25 de Marzo de 2020 (diez días después del confinamiento)
Grandes nubarrones cubrían el cielo cuando muy de mañana subí la persiana de mi ventana. Incluso una fina y pertinaz lluvia vi caer. Mal presagio para dar el paso que tenía que dar. Mi ánimo decayó por momentos..
Un rato más tarde volví a asomarme a la ventana y comprobé, estupefacto, que por la calle desierta nadie transitaba por las aceras. Quizás algún automóvil esquivo y madrugador quebraba con su rugido mecánico el silencio fúnebre de la ciudad, y nada más, pero.. ¡¡no podía demorarlo por más tiempo!!—pensé—lo que tenía que hacer debía hacerlo sin más dilación.
Me vestí y me dispuse a salir. Cogí los guantes de látex que ya tenia preparado en la mesita de entrada, me tapé la boca con una mascarilla que había afanado cuando lo de la crisis del ébola, abrí la puerta de mi casa y salir al exterior ¡¡con dos cojones!!..
Con mucho cuidado, temiendo encontrar algún vecino inoportuno, bajé las escaleras del edificio y salí a la calle; el impacto fue brutal. Ni un alma en las aceras, ni un coche circulaba por la calzada; un silencio sepulcral envolvía la antaño ajetreada calle. Sólo al llegar a la puerta del garaje contemplé, sorprendido, a un solitario transeúnte bien pertrechado con guantes, mascarilla y gorro de plástico que me miraba, supongo que con compasión, por mi atrevimiento..
Saqué el coche con sumo cuidado para no tocar ningún pestillo de la puerta y al poco rato ya estaba aparcando en la explanada del Carrefour.. Os aseguro que hacer la compra en plena histeria por lo del coronavirus es demencial. Fijaos:
La gente transita por las orillas de los pasillos del hipermercado mirándote con mala leche, por si te arrimas más de la cuenta. La paranoia llega a un punto tal que, mientras estás cogiendo unas latas en conserva de su estante no entra nadie en ese pasillo hasta que tu no salgas. La escena es de pánico nuclear, créanme, jamás había visto tal diversidad de mascarillas, estrafalarias y de todos los colores. Hasta alguno menos previsor vi sudando la gota gorda por taparse cara y cabeza con bufanda de lana..
Harto de recorrer pasillos intentando no tropezar con nadie, me sorprendió ver a un valiente sin mascarilla ¡Aleluya!.. Lo miré con admiración y me envalentoné. ¡Yo no voy a ser menos!—exclamé para mis adentros—saqué pecho y llené el carro hasta arriba (incluido un par de paquetes de papel higiénico) para no volver en cuatro días, como poco.
Joaquín
P. D. Así tal cual lo escribí en este blog, hace seis años, el 25 de marzo de 2020

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