Encontré aquella mujer en un pequeño bar con la copa entre las manos y una sonrisa cansada de quien ha vivido demasiado sin poder contarlo todo. Hablamos como hablan los que no esperan nada: sin cuidado, sin futuro, sin medir el daño.
En mi cama dejó caer el vestido con la misma parsimonia con que se apaga una lámpara. Hicimos el amor despacio como si fuera una despedida. Después, mirando el techo, me dijo que estaba casada. No pidió perdón, no prometió volver, sólo cerró los ojos. Al marcharse, supe que no la vería más, y aún así, durante un tiempo, la esperé en todos los bares..
Un día, ya casado, me la encontré en una calle de Madrid. Habían pasado ya unos años. Iba de la mano de un tipo bien trajeado y con un niño rubito de la mano. Seguía igual de hermosa.. Me confesó que aquella noche le salvé la vida. Había pensado suicidarse por un desengaño amoroso con un marido infiel. Rehízo su vida—me dijo..
En cambio, por ella, yo estuve unos años perdido..

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