Nadie se interesó por su vida los últimos años. Yo lo veía deambular por el barrio, casi derrengado ya. Poco sabía de él, acaso que era muy viejo, que estaba solo y cansado, y que salía a la calle porque se ahogaba en su casa de melancolía y soledad. Cuando lo encontraron muerto, advertido por el nauseabundo olor que desprendía su cuerpo después de dos semanas olvidado, alguien me recordó al interesarme yo:
—¡Es ése viejo huraño que siempre iba solo!..
No supe quién era ni cómo se llamaba; tampoco qué hacía, ni su oficio ni aficiones. Recuerdo que tiempo atrás, intrigado, pregunté a un vecino:
—¿Desde cuándo nadie entra en su casa? ¿Quién fue su última visita?
—Ufffff, ya ni me acuerdo—exclamó el vecino—bueno, sí, quizás aquella vecina de toda la vida antes de que los hijos la llevaran al asilo. Sí, tal vez fuera ella...
—¿Y no tiene hijos?—quise saber también
—Tiene dos—me respondió—su pequeña Luisa, casada con un ingeniero; viven en el Canadá, y un nieto suyo de cuatro años que no ha conocido siquiera. Y luego está Miguel, su hijo mayor, en La Coruña reside; hace tiempo que no se hablan, por desavenencias. Y es que desde que Marisa murió todo es un desastre.
Marisa, su mujer (esto lo supe luego), se le fue sin avisar, sin enseñarle a vivir. Ni se imaginaba lo que le esperaba. ¡Uy, si ella le hubiera visto así, tan triste, tan desmejorado!, según era.. Se hubiera vuelto a morir de la pena.
Alguna vez imaginé su situación: ¡¡la de veces que habría pensado que no merecía la pena seguir viviendo!!. Si ha aguantó unos años sin ella fue porque sus fuerzas le permitían, aún echándola tanto de menos, pero se quedó sin energía, sin ganas... Al cielo debió pedirle mil veces que se lo llevara a su lado cuanto antes.
Y ni una sola reseña, ni una mísera nota apareció a la mañana siguiente en la prensa al encontrarlo muerto en su casa.. Nadie derramó por él una sola lágrima.... Pero eso a nadie le importa..
Joaquín

Como la vida misma
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