Anoche, cuando murió, creí ver un halo de luz transportar su espíritu lejos, al infinito. Os juro que salió del tejado de su vieja casa, frente a la mía. Tal vez fue un sueño, o una premonición, pero algo triste y conmovedor a la vez se removió dentro de mí..
Ya era viuda cuando la conocí, aunque apenas rebasaba los cincuenta. Yo cumplía entonces veintiuno e irrumpí en la capital, con ganas de comerme el mundo.. Solía hacerla feliz hablar de su juventud, de sus antiguos novietes, de sus vestidos... de sus bailes.. Decenas de fotos suyas de aquellos tiempos me hacía ver como prueba fehaciente de su sinceridad. A pesar de su ya avanzada edad en estos últimos años (casi 90 años) nunca perdió su compostura y distinción en el vestir. Sin proponérselo, su figura emanaba una aureola de innata elegancia.
—Quien tuvo retuvo, Joaquín—me decía alguna vez con picardía.
Murió sola, sin despedirse de nadie, casi sin molestar, pero lúcida como siempre y rodeada de sus más queridos recuerdos. Nunca se alejó de su vetusto joyero en donde guardaba sus collares de perlas, blancas (su alhaja favorita), su alianza de matrimonio que un día le regaló su compañero del alma y los marcos de plata, ya gastada de tanto lustre, con las fotos de su hijo muerto prematuramente..
Yo no pude acompañarle en su último suspiro, y lo sentiré siempre. Cualquier cosa hubiera hecho por haberle podido dar el último beso de despedida, por desearle buen viaje a la eternidad y por decirle que le diera un abrazo a ese hijo tan llorado que yo nunca conocí.. Sé que ahora estará feliz entre los suyos muertos, aunque algunos de los suyos vivos, entre los que me incluyo, quedaremos aquí, en su calle de siempre, junto a su casa, y echándola de menos..
Joaquín

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