Tropezó, Dios, un día con el Diablo. Venía este último de darse una vuelta por la tierra. Miró, Dios, al Diablo con desdén y, ufano, le preguntó si estaba disgustado al no encontrar ningún pecador por allá abajo. Incluso le puso de ejemplo a Job, un buen hombre que daría todo por amor a él. El Diablo no se amilanó, sino que con ironía le dijo:
—Me apuesto lo que quieras a que yo sería capaz de corromperlo
Dios aceptó el desafío, pero le puso como condición que no tocara su integridad física. Job era un hombre rico, pero honesto y justo.
Empezó el Maligno a lo bestia; hizo que las ovejas y el resto del ganado de Job, que era lo que le proporcionaba su riqueza, enfermaran y murieran todos. Pero él siguió siendo fiel a Dios.
El Diablo un poco mosca se atrevió a más, hizo descargar un rayo terrible en su casa, que ardió por los cuatro costados. Murieron en el incendio todos los que estaban dentro, incluidos sus hijos. Aun así Job se mantuvo devoto a Dios a pesar de que hasta su propia mujer, que sobrevivió a la tragedia, le instigaba a que lo maldijera.
Poco después volvió Dios a encontrarse con el Diablo, y le advirtió: ¿Te habrás convencido, pues, de que Job es mi siervo más leal, no?..
Pero no, el Diablo lejos de darse por vencido siguió en sus trece y le pidió un último esfuerzo más, le dijo que le dejara tocar su piel y entonces, ¡¡Uy, entonces, le vería doblegarse y venirse abajo!!. Confiado de su poder, Dios le permitió hacer esa última jugarreta.
Y una mañana, a Job, ya sin sirvientes ni criados, ni casa donde cobijarse, ni amigos con los que conversar ni hijos a los que querer y heredar, se le declaró la enfermedad maldita, la lepra. Y unas terribles llagas le salieron por todo el cuerpo, desde los pies a la cabeza. El Diablo esperaba que con esto Job no pudiera más y maldijera a su Dios con todas sus fuerzas. Pero erró una vez más, porque, a pesar de los agotadores esfuerzos de Lucifer por pervertirlo, jamás lo consiguió. Job. Nunca dejó de creer en Dios..
Y Dios ganó la apuesta. En compensación le dio una fortuna mayor que la que perdió y más hijos. Por cierto, el personaje, Job, es el de la paciencia, ¿Os suena? ¿Qué cantidad de temple y resignación derrocharía este hombre, que quedó para la posteridad como sinónimo de esa virtud?. Mucha, desde luego.
En fin, esto nos lo cuenta la Biblia.
Joaquín

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