Si en el mundo fue tan bella,
¿cómo será en esa estrella
dónde está?.
¡Cómo será!..
Si sus besos eran tales
en vida ¿cómo serán sus
besos espirituales?.
¡Qué delicias inmortales
no darán!
Sus labios inmateriales,
¡cómo besaran!
--Amado Nervo--
Cuando Antonio llegó a Suecia, como embajador, se instaló en un pequeño palacete y enseguida presentó sus credenciales a la reina Cristina.. Esta quedó prendada de él. Hasta tal punto fue así, que llegó a urdir planes para tener bien cerquita a nuestro guapo compatriota. Le hacía costosos regalos, le llamaba a menudo con excusas inverosímiles.. En fin..
Y, claro, Antonio acabó cayendo en sus brazos.. A ver quién es el guapo que se resiste a esos ojazos azules de la reina Cristina.. Se veían en secreto, y se amaron, ¡Oh, sí, se amaron mucho!.. Pero acabó por enterarse todo el mundo..
Fue la comidilla de la alta sociedad de entonces, sin duda. ¡Qué escándalo, el embajador español, casado, tiene un lio con la mismísima reina Cristina de Suecia! Por las cancillerías de Europa se hablaba del asunto. Por supuesto la noticia llegó a España, aunque se hizo la vista gorda, convenía...
El romance duró un lustro. No sabemos quién se cansó de quien, o se acabó el amor de tanto usarlo. El caso es que ella renunció al trono (dijeron que por culpa de él) recogió sus bártulos y se largó a Roma en una especie de exilio dorado. Por supuestísimo en la comitiva que le acompañaba camino de Roma iba su amante, Antonio...
El fin de esta bonita historia de amor terminó como todas, él por un lado y ella por otro. Cristina se quedó en Roma acumulando obras de arte y visitando iglesias. Murió a los 62 años y casi en la ruina... ¡Ella, que lo fue todo!.. D. Antonio Pimentel, nuestro embajador, para satisfacción de su señora esposa, supongo, se alejó de la “ciudad eterna” y fue nombrado nuevo embajador en París. Imagino que alguna que otra francesita caería rendida en sus brazos, ¡era tan guapo!.. ¡Uy, si lo hubierais visto!.
Por cierto, en el Museo del Prado podéis admirar un magnífico cuadro del pintor alemán Durero, se titula Adán y Eva, y precisamente se lo regaló la fogosa Reina Cristina a nuestro más guapo embajador de la historia, Antonio Pimentel de Prado...
Joaquín
Cristina de Suecia, de mayor
Antonio Pimentel

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