Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de Jordán. Este, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida.
Durante cuatro meses (se habían casado en mayo), Alicia y Jordán, vivieron una dicha especial por muchas cosas. Por ejemplo, la casa en que vivían era acogedora; la blancura del patio, el silencio... Además los frisos, columnas y estatuas de mármol producía una otoñal impresión de palacio encantado. En ese delicioso nido de amor, Alicia pasó todo el verano. Hasta que un día, de repente, tuvo un ligero ataque de influenza que le arrastró insidiosamente, y no se reponía nunca.
El
médico de Jordán la
examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso
absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en
la puerta de calle, con la voz todavía baja—tiene una gran
debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada. Si mañana se
despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía
peor. Hubo consulta y constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. No tuvo más desmayos, pero se iba
visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las
luces prendidas y en pleno silencio. En la casa pasábanse horas sin oír el
menor ruido.
Alicia dormitaba siempre. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Los días pasaban y Alicia comenzó
a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que
descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos
desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y
otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente
mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices
y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó,
rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió
al dormitorio, y al verlo aparecer, Alicia dio un alarido de
horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Ella lo
miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después
de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y
tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola
temblando.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí
delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día,
hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última
consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban,
pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato
en silencio y siguieron al comedor.
—Pstss... —Se encogió de
hombros desalentado su médico—. Es un caso serio. poco hay que
hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y
tamborileó los dedos bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz.
Murió,
por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola
ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —Llamó
a Jordán en
voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de
sangre.
Jordán se
acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la
funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia,
se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la
sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo
a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero
enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y
temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió
que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la
voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo
levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la
mesa del comedor cortó funda y envoltura de
un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito
de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a
la cabeza: Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente
las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y
viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la
boca.
Y es que noche tras noche, desde que Alicia había
caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca, su trompa,
mejor dicho, a las sienes de aquélla, chupándole la sangre.
La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón
habría impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no
pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco
noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves,
diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas
condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles
particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones
de pluma.
Por cierto, la historia se desarrolla en Uruguay
--H. Quiroga--

No hay comentarios:
Publicar un comentario