viernes, 17 de agosto de 2018

El amor llamó a mi puerta




"Supongo que a veces te toca ser sólo un momento en la vida de alguien"

Fría, glacial era la noche. El viento silbaba medroso y airado, la lluvia caía tenaz, ya en ráfagas, ya en fuertes chaparrones; y las dos o tres veces que Marta se había atrevido a acercarse a su ventana por ver si aplacaba la tempestad, la deslumbró la cárdena luz de un relámpago y la horrorizó el rimbombar del trueno, tan encima de su cabeza, que parecía echar abajo la casa.
Al punto en que con más furia se desencadenaban los elementos, oyó Marta distintamente que llamaban a su puerta, y percibió un acento plañidero y apremiante que la instaba a abrir. Sin duda que la prudencia aconsejaba a Marta desoírlo, pues en noche tan espantosa, cuando ningún vecino honrado se atreve a echarse a la calle, sólo los malhechores y los perdidos libertinos son capaces de arrostrar viento y lluvia en busca de aventuras y presa. Marta debió de haber reflexionado que el que posee un hogar, fuego en él, y a su lado una madre, una hermana, una esposa que le consuele, no sale en el mes de enero y con una tormenta desatada, ni llama a puertas ajenas, ni turba la tranquilidad de las doncellas honestas y recogidas. Mas la reflexión, persona dignísima y muy señora mía, tiene el maldito vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve para amargar gustos y adobar remordimientos. La reflexión de Marta se había quedado zaguera, según costumbre, y el impulso de la piedad, el primero que salta en el corazón de la mujer, hizo que la doncella, al través del postigo, preguntase compadecida:
-¿Quién llama?
Voz de tenor dulce y vibrante respondió en tono persuasivo:
-Un viajero.
Y la bienaventurada de Marta, sin meterse en más averiguaciones, quitó la tranca, descorrió el cerrojo y dio vuelta a la llave, movida por el encanto de aquella voz tan vibrante y tan dulce.
Entró el viajero, saludando cortésmente; y sacudiendo con gentil desembarazo el chambergo, cuyas plumas goteaban, y desembozándose la capa, empapada por la lluvia, agradeció la hospitalidad y tomó asiento cerca de la lumbre, bien encendida por Marta. Esta apenas se atrevía a mirarle, porque en aquel punto la consabida tardía reflexión empezaba a hacer de las suyas, y Marta comprendía que dar asilo al primero que llama es ligereza notoria. Con todo, aun sin decidirse a levantar los ojos, vio de soslayo que su huésped era mozo y de buen talle, descolorido, rubio, cara linda y triste, aire de señor, acostumbrado al mando y a ocupar alto puesto. Sintióse Marta encogida y llena de confusión, aunque el viajero se mostraba reconocido y le decía cosas halagüeñas, que por el hechizo de la voz lo parecían más; y a fin de disimular su turbación, se dio prisa a servir la cena y ofrecer al viajero el mejor cuarto de la casa, donde se recogiese a dormir.
Asustada de su propia indiscreta conducta, Marta no pudo conciliar el sueño en toda la noche, esperando con impaciencia que rayase el alba para que se ausentase el huésped. Y sucedió que éste, cuando bajó, ya descansado y sonriente, a tomar el desayuno, nada habló de marcharse, ni tampoco a la hora de comer, ni menos por la tarde; y Marta, entretenida y embelesada con su labia y sus paliques, no tuvo valor para decirle que ella no era mesonera de oficio.
Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa de Marta no había más dueño ni más amo que aquel viajero a quien en una noche tempestuosa tuvo la imprevisión de acoger. Él mandaba, y Marta obedecía, sumisa, muda, veloz como el pensamiento.
No creáis por eso que Marta era propiamente feliz. Al contrario, vivía en continua zozobra y pena. He calificado de amo al viajero, y tirano debí llamarle, pues sus caprichos despóticos y su inconstante humor traían a Marta medio loca. Al principio, el viajero parecía obediente, afectuoso, zalamero, humilde; pero fue creciéndose y tomando fueros, hasta no haber quien le soportase. Lo peor de todo era que nunca podía Marta adivinarle el deseo ni precaverle la desazón: sin motivo ni causa, cuando menos debía temerse o esperarse, estaba frenético o contentísimo, pasando, en menos que se dice, del enojo al halago y de la risa a la rabia. Padecía arrebatos de furor y berrinches injustos e insensatos, que a los dos minutos se convertían en transportes de cariño y en placideces angelicales; ya se emperraba como un chico, ya se desesperaba como un hombre; ya hartaba a Marta de improperios, ya le prodigaba los nombres más dulces y las ternezas más rendidas.
Sus extravagancias eran a veces tan insufribles, que Marta, con los nervios de punta, el alma de través y el corazón a dos dedos de la boca, maldecía el fatal momento en que dio acogida a su terrible huésped. Lo malo es que cuando justamente Marta, apurada la paciencia, iba a saltar y a sacudir el yugo, no parece sino que él lo adivinaba, y pedía perdón con una sinceridad y una gracia de chiquillo, por lo cual Marta no sólo olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que, por el exquisito goce de perdonar, sufriría tres veces las pasadas desazones.
¡Que en olvido las tenía puestas…. cuando el huésped, a medias palabras y con precauciones y rodeos, anunció que «ya» había llegado la ocasión de su partida! Marta se quedó de mármol, y las lágrimas lentas que le arrancó la desesperación cayeron sobre las manos del viajero, que sonreía tristemente y murmuraba en voz baja frasecitas consoladoras, promesas de escribir, de volver, de recordar. Y como Marta, en su amargura, balbucía reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce y vibrante, alegó por vía de disculpa:
-Bien te dije, niña que soy un viajero. Me detengo, pero no me estaciono; me poso, no me fijo.
Y habéis de saber que sólo al oír esta declaración franca, sólo al sentir que se desgarraban las fibras más íntimas de su ser, conoció la inocentona de Marta que aquel fatal viajero era el Amor, y que había abierto la puerta, sin pensarlo, al dictador cruelísimo del orbe.
Sin hacer caso del llanto de Marta (¡para atender a lagrimitas está él!), sin cuidarse del rastro de pena inextinguible que dejaba en pos de sí, el Amor se fue, embozado en su capa, ladeado el chambergo -cuyas plumas, secas ya, se rizaban y flotaban al viento bizarramente- en busca de nuevos horizontes, a llamar a otras puertas mejor trancadas y defendidas. Y Marta quedó tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos, de temores, de alarmas, y entregada a la compañía de la grave y excelente reflexión, que tan bien aconseja, aunque un poquillo tarde. No sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de que las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la lluvia se estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre su corazón, que le duele a fuerza de latir apresurado, no cesa de prestar oído, por si llama a la puerta el huésped.
Fin

(Emilia Pardo Bazán)


Nota sobre la autora:

Emilia Pardo Bazán, la Pardo Bazán como le llamaban, fue una mujer de “armas tomar”, una mujer muy adelantada a su tiempo, no en vano estudió, escribió, viajó he hizo cosas que en aquella época era impensable vérselas hacer a las mujeres.
Gallega, aunque afincada en Madrid y de familia adinerada se casó muy pronto pero su matrimonio fracasó y decidieron separarse por mutuo acuerdo. Separarse físicamente porque entonces, siglo XIX, como ya sabemos no existía el divorcio. El marido se fue a Galicia y ella se quedó en Madrid coleccionando amantes, todos ellos gente ilustrada. El más famoso fue Benito Pérez Galdós.
Emilia escribió un montón de novelas y relatos cortos y hoy en día está considerada una de las mejores escritoras españolas de todos los tiempos. El relato que nos ocupa hoy, “El viajero” creo, que es una especie de canto al amor. No soy critico ni especialista pero mi impresión es que el viajero que viene y va, que da muchos disgustos unas veces y satisfacciones otras, no son más que las secuelas del amor más profundo.
Espero que lo hayan disfrutado.

                                                                  Joaquín Yerga
                                                                   18/08/2018
                                                                 


domingo, 12 de agosto de 2018

El corazón delator





¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
 Fin.
(Edgar Allan Poe)




Nota sobre el autor:

Qué decir de Edgar Allan Poe que no sepan todos. Quizás que fue el precursor de toda la novela policiaca, de intriga o incluso de terror. Pocos escritores de novelas han existido después de él que no se hayan dejado influenciar por sus escritos.
Poe nació en Boston en 1809, es decir, cuando aquí estábamos aun en plena guerra de la Independencia y murió en Baltimore en los Estados Unidos, a los cuarenta años, demasiado joven. Imaginaros la cantidad de novelas y buenos libros que nos hemos perdido por su temprana muerte.
Los padres de Poe murieron pronto y dejaron al niño huérfano de ambos, lo que hizo que lo adoptara un rico comerciante de origen escocés que era pariente de su madre. Este hombre se portó muy bien con él y a su muerte le dejó una herencia que le permitió dedicarse de lleno a la literatura.
Cambió de ciudad varias veces y estuvo, incluso en Europa, visitando Londres y Paris. De vuelta en América se trasladó a vivir a Nueva York y Baltimore donde llego a hacerse cargo de un periódico que estaba en la ruina y que él levantó y lo hizo próspero gracias a sus relatos por entregas que publicaba semanalmente en él.
Con 26 años se casó con Virginia Clemmfg, una jovencita de 13 años, lo que ha dado lugar a que muchos biógrafos y expertos en su figura entiendan que lo hizo por padecer algún problema de cariz psicológico, como el complejo de Edipo. Creen que Poe se comportó con ella como un padre o hermano mayor más que como esposo y que todo esto fue debido a una más que probable impotencia sexual. Sea lo que fuere, él la quiso y cuando murió su mujer, a los pocos años, comenzaron sus desgracias tanto físicas como psicológicas; se agarró al alcohol y al láudano (opio) que a la postre le llevaron a la tumba.
Aunque personalmente después de morir su mujer su calidad de vida empeoró de manera notable, literariamente fue el momento de mayor esplendor, quizás el alcohol y el opio hiciera estragos en su privilegiada mente hasta el punto de hacerle engendrar esas magnificas historias de terror psicológico que nos ha regalado a la humanidad para nuestro deleite.
Murió en plena calle tras una sonora borrachera, y padecer unos cuántos años de alcoholismo con sus “Deliriums tremens” producidos por la bebida. Después de morir su mujer intentó rehacer su vida sentimental y profesional pero las borracheras y la mala vida se lo impidieron, hasta el punto de ir degenerando poco a poco camino de su temprana muerte.
Lo que escribió Edgar Allan Poe fue inmenso por su cantidad y muy bueno por su calidad; apuesto que poca gente se ha resistido a leer algunas de sus novelas y relatos. A mí, que las he leído casi todas, me gusta especialmente “Los crímenes de la calle Morgue” que fue la precursora del moderno relato deductivo policíaco, o “La carta robada” del mismo estilo. Luego están los relatos cortos como “El cuervo”, “Manuscrito encontrado en una botella” o el “El escarabajo de oro”. Y qué me dicen de “La caja oblonga”, “El barril de amontillado” o “El gato negro” … En fin, lo bueno de Poe era la sencillez de su prosa y lo intrigante de su argumento que hacía que cualquiera, incluidos los jovencitos como era mi caso cuando leía sus relatos, nos engancháramos ávidos a su lectura, y re-lectura, porque yo los sigo leyendo como el primer día.

Dicho queda…
                                                                                Joaquin Yerga
                                                                                13/08/2018

domingo, 5 de agosto de 2018

Armas de mujer






Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia. Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo; recordaba cuanto le había ocurrido en doce meses, todo lo acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo.
Se sentó, abrió un cajón y sacando una fotografía, después de mirarla y darle un beso, la dejó encima de la mesa y empezó una carta: "Mi adorable Irene: Habrás recibido un recuerdo mío; ahora, solo en mi casa, pensando en ti..." No pasó adelante; dejando la pluma, se levantó; iba y venía... Desde marzo tenía una querida, no una querida como las otras, mujer de aventuras, actriz, callejera o mundana; era una mujer a la que había pretendido y logrado con verdadero amor.
El ya no era un joven; pero distando todavía de ser viejo, miraba seriamente las cosas a través de un prisma positivo y práctico. "Hizo balance" de su pasión, como lo hacía siempre al terminar el año, de sus amistades y de todas las variaciones y sucesos de su existencia. Ya calmado su primer apasionamiento ardoroso, podía examinar con precisión hasta qué punto la quería y cuál pudiera ser el porvenir de aquellos amores. Descubrió arraigado en su alma un cariño profundo, mezcla de ternura, encanto y agradecimiento, poderosos lazos que sujetan para toda la vida.
Un campanillazo le hizo estremecer. Dudó. ¿Abriría? Es preciso abrir a un desconocido, que al pasar llama en la noche de Año Nuevo. Cogió una bujía, salió al recibimiento, hizo girar la llave, trajo hacia sí la puerta... y vio en el descansillo a su querida, pálida como un cadáver y apoyando una mano en la pared. Sorprendido, preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella dijo: —¿Puedo entrar?
—¡Ya lo creo!
—¿No me verá nadie?
—Absolutamente nadie.
 —¿Ibas a salir?
—No.
Entró, como quien tiene muy conocida la casa, y desplomándose, casi desmayada, en el diván del gabinete, rompió a llorar. El, arrodillado junto a ella, procuraba suavemente descubrir y ver sus ojos, repitiendo:
—Irene, Irene mía, ¿por qué lloras? Te lo suplico. ¡Dime por qué lloras!
La mujer balbució entre sollozos:
—¡No puedo.., vivir así!
No la comprendía. —¿Vivir así? ¿Cómo?
—No puedo vivir así... en mi casa. No quise decírtelo nunca, pero es horrible... No puedo..., sufro demasiado... Me atormenta... Me ha maltratado!...
—¿Tu marido?
—Sí...
—¡Ah!... Le sorprendió, porque no imaginaba— ¡cómo imaginarlo! —que fuera brutal con su querida el marido; un hombre de finos modales, que frecuentaba el casino, la sala de armas, paseos y escenarios; jinete y tirador; muy conocido y estimado en sociedad, correcto y cortés; hombre de pocos alcances y de limitados conocimientos, pero con la inteligencia indispensable para discurrir como todas las gentes de su mundo y respetar las preocupaciones y rutinas elegantes. Parecía ocuparse de su mujer, como debe hacerlo un hombre, acaudalado y aristócrata: atendiendo a sus caprichos, a su salud, a sus trajes y dejándola perfectamente libre.
Desde que Randal fue presentado a Irene y ella le recibió con agrado, tuvo derecho a las deferencias que todo marido culto sabe guardar a los contertulios de su mujer. Cuando Randal pasó de ser amigo a ser amante, las deferencias del esposo aumentaron, es natural. Y como nada le hizo sospechar que hubiese tempestades íntimas en aquel matrimonio, le sorprendía mucho esta revelación inesperada. ¡Te ha maltratado! No llores y dime cómo fue.
Irene contó una historia muy larga: sus desavenencias, al principio triviales pero más hondas de día en día, la incompatibilidad de sus temperamentos. Empezaron las disputas, acabando en una separación completa; el marido se mostró suspicaz, violento. Más adelante, celoso, celoso de Randal; y acababa de maltratarla.
 —... No vuelvo a mi casa, no. Dime lo que debo hacer.
Jacobo se había sentado muy cerca, y le cogió las manos.
—Piénsalo mucho, y no lo hagas ciegamente; que todas las culpas caigan sobre tu marido; tu salva tu posición de mujer irreprochable.
Mirándole con inquietud, Irene le preguntó: —¿Qué me aconsejas? —Vuelve a tu casa y sufre con resignación hasta encontrar un pretexto para separarte con todos los honores.
 —¿No es algo cobarde tu consejo?
—Es prudente. No puedes arrojar por la ventana tu honra y las atenciones que debes a tu familia. ¡Qué dirán de ti si renuncias a todo en un momento de locura!
Irene se levantó excitada, violenta:
—No puedo más. Todo acabó. ¡Se acabó, se acabó y se acabó!
Luego, apoyando ambas manos en e1 pecho de su amante, le miró a los ojos.
 —¿Me quieres?
—Mucho.
—¿De veras?
—¡Tan de veras!
—Pues bien; viviremos juntos en tu casa.
Randal exclamó asombrado:
—¿En mi casa? ¿Conmigo? ¿Te has vuelto loca? ¿Comprometerte, deshonrarte para toda la vida?
Ella repuso, lentamente, con seriedad, midiendo las palabras:
—Oye, Jacobo. Me ha prohibido que te vea. Yo no soy mujer de las que mienten y engañan. Si vuelvo a mi casa, no volveré más a la tuya. Elige. —Si te divorciases, nos casaríamos —Era necesario esperar dos o tres años... Tu cariño, ¿tiene tanta paciencia? ¿No se sublevaría en ese tiempo? —Reflexiona. Si te quedas hoy aquí, mañana te reclamará; es tu marido: el derecho le asiste, le .ampara la ley.
 —No me interesa quedarme aquí, lo que yo quiero es ir contigo a cualquier parte. Si me quieres, vámonos a donde tú digas, y si no me quieres, adiós.
Jacobo la detuvo:
—Irene, ten calma;
Ella no quería oírle; con los ojos llenos de lágrimas, repetía:
—Déjame..., déjame..., déjame...
La hizo sentar a la fuerza y se arrodilló de nuevo a sus pies. Trató —acumulando reflexiones y consejos— de hacerle comprender lo irreparable de aquella resolución. Estuvo elocuente, y hasta en su mismo cariño halló argumentos convincentes. Le suplicó una y mil veces que le atendiera, que razonara como él, que no se ofuscase.
Fría, serena, cuando Jacobo calló, Irene dijo:
—Está bien; permite que me levante y que me vaya
—No; eso, no.
—Déjame. Tú me rechazas, me voy
—Te vas, pensando que no te quiero.
—Me rechazas.
—¡Dime si tu resolución, si tu loca resolución, de la cual te arrepentirás luego, es irrevocable!
—Sí... Pero ¡déjame!
—No; si estás decidida, mi casa es tu casa. Nos iremos lo antes posible a un lugar seguro; te acompañaré, te seguiré...
—No; no quiero que te sacrifiques. Comprendo... que te sacrificas.    Espera; hice cuanto pude para convencerte; no quise contribuir a perjudicarte. Pero lo que tú hagas
—Habla; explícame cómo te convenciste cuando te proponías convencerme; dime lo que has pensado.
—No he pensado nada. Te advierto que haces una locura, una terrible y dolorosa locura. Insistes, y te pido mi parte; lo de cada uno debe ser de los dos: tu locura, como todo.
—Tampoco me convences.
—Óyeme bien. No se trata ni de sacrificio ni de abnegación. Cuando comprendí que te amaba, pensé lo que debieran pensar todos los amantes en situaciones parecidas: "El hombre que pretende a una mujer, que la enamora, que la consigue, contrae un sagrado compromiso. Naturalmente, cuando se trata de una como tú y no de una mujer fácil y casquivana. El matrimonio, que tiene mucha importancia social, un gran valor legal, a mi juicio, vale poco, moralmente, por las condiciones que lo determinan. Así, cuando una mujer sujeta por ese lazo jurídico, pero que no quiere a su esposo, que no puede quererle, cuyo corazón es libre, siente cariño por un hombre y se hace suya, ese hombre se compromete más en ese mutuo consentimiento que formalizando legalmente un matrimonio. Y si ella y él son personas honradas, la unión debe ser más íntima y estrecha que si la consagraran todas las ceremonias. En tales circunstancias, la mujer se arriesga mucho. Y, porque no lo ignora, porque lo da todo, su corazón, su cuerpo, su alma, su honor, su vida; porque se ha resignado a sufrir todas las miserias y todas las derrotas; porque realiza su amor heroicamente; porque se ha resuelto a desafiar las iras de su marido, que .puede matarla, y el desprecio del mundo, que puede perderla, ¡es digna de respeto! Por eso también su amante, al pretenderla, debió pensarlo y prevenirlo todo, preferiría siempre a todo, en cualquier circunstancia. No tengo nada que añadir. Advertí primero —como un hombre prudente; ahora ya puedo hablar como un hombre apasionado. ¡Soy tuyo!
Radiante de alegría, Irene selló sus labios con un beso.
—Viviremos como siempre; no ha pasado nada: he fingido... Quise ver cuánto me querías...
Una prueba muy arriesgada...
Ya la hice... ¡Qué feliz Año Nuevo me ofreces!!

 (Guy de Maupassant. 7 de enero de 1887)



Nota sobre el autor:
Es éste otro ameno relato de Maupassant y, aunque reconozco que estoy un poco pesado y repetitivo con este autor no por ello no deja de ser mejor ofrecerles mil veces cualquiera de él que los muy tediosos y aburridos míos.
Hablando un poco del autor y su época, debemos tener en cuenta que la de Maupassant (siglo XIX) eran  tiempos en donde predominaba, sobre todo en la alta y media sociedad los buenos modos y la caballerosidad, y el orgullo y la honra eran bienes muy preciados. También es verdad que se trataba de un mundo un poco hipócrita pues la apariencia y la dignidad de las personas estaban muy sobrevaloradas; importaba mucho más las formas y el qué dirán que el fondo de las cosas; recuerden que era muy común batirse en duelo ante cualquier ofensa o agravio de tipo familiar, sentimental o económico que se hiciera.
El siglo XIX, sobre todo la segunda mitad, fue el siglo de Francia como nación importante y marcadora de tendencias de todo tipo: arte, literatura, ciencia etc. En esa época y contemporáneos de Maupassant estaban, nada menos, que Balzac (Eugenia Grandet) Víctor Hugo (Los Miserables) Flaubert (Madame Bovary) Gautier, Alejandro Dumas (El conde de Montecristo) Julio Verne (20.000 leguas de viaje submarino), sin contar con Pasteur, Madame Curí, Manet, Monet, Delacrix. etc. etc.
La ciudad más admirada, visitada e imitada del mundo en ése siglo era sin duda París. Era la meca de cualquier artista que quisiera triunfar en la vida. Paris le debe a ésos tiempos su fisionomía más conocida, recuerden, la Torre Eiffel se hizo en 1889 para una exposición de carácter temporal, luego se quedó para siempre. También los grandes bulevares o el Arco de Triunfo se hicieron en esa dorada época parisina. Gay de Maupassant vivió en aquellos tiempos, y les aseguro que les sacó buen provecho. Se fue “al otro barrio” bien satisfecho, no se privó de nada “el tío”, sobre todo de asuntos carnales.

Dicho queda…

                                                                         Joaquin Yerga
                                                                          05/08/2018

jueves, 2 de agosto de 2018

La prostituta






Hablábamos de mujeres galantes, la eterna conversación de los hombres. Uno dijo: —Voy a referir un suceso extraño. Y era como sigue…
Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas tristezas lánguidas que pueden conducirnos al suicidio. Me puse un abrigo y salí a la calle. Una lluvia menuda me calaba la ropa, helándome los huesos. En los cafés no había gente. Y ¿Adónde ir? ¿Dónde pasar dos horas? Decidíme a entrar en Folies-Bergére, divertido mercado carnal. Había escaso público; los hombres vulgares, y las mujeres, las mismas de siempre, las miserables mozas desapacibles, fatigadas, con esa expresión de imbécil desdén que muestran todas, no sé por qué. De pronto descubrí entre aquellas pobres criaturas despreciables a una joven fresca, linda, provocadora. La detuve y brutalmente, sin reflexionar, ajusté con ella el precio de la noche. Yo no quería volver a mi casa. Y la seguí. Vivía en la calle de los Mártires. La escalera estaba oscura. Subí despacio, encendiendo cerillas. Ella se detuvo en el cuarto piso, y cuando entramos en su habitación, echando el cerrojo de su puerta, me preguntó:
—¿Piensas quedarte aquí hasta mañana?
—Eso me propongo; eso convinimos. Y me dejó a oscuras.
Oí cerrar dos puertas; luego me pareció que aquella mujer hablaba con alguien. Quedé sorprendido, inquieto. La idea de un chulo me turbó, aun cuando tengo bastante fuerza defenderme. "Veremos lo que sucede", pensé. Y afinando el oído, escuchaba. Se movían con grandes precauciones para no hacer ningún ruido. Luego sentí abrir otra puerta y me pareció que hablaban, pero muy bajo. La moza volvió al fin con una bujía, diciéndome:
—Ya puedes entrar.
Entré, y pasando por un comedor donde sin duda nunca se come, me condujo a un gabinete alcoba.
—Ponte cómodo, mi vida.
Yo lo inspeccionaba todo y no encontraba cosa que pudiera causarme inquietud. Ella se desnudó tan de prisa, que ya estaba en la cama cuando yo no me había quitado aún el abrigo. Y riendo, prosiguió:
—¿Qué te ocurre? ¿Te has convertido en estatua de sal? Acaba y ven.
Así lo hice. A los cinco minutos me daban intenciones de vestirme y escapar. Pero el maldito abandono que me amenazó en mi casa con tristezas crueles, me quitaba las energías, reteniéndome, a disgusto mío, en aquella cama pública. El encanto sensual que me había hecho sentir aquella criatura en el teatro, desapareció cuando la vi tan cerca y deseosa de complacerme. Su carne vulgar, semejante a la de todas, y sus besos insípidos, me desilusionaron. Para entretenerme le hice varias preguntas:
—¿Hace mucho que vives en esta casa?
—El quince de febrero hará seis meses.
—Y antes, ¿en dónde vivías?
—En la calle Clauzel. Pero la portera la tomó conmigo y tuve que despedirme.
Relatóme con detalles minuciosos aquella historia. De pronto sentí ruido cerca de nosotros; así como un suspiro; después un roce ligero, como si alguien se removiera sobre una silla. Me senté con viveza en la cama, preguntando:
—¿Qué significa ese ruido?
Ella respondió tranquilamente:
—No te importe, mi vida; es en el otro cuarto. Como son tan delgadas las paredes, todo se oye. ¡Hacen unas casas! ¡De cartón!
Mi abandono era tan grande, que me arrebujé de nuevo entre sábanas. Y proseguimos la conversación. Movido por la estúpida curiosidad que induce a todos los hombres a conocer la primera falta de las mujeres galantes, como para encontrar en ellas un rastro de inocencia, tal vez evocada por una frase ingenua que ofrece la imagen del pudor perdido, pues aun cuando mienten se descubre alguna vez entre mentiras algo conmovedor, le dije:
—Vaya, cuéntame cómo cediste al primer amante
—Yo era criada en el restaurante Marinero de Agua Dulce, y un señorito me forzó mientras le hacía la cama.
Recordé la teoría de un médico amigo, un observador filósofo que, por hacer servicio en un hospital de mujeres, conoce todas las flaquezas de las pobres criaturas víctimas de la embestida brutal del macho errante con dinero en el bolsillo. —Siempre —me decía—, siempre una moza es vencida por un hombre de su clase o condición. Tengo anotadas muchas observaciones acerca del asunto. Se acusa a los ricos de coger la flor de la inocencia entre las niñas pobres. No es verdad. Los ricos pagan luego las flores tronchadas; las cogen en la segunda floración, pero no cortan jamás el primer capullo. Reí, mirando a mi compañera.
—Ya sabes que conozco tu historia. El señorito no era el primero. Hubo antes otro.
—Te lo juro, mi vida.
—Mientes, mi cielo.
—No, no; te lo juro.
—Mientes... Vaya, dime la verdad.
Ella dudó, asombrada; yo continué.
—Soy adivino, somnámbulo. Ahora no me dices la verdad. Cuando te duermas yo haré que la digas. Tuve miedo; era estúpida como todas, balbució:
—¿Cómo lo has adivinado?
—Vamos, dilo.
—¡Ah! La primera vez casi no fue nada. Para una fiesta contrataron a un gran cocinero. Desde que Alejandro llegó, dispuso de toda la fonda. El amo, el ama, estaban a sus órdenes, como si fuera un rey. Desde la cocina gritaba: "¡Manteca! ¡Huevos! ¡Coñac! " Y era necesario llevarle corriendo lo que pedía, porque si no se incomodaba mucho y daba miedo. Cuando hubo acabado, sentóse a fumar su pipa frente a la puerta, y al pasar yo con una pila de platos, me dijo: —Muchacha, vente conmigo a la ribera para enseñarme la campiña. Fui con él como una tonta, y apenas llegamos a la orilla del río, me forzó con tal prisa, que apenas me di cuenta de lo que hizo. Luego se fue en el tren de las nueve. No le vi más.
—Y ¿así acabó todo?
—Creo que Ángel es hijo suyo.
—¿Quién es Angel?
—Mi nene.
—¡Ah! Muy bien. Y luego dijiste al señorito que te había hecho la criatura, ¿no es cierto?
—Si.
—¿Tenía dinero el señorito?
—Algo. Me dejó una renta de trescientos francos.
Aquellas confianzas me divertían. Proseguí.
—Muy bien, mi cielo; muy bien. Sois menos tontas de lo que parece. Y ¿cuántos años tiene Angel?
—Doce. Hará su primera comunión en primavera.
—Bravo. Y desde que te ocurrió esa... desgracia... te dedicaste al oficio...
Suspiró, resignada.
—Se hace lo que se puede...
Un ruido, bastante fuerte, me hizo saltar de la cama. No me cabía duda; era el ruido que produce un cuerpo que se desploma y luego se levanta de nuevo agarrándose a la pared. Cogí la bujía y miré alrededor, furioso. Ella se había levantado también, y trataba de contenerme, repitiendo:
—No es nada, mi vida; te aseguro que..
—Yo no tengo la culpa, mamá; yo no tengo la culpa. Estaba dormido y me caí. No me castigues; yo no tengo la culpa.
Acercándome a la mujer, dije:
—¿Qué significa esto?
Ella, confusa y desalentada, respondió entre dientes:
—Ya lo ves. No gano bastante para tenerlo pensionista y no puedo pagar un cuarto mayor. Duerme conmigo cuando no hay nadie, y cuando alguien viene por una hora o dos, lo escondo en el armario. Pero cuando hay cliente para toda la noche se cansa y le duelen los riñones de dormir en la silla... Tampoco él tiene la culpa. Quisiera verte durmiendo en una silla, metido en un armario... Ya veríamos... Irritándose, gritaba.
El niño seguía llorando. Yo también sentía ganas de llorar. Y volví a mi casa tristemente.
París a 16 de diciembre de 1884

(Guy de Maupassant)


Nota sobre el autor:

Ya es el tercero o cuarto relato que expongo de Guy de Maupassant, y posiblemente no sea el último porque escribió muchos y muy buenos.
En esto de los relatos que, aunque no lo parezca, es muy difícil idearlos, teniendo en cuenta que hay que simplificar en un par de folios una historia creíble e interesante para el lector, la mayoría de la gente no sabe de ellos, sobre todo importa que no conozcan los más logrados. Quizás por ello me congratula especialmente rescatar del anonimato popular algunos de los más importantes y mostrárselos, para su regocijo.
Éste que les muestro hoy titulado “El armario” es muy de la época y debemos contemplarlo  como tal, aunque bien mirado, hasta hace cuatros días, como aquel que dice, era una situación muy habitual en nuestros pueblos y ciudades, me refiero al tratamiento de las prostitutas con los clientes.
Hoy, lógicamente, y gracias a nuestra gran evolución como seres humanos avanzados en el siglo XXI, vemos con estupor el comportamiento de unos y otras, pero debemos aceptarlo como escenas de otros tiempos pues en todos los libros, novelas películas etc. cualquier relato o historia de años atrás se reflejaba la vida cotidiana de entonces, y eso no lo podemos ni debemos cambiarlo, tan solo tomarlo como ejemplo para hacerlo ahora mucho mejor.
A mí, lo reconozco, me gusta mucho Maupassant por la naturalidad con que escribe y la vida cotidiana de la Francia de entonces que refleja en sus historias. Escribe mucho de París, entonces la capital del mundo civilizado, pero también de su tierra de nacimiento, en el norte del país, y más concretamente de Normandía y sus dos ciudades más sobresaliente Ruan y Caen. Hace un tiempo cayó en mis manos un librito suyo de relatos y os aseguro que nunca lo olvidé.
Ya conté hace unos días que Guy fue un tipo especial, creo que casi todos los escritores lo son porque para escribir cosas así debe uno haber tenido una existencia, cuanto menos, ajetreada y fuera de lo común. Quizás lo que más sobresalga de su azarosa vida fuera lo juerguista que era y el poco aprecio que le tenía al matrimonio, porque recuerden lo que dijo una vez y que ya les conté “El matrimonio es un intercambio de malos humores durante el día y de malos olores durante la noche”
Murió, como ya dije, también, en Paris y muy joven, aquejado de alguna enfermedad mental producida, posiblemente, por la sífilis, muy común en aquellos tiempos y en algunos personajes especialmente promiscuos, como el amigo Guy.

Dicho queda…

                                      Joaquin Yerga
                                       03/08/2018


miércoles, 1 de agosto de 2018

La extraña muerte de una mujer recién casada

                                                                                       


Al fin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido, que con honda ternura le pasaba la mano por la cabeza. Con este improvisado gesto, Alicia rompió en sollozos, echándole los brazos al cuello. Fue ese el último día que ella estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida.

La extraña muerte de una mujer recién casada

Durante cuatro meses (se habían casado en mayo), Alicia y Jordán, vivieron una dicha especial por muchas cosas. Por ejemplo, la casa en que vivían era acogedora; la blancura del patio, el silencio... Además los frisos, columnas y estatuas de mármol producía una otoñal impresión de palacio encantado. En ese delicioso nido de amor, Alicia pasó todo el verano. Hasta que un día, de repente, tuvo un ligero ataque de influenza que le arrastró insidiosamente, y no se reponía nunca. 

El médico la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé—le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada. Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta y constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. No tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. En la casa pasábanse horas sin oír el menor ruido.

Alicia dormitaba siempre. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Los días pasaban y Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer, Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Ella lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.   En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pstss...—Se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio. poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba!—resopló Jordán. Y tamborileó los dedos bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor!—Llamó a Jordán en voz baja—En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras—murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
 La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho—articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a la cabeza: Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Y es que noche tras noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca, su trompa, mejor dicho,  a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón habría impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. 

Por cierto, la historia se desarrolla en Uruguay

—H. Quiroga—