La edad de la inocencia.
Educad
bien a los niños y no será preciso castigar a los hombres.
(Pitágoras
de Samos)
Mil
días, esenciales eso sí; ése es el número que da un meticuloso
estudio realizado a niños de diferentes edades para comprobar
lo que influye en nuestro carácter los primeros años de nuestra
vida.
Esos
primeros tres años, dicen, son vitales para configurar nuestro Yo de
cada uno. Dependiendo de cómo los vivamos, nuestro futuro, es decir.
el resto de nuestra vida será de una forma o de otra en
cuanto a personalidad, temperamento o carácter.
Un
ejemplo definitorio ilustraba el estudio... Un hijo de padres con
estudios universitarios recibe de éstos aproximadamente dos mil cien
palabras diferentes en esa etapa... Si los padres no llegan a ese
nivel de estudios el número de palabras se puede reducir a
apenas seiscientas. Indiscutiblemente a mayor variedad en el lenguaje
mayores estímulos para él y más despabilado crecerá. Aquel niño
de padres instruidos disfrutará de más inteligencia y estará más
predispuesto (si el medio ambiente no lo condiciona negativamente) a
triunfar en la vida. Y no solo en lo material, también en lo social
y emotivo.
Tenemos
que constatar, no obstante, lo mucho que ha cambiado el cuento
en unas cuantas décadas. Para comparar los cambios producidos desde
entonces, invito al personal a hacer un pequeño esfuerzo memoristico
y recuerden algunos de los sabios consejos que nos daban hace treinta
años a los bisoños padres que éramos entonces...
Uno
de los más conocidos; hace tres décadas nos decía que para
los hijos había que ser más que padres, amigos. Evidentemente ahora
sabemos que esa sugerencia, como tantas otras, no eran
acertadas. También nosotros por nuestra cuenta y riesgo e influidos,
más o menos, por difíciles o complejas vivencias personales
aplicábamos esas enseñanzas según nuestro criterio, por
ejemplo los mimábamos en exceso, los superprotegíamos o éramos
con ellos demasiado condescendientes al no aplicarles la severidad
adecuada. Éstas conductas equivocadas que les inculcamos han parido,
demasiadas veces, jóvenes egoístas e insatisfechos, rebeldes
sin causas, o como poco eternos adolescentes de hasta treinta y cinco
años.
A
nosotros, los padres de ahora, que fuimos hijos del boom natalicio de
los sesenta, creo, nos ha tocado bailar con la más fea en cuanto a
trabajo y responsabilidad familiar. Hemos tenido que apechugar con
tres generaciones completitas de parentelas. Por una parte con
nuestros padres, que al rondar los ochenta o noventa necesitan ya de
nosotros. Luego ilusionados creamos una nueva generación, la de
nuestros hijos, que después de vaciarnos con ellos ofreciéndoles
todo y más, aun los padecemos (treintañeros ellos) a la sopa boba
del todo hecho y además gratis. Y la tercera, los nietos. Muchos de
nuestros afortunados hijos una vez emancipados y con la mitad de su
hipoteca a escote con nosotros todavía se permiten el lujazo de
alumbrar nietos para sus abuelos y así mantenerlos bien
ocupados.
Obviamente
nuestros hijos supieron aprovechar bien las torpes e ingenuas
recomendaciones que nos dieron esos psicólogos de pacotilla y que
nosotros ingenuamente seguimos a pies juntillas hace ahora tres
décadas.
Los
de mi generación comenzamos a desvincularnos del sustento de
nuestros padres entre finales de los setenta y principios de
los ochenta. La mayoría tuvimos una infancia, no digo que dura
porque mentiría, pero si con evidentes carencias de medios que no
afectiva. Imagino que a consecuencia de esto quisimos ofrecer de
buena fe a nuestros retoños todo lo que no pudimos tener y nos
hubiese gustado. Por otra parte, coincidió esta generosidad con el
acelerón económico que se dio en el país a principios de los
noventa (entramos en el selecto club de los países desarrollados) y
así pudimos permitirnos excesos con ellos que nunca habíamos
soñado.
Ahora
descubrimos que estábamos equivocados en la forma de interactuar con
ellos cuando ya no hay remedio, al menos en lo tocante a la
educación. Por fortuna, y como ocurre en otros órdenes de la vida,
estamos llegando a tal grado de sapiencia en estos menesteres que a
los padres de hoy en día se lo están poniendo mucho más fácil que
a nosotros. Llegará el día (está al caer) que en las maternidades,
junto con la canastilla y el neonato, al salir nos den también
un manual exhaustivo de cómo proceder con él durante los primeros
mil días, nos jugamos su futuro.
¡Cuántos
disgustos con nuestros suertudos hijos nos hubiésemos ahorrado
de haberlo sabido antes! Algunos serán ahora tímidos y apocados
(conozco algunos) Otros extrovertidos y dados a la diversión (sé de
muchos)) Incluso en asuntos profesionales algún eminente abogado, o
concejal corrupto de urbanismo, todo esto lo hubiésemos evitado, o
alentado de haber sabido cómo comportarnos con ellos durante su
primer trienio de vida.
De
todas maneras, creo, y estarán de acuerdo conmigo, que todo tiende a
más conocimiento y control y menos a las circunstancias o al azar,
como ha sido hasta ahora. Y tengo dudas si eso es bueno.
Joaquín
Yerga
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