuenta entre los médicos.
Los romanos, mas tarde, tuvieron a Galeno como figura tan principal que incluso su nombre se ha convertido hoy en día en sinónimo de médico. Las ideas de Galeno supusieron un gran avance para la medicina. Reconoció, ¡ya ves tú!, que las arterias contienen sangre y no aire, o que el corazón es el que impulsa la sangre. Hoy nos parece inverosímil estas cosas pero entonces no había medios ni se podía diseccionar personas, sólo animales, y no es lo mismo, claro...
Los romanos fueron los inventores de los hospitales, que como tantas cosas se debió a la guerra. Empezaron con tiendas de campaña para atender a los heridos y acabaron por fundar sanatorios. Por cierto, y mira si estaban adelantados que cada cinco años limpiaban a fondo las ciudades para evitar enfermedades infecciosas. Al intervalo entre estos cinco años le llamaron lustro, por lo de lustrar, ¡qué cosas!..
En la Edad Media hubo un retroceso en todo lo conseguido hasta entonces, y se volvió a la superstición o al pecado como causantes de las enfermedades. Por ejemplo, como la cirugía se consideraba algo despreciable y pecaminoso se quedó en manos de barberos, ¡Imaginen que carnicerías! Ya durante los primeros años del cristianismo y ante la falta de remedios que curaran de verdad se buscó a santos y beatos, que a base de milagros supliera los escasos medios con los que se contaban. Y así recurrieron a San Cosme y San Damián como patrones de la medicina; luego hubo otros como San Vito (¿Sabían que al pobre Vito lo quemaron a fuego lento por orden del emperador Diocleciano, por ser cristiano. Y lo el baile se debe a los saltos que pegaba "el pobre" cuando sus pies desnudos tocaba las brasas? o San Antonio, patrón de los epilépticos. En fin...
Los musulmanes también tuvieron sus médicos sabios, los persas Rhazes o Avicena, éste último es el más conocido de todos. Además a ellos se debió el que las obras de Hipócrates o Galeno llegaran a occidente. Ellos las tradujeron al árabe y de aquí pasaron al latín. El español más importante de aquella lejana época fue, Miguel Servet, que descubrió la circulación de la sangre. Éste pobre hombre fue quemado en la hoguera, pero no por eso, sino por hereje; ya saben como se las gastaban entonces..
Y llegó el Siglo de las Luces (XVIII) y siguiente, con sus adelantos, y con él, el británico Dr. Jenner, que se dio cuenta que los granjeros que andaban con vacas no padecían viruelas, con lo que se puso manos a la obra y descubrió que muchos de estos animales las sufrían, pero mucho más benigna que la humana. Y se percató de que todas las personas que se rozaban con ellas acababan inmunizadas de esa terrible enfermedad; no tardó en fabricar su vacuna.. ¡Y mano de santo!, acabó con ésta lacra de por vida. Por cierto, la palabra vacuna viene de vaca, precisamente por esto.
El Dr. Jenner abrió el camino pero luego vinieron otros como... Pasteur y sus magníficos descubrimientos de vacunas contra muchas enfermedades infecciosas, o la manera de conservar alimentos como la leche. Acuérdense, "pasteurizar", los hermanos Pascual saben mucho e esto. También la humanidad le debemos lo impagable al Dr. Fleming, por su invento, (aunque fuera de casualidad), de la penicilina. Gracias a ella se han salvado millones de personas que adquirían el tétanos o se infectaban por cualquier tontería. Recuerden que los toreros le erigieron una estatua junto a la plaza de toros de “Las Ventas” en Madrid, porque gracias a la penicilina los toreros salen vivitos y coleando de muchas cornadas. Antes morían “como chinches” por culpa de las infecciones producidas por las heridas.
En fin, esta es la historia a grandes rasgos de la medicina. En 5000 años hemos pasado de los ungüentos y hechizos para mal curar a los enfermos a la manipulación del ADN, y con ello la entrada a un futuro muy prometedor; por lo menos en esta materia. No ha sido mucho tiempo si tenemos en cuenta que los humanos llevamos sobre la tierra más de 200.000 años. Bueno, ahora un bichito llamado Cononavirus nos está dando la fiesta, pero apuesto que tiene los días contados..
Buena salud... Por si acaso...
Joaquín
martes, 4 de septiembre de 2018
Pero, ¡Qué bruja eres!...
¿Qué es un Aquelarre?.. Pues como un botellón pero en la Edad Media...
Hablando de brujas y brujerías; se me ocurre ponerles al tanto de este, siempre, intrigante asunto. Confieso que algo he leído al respecto, y poco me cuesta hacerles un pequeño resumen con la intención, eso sí, de hacérselo ameno y puedan participar conmigo. Si alguna vez me ha interesado éste enigmático mundo ha sido más que nada por el puntazo de morbo y superstición que tiene; y es que todo lo que sale de madre me parece sumamente atractivo.Pues miren que cosa, esa imagen que ronda por nuestra cabeza sobre las antiguas brujas, según la cual serian todas mujeres viejas, arrugadas, enlutadas, sin dientes y, tal vez con nariz aguileña y desproporcionada, no se ajusta con la realidad histórica. Resulta que éstas, antaño, hechiceras eran, precisamente, jóvenes lozanas y bellas, y gracias a sus atrayentes atributos fueron condenadas muchas; ¡su atractivo sexual era una muestra de su maldad! según autoridades eclesiásticas ¡Y es que la envidia es muy mala!...Otra de las ideas que, imagino tenemos todos de aquellos misteriosos aquelarres que organizaban las brujas, en donde no faltaban sacrificios de niños, cópulas con animales, (sobre todo cabras animal muy recurrente para estos actos) o elaboración de pócimas humeantes y venenosas, parece ser nunca existieron, sino que sólo fueron inventos de las calenturientas mentes de los inquisidores.Al principio del cristianismo la brujería no estaba muy penalizada y por tanto las brujas gozaban de cierta permisividad. Incluso, San Agustín, el más grande Padre de la Iglesia, decía que no le parecía mal que se invocara al demonio para ciertos hechos porque entendía que así la gente distinguiría perfectamente la, digamos parte positiva del asunto, al representarse al demonio como el mal, las tinieblas y la muerte, mientras que Dios era el bien, la luz y la vida. Pero hete aquí que vino un Papa, Inocencio VIII, allá por el siglo XV, que se le metió en la cabeza la idea de que las brujas podrían aprovechar estos aquelarres para provocar enfermedades, desastres naturales o plagas, y se desató en toda Europa una escalofriante persecución contra ellas.Ya nada fue igual, fueron a por ellas y las persiguieron con saña allá donde estuvieran. Cuando se creó el Santo Tribunal de la Inquisición, aunque como imaginan de santo tenía poco, hubo personal del mismo encargados expresamente de perseguir y castigar a las brujas y allegados, ¡y para qué contarles lo que hicieron!...Pues se lo voy a contar para que no se queden con las ganas: Cuando por alguna extraña razón alguna mujer (normalmente joven y bella) no se comportaba como se esperaba de ella, o se resistía a acceder a los perversos deseos de algún personaje importante de la comunidad, enseguida se la catalogaba como bruja o hechicera con la aviesa intención de hacer recaer sobre ella el desprecio de sus convecinos o directamente la venganza del frustrado pretendiente. Después se hacía correr de boca en boca la falsa acusación para que todo el pueblo la señalara como maligna, pérfida o bruja; e inmediatamente después intervenía las autoridades de la Inquisición. Éstos tíos serían con toda seguridad los más fanáticos, santurrones y envidiosos de la jerarquía.Las torturas a las que eran sometidas estas pobres infelices eran tremebundas. Si no confesaban sus supuestos crímenes, el suplicio y tormento se tornaba insufrible. Desde arrancamiento de uñas, dislocación de miembros o quemadas a fuego lento, hasta el empalamiento por el trasero de objetos contundentes. Una vez que se declaraban culpables se paraba la tortura, y la desgraciada, dependiendo lo que declaraba, era o bien ejecutada en medio de la plaza del pueblo, normalmente quemada a fuego lento, o perdonada, aunque esto último no era muy habitual. Como pueden imaginar casi todas se declaraban culpables por no soportar el terrible tormento. Uno de los pocos que se atrevió a denunciar estas barbaridades fue, el jesuita padre Spee quien, convencido de la inocencia de las más de 200 reos y reas que acompañó a la hoguera, publicó anónimamente en 1631 un libro en el que afirmó que todos los canónigos, doctores, obispos o curas de la iglesia se confesarían hechiceros o brujos si fuesen sometidos a los mismos tormentos.Según datos históricos, aunque no son del todo fiables, hasta final del siglo XVII que se terminó esa pesadilla, fueron ejecutadas en Europa entre 750.000 y 2.000.000 de mujeres. Como pueden comprobar la cosa no iba de broma.Dicho queda...Joaquin Yerga
lunes, 3 de septiembre de 2018
Sueños y realidades..
¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
es un estado de divinidad.
El que duerme es un Dios...
Despiertos vemos todos lo mismo:
vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
las criaturas efímeras... dormidos
cada uno está en su mundo:
hermético, cerrado a ajenos ojos,
a ajenas almas; cada mente hila
su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)
--Amado Nervo--
Subíamos los dos por Gran Vía dirección a Callao, era tarde y el día agonizaba. La hermosa avenida hervía de coches y transeúntes que iban y venían sin rumbo aparente. De vez en cuando debíamos rodear, para no tropezar con ellos, algún mendigo que dormía plácidamente entre cartones en mitad de la acera.
Pasado el cruce con la calle Montera, justo en la Red de San Luis, contemplamos estupefactos a uno de esos mendigos tapado con mantas y cartones, y rodeado de tres carritos de la compra atestados de cachivaches inútiles. Con todos sus aperos, el tipo ocupaba más de media acera. Alucinados, todos contemplábamos la surrealista escena, yo el primero. Mi acompañante me miró y exclamó sorprendida:
--¿Cómo es posible, Joaquín, con las miles de personas que pasamos por aquí a diario y estos pobres durmiendo entre la multitud sin inmutarse?--
Sin dejar de posar la vista en aquel extraño panorama mientras saltábamos a la calzada para no pisarlo, le respondí..
--Ya lo ves, son gente que se sienten más seguras aquí que en cualquier rincón apartado. La mayoría son extranjeros y con problemas mentales. Por cierto, cada vez hay más mujeres--
--Entiendo que no tengan nada y estén en la calle, pero ¿En mitad de la acera y cargados con muebles viejos, colchones y demás trastos inútiles?---me dijo mostrando extrañeza--
--Bueno, los hay con el Síndrome de Diógenes, como éste---le dije señalándole al indigente que acabábamos de sortear---ésa manía que tienen algunos de acaparar cosas. Por cierto, ¿tú sabes quién fue Diógenes?---le pregunté--
--Algo he leído. Creo que era griego, ¿no?---quiso saber ella, respondiéndome con otra pregunta--
--Sí, y aunque te parezca mentira fue un importante filósofo de la antigüedad---le dije---una vez llegó al ágora (plaza pública) de Atenas con un farol en la mano a plena luz del día.. La gente, asombrada, le preguntaba; ¿Qué haces?, ¿Qué buscas?. Y el respondía: “busco a un hombre honesto”. Esto lo decía convencido de que no lo encontraría, pues según su parecer todos estaban degenerados por la civilización y el progreso--
Mientras andábamos le miré la cara y la vi muy interesada por lo que le contaba, así que volví a la carga:
--Y no te escandalices por lo que te diga---le advertí---pero Diógenes pretendía vivir como los animales en cuanto a posesión de bienes materiales, ropas y demás pertenencias, y como tal se comportaba; es decir, hacía sus necesidades en plena calle, se masturbaba si fuese menester delante de todos, o abogaba por el incesto como forma natural de relaciones sexuales--
--Ufffff qué guarro, ¿no?---me respondió mi amiga asqueada---pero, ¿qué tiene que ver éste tipo con lo de acumular cosas?---se extrañó--
--Pues sí tiene que ver---le repliqué---él mantenía una teoría de vida un tanto peculiar. Según su punto de vista tendríamos que vivir tal y como la naturaleza nos indica, o sea, nada de condicionamientos sociales ni lujos superfluos, sólo concedía importancia a la Ley Natural. Todo lo que no fuera natural lo criticaba con dureza: las vanidades, la abundancia, la familia, etc. etc. Insistía una y otra vez en que la verdadera riqueza del hombre está en su alma y no en su casa--
--Hombre, Joaquín, visto así, no tenía tan malas ideas, el tipo---me confesó mi amiga complaciente--
--Y además predicó con el ejemplo---le dije yo---rechazó su casa y comodidades y se dispuso a vivir en un tonel de por vida. Vagaba por las calles de Atenas intentando convencer a la gente de las bondades de sus teorías. Lo hacia desnudo y descalzo porque entendía que habría que hacerlo exactamente igual que los animales. Él pensaba que la civilización había llegado demasiado lejos en sofisticación y soberbia y se debería volver a vivir como en los albores de la creación. ¡Ya ves!, ¡si nos viera ahora!---concluí con sorna--
--Jajaja ¡Uy, si nos viera ahora, se moría del disgusto!---se carcajeó ella--
--Pues sí, pero, en el fondo, este hombre era un provocador---insistí---y, mira si era retorcido, que tenía la costumbre de entrar al teatro cuando había terminado la función y todo el mundo salía, porque así entorpecía dando codazos a los asistentes. En fin, ¡no me digas que no era un tipo curioso jajaja!---me reí con ganas---
Según llegamos a Callao, tan llena de gente que a duras penas podíamos abrirnos camino, aún vimos a un par de indigentes más, refugiados de la inclemencia del tiempo bajo cartones y mantas. La multitud los rodeaba y los miraba sin parar de andar como si fueran extraterrestres. Pero nosotros hacíamos lo mismo..
Joaquín
Camino de Callao
martes, 28 de agosto de 2018
¡Qué noche la de aquel día!
Y Enrique Templier decía esto con una voz tan furiosa como si le propusieran una infamia.
Los otros, riendo, exclamaban:
—¿Por qué te encolerizas así?
—Porque la Nochebuena me ha jugado la más abominable de las burlas. Porque guardo un invencible horror a esta noche de alegría imbécil.
—¿Qué fue?
—¿Qué? ¿Vosotros queréis saberlo? Pues escuchad. Aquel invierno era muy frío, tan frío que hacía morir a los pobres en las calles. Tenía yo entonces entre manos una obra urgente y rehusé todas las invitaciones que me fueron hechas para celebrar la Nochebuena, prefiriendo pasar la noche delante de mi mesa de trabajo. Comí solo y volví a mi tarea. Pero hacia las diez, el ruido de las calles, que a pesar de mis preocupaciones percibía, y los preparativos de cena que se advertían en la vecindad, me agitaron.
No sabía lo que hacía. Escribía cien disparates y comprendí que no haría cosa de provecho en aquella noche. Daba grandes paseos por mi cuarto; me sentaba, me levantaba; indudablemente sufría la misteriosa influencia de la alegría de fuera, y me resigné. Llamé a mi muchacha y le dije:
—Ángela, vaya usted a buscar cena para dos; ostras, una perdiz y cangrejos, jamón y pasteles. Traiga usted también dos botellas de champaña; ponga dos cubiertos y acuéstese usted.
Obedeció un poco sorprendida. Cuando todo estuvo preparado me puse el abrigo y salí.
Quedaba una gran cuestión que resolver. ¿Con quién celebraría mi Nochebuena? Mis amigos estarían todos invitados. Para contar con uno hubiera sido necesario comprometerle anticipadamente. Entonces pensé en realizar una buena acción al mismo tiempo que me procuraba compañía. Y me dije: “París está lleno de hermosas y pobres jóvenes que no tienen cena esta noche y que andan errantes en busca de un muchacho generoso. Yo seré la Providencia de Navidad para una de esas desheredadas. Voy a corretear un poco por las calles, entraré en los lugares del placer, preguntaré, ojearé y escogeré a mi gusto”.
Y empecé a recorrer la ciudad. Desde luego, encontré gran número de muchachas infelices que buscaban aventura, pero unas eran feas hasta proporcionar una indigestión, y otras tan delgadas que podían quebrarse por los pies si se tropezaban. Yo soy débil, ya lo sabéis. Adoro a las mujeres llenitas. Cuanto más metidas en carnes, más me gustan. De pronto, cerca del teatro de Variedades, descubro un perfil que me agrada. Una cabeza hermosa y dos curvas atractivas: la del pecho, muy bella; la de más abajo, sorprendente. Una barriga de pato gordo. Me quedaba un punto que esclarecer: el rostro. El rostro es el postre; y el resto, el asado. Apreté el paso. Era encantadora, muy joven, morena y con grandes ojos negros. Le hice mi proposición, que aceptó sin vacilar. Un cuarto de hora después estábamos sentados a la mesa en el comedor de mi casa.
Al entrar exclamó:
—¡Ah, qué bien se está aquí!
Y miraba alrededor con la satisfacción visible de haber encontrado habitación y mesa en aquella noche glacial.
Era una mujer arrogante y gruesa. Se quitó el abrigo y el sombrero. Se sentó y se puso a comer; pero no parecía del todo bien dispuesta. De cuando en cuando, su cara, un poco pálida, se alteraba como si sufriese un dolor oculto. Le pregunté:
—¿Tienes algún disgusto?, ¿te pasa algo?
Me contestó:
—¡Bah! Olvidémonos de todo.
Empezó a beber. Vaciaba de un sorbo su vaso de champaña y lo llenaba sin cesar. Bien pronto empezó a ponerse encarnada y a reír locamente. Yo la adoraba ya. La besaba apasionadamente y descubrí que no era vulgar ni grosera.
En fin: llegó el momento de acostarse, y mientras yo levantaba la mesa colocada delante de la chimenea, ella se desnudó vivamente y se deslizó entre las sábanas. Mis vecinos hacían un ruido infernal, riendo y cantando como locos, y yo pensaba: “He hecho bien en ir a buscar a esta hermosa muchacha. No habría sido posible trabajar de ningún modo”.
Un quejido profundo me hizo volver la cabeza.
—¿Qué tienes, querida?
No respondió, pero siguió suspirando dolorosamente, como si sufriera de una manera horrible.
—¿Estás indispuesta? —le pregunté.
Entonces lanzó un grito, un grito espantoso. Me precipité hacia ella con una bujía en la mano. Su fisonomía estaba descompuesta por el dolor. Se retorcía las manos y salían de su garganta gemidos sordos como el estertor de un agonizante. Aturdido, yo le preguntaba:
—¿Qué tienes?
No respondía y comenzó a dar alaridos. De pronto, las vecinas callaron y se pusieron a escuchar lo que pasaba en mi habitación.
—¿Qué tienes? Dímelo —repetía yo—. ¿Qué te duele?
Entonces balbuceó:
—¡Oh, mi vientre, mi vientre!
Levanté sus ropas y vi…
Aquella mujer, amigos míos ¡estaba dando a luz!
Entonces, con la cabeza perdida, fui hacia la pared de mi cuarto y empecé a dar puñetazos gritando con todas mis fuerzas:
—¡Socorro, socorro!
La puerta se abrió y se precipitó en mi cuarto una multitud de hombres vestidos de frac, mujeres escotadas, pierrots, turcos, mosqueteros. Esta invasión me enloquecía de tal modo que no acertaba a encontrar una explicación. Temían un accidente grave, un crimen, quizá, y no me comprendían. Yo pude decir al fin:
—Es… es que está dando a luz.
Entonces todos la examinaron, dando cada uno su opinión. Un capuchino, sobre todo, pretendía ser inteligente en el asunto y quería ayudar a la Naturaleza. Todos estaban más o menos borrachos y creo que la hubieran matado. Yo me precipité sin sombrero por la escalera para buscar un médico viejo que vivía cerca. Cuando volví con el médico, los vecinos de todos los pisos ocupaban mi habitación. Cuatro desahogados, sentados a la mesa, concluían con mis cangrejos y mi champaña.
A mi llegada, oí un grito formidable y una lechera me presentó sobre una tabla un pedazo de carne, arrugada y doblada, que gemía y maullaba como un gato.
—Es una niña —me dijo.
El médico examinó a la recién parida, declarando que su estado era grave por haber sucedido el parto después de una cena, y se fue, anunciándome que mandaría a una enfermera y una nodriza. Las dos mujeres llegaron una hora después, trayendo un paquete de medicamentos. Yo pasé la noche en una butaca, demasiado aturdido para poder reflexionar sobre las consecuencias del lance.
Volvió el médico por la mañana y halló bastante mal a la enferma.
—Su mujer de usted —me dijo.
—No es mi mujer —le interrumpí.
—O su querida, poco me importa —y siguió enumerando los cuidados, los medicamentos y el régimen que necesitaba.
¿Qué hacer? Enviar a esa desgraciada al hospital hubiera significado aparecer a los ojos de toda la vecindad, del barrio entero, como un desalmado. La retuve en mi casa y estuvo seis semanas enferma en mi misma cama.
¿El niño? Lo di a criar en un pueblo cercano. Me cuesta cincuenta pesetas al mes y, habiendo pagado hasta hoy, me veo obligado a pagar hasta que me muera. Cuando tenga criterio para comprender, supondrá que soy su padre.
Y para colmo de desdichas, cuando estuvo curada…, me quería, me quería con delirio la muy…
Pero se puso delgada como un gato hambriento. Y me paso el día huyendo de la maldita, que parece un esqueleto, y me aguarda en las calles, se esconde para verme pasar, me detiene de noche cuando salgo, para besarme la mano, me aburre y me vuelve loco.





