Fue justo por estas fechas de Reyes cuando nos volvimos a encontrar. Tras los saludos de rigor la invité a tomar un café, y allí mismo, en el bar de la Plaza, me contó los detalles de la muerte de su marido. Pero apenas se me ocurría nada para consolarla. Incluso llegué a sugerirle una estupidez:
—No sabes cuánto lo siento—le dije entre otras obviedades—pero, en realidad, no lloras por tu marido, lloras por ti y no por él; lloras porque lo perdiste, porque ya no lo tienes a tu lado.
Menuda chorrada le endilgué. Conste que lo hice para suavizar su dolor. Todavía me ruborizo cuando lo pienso. Menos mal que ella no me lo tuvo muy en cuenta, o no mucho.
—Creo que te equivocas, Joaquín—respondió---te agradezco que intentes aliviarme. He llorado a mi marido por mí, es verdad, porque ya no podría compartir mi vida tal como lo hicimos durante tantos años, pero más he llorado por él y por los planes de futuro que había trazado con tanto entusiasmo y que ya no podrá realizar—concluyó serena
Ya intuía no haber estado muy fino, así que bajé los ojos intentando ocultar mi bochorno. Ella prosiguió muy segura. En realidad yo le había dicho semejante tontería sin mucha convicción, porque no se me ocurría otro consuelo mejor, pero en vista de lo sólido de su argumento cambié de táctica:
—Desde que te casaste no he sabido nada de ti—le dije—qué haces ahora, a qué te dedicas.
Habíamos sido amigos de juventud, muy amigos, y yo llevaba años fuera del pueblo. Creo que acerté al cambiar de asunto. Mudó el semblante; la vi con más ganas:
—No sé si sabes que Juan murió de manera repentina—contestó—para mí fue muy duro. Recuerdo que un psicólogo me dijo una frase que nunca olvidaré: "deja ir a tu marido", suelta esa tristeza para que los dos, cada uno en su lugar, podáis ser felices.
—Cuanto me alegra oírte decir eso—le interrumpí expectante—por lo que dices ya has debido superar tanto dolor
—Si, estoy mejor, Joaquín, mucho mejor—exclamó dando un suspiro de alivio—porque ya no lloro, ni voy al cementerio a llevarle flores tan a menudo como lo hacía antes. Reconozco que lo recuerdo con un cariño inmenso, pero ya no me duele el alma.
Me animó esa última frase; presentí futuro rollo con ella.. Charlamos un poco más de algunas cosas, incluso se ruborizó al recordar viejos tiempos. Luego pagué los cafés y nos dimos un beso antes de despedirnos. Reconozco que ese beso, rozando mis labios, me supo a gloria. Previamente nos habíamos prometido llamarnos de vez en cuando. No obstante, la llamé al día siguiente. Tenía pensado ir a Almendralejo y la invité a venir conmigo. Es una mujer aún hermosa y yo acababa de divorciarme. Y por lo que vi, algo dormido desperté en ella.. Pero ya os contaré...
Joaquín

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarPues me parece muy bien por los dos, la vida se ve de otra manera
Eliminar